El judío de Nueva York | Letras Libres
artículo no publicado

El judío de Nueva York

Alfred Kazin fue uno de los críticos más importantes de Estados Unidos y uno de los pioneros de la historia literaria de su país. Esta lectura atenta de sus diarios permite entender sus batallas intelectuales, políticas y personales.

Los doce años de Hitler, 1933-1945, fueron los años de mi aprendizaje, de mi formación básica. Durante aquellos doce años Hitler y Stalin fueron los principales constructores de un nuevo sistema totalitario y los destructores, al mismo tiempo, del mito de mi generación, que veía en la política no solo su principal actividad sino aquella fuerza capaz de salvarla. El drama de esos doce años que culminan con la derrota de Hitler fue la dolorosa lucha final por sobrevivir y, cuando aquello terminó, uno solo podía mirar hacia atrás, “después del apocalipsis”, encontrando que la intensidad y el alcance mundial de esa batalla había dejado una frontera intransitable entre dos periodos. Después de 1945, parpadeando un poco aturdido, uno miraba el mundo con ojos enteramente nuevos.

Alfred Kazin, 20 de mayo de 19641

Alfred Kazin (1915-1998), que murió el día de su cumpleaños, un 5 de junio, y cuyo centenario celebramos, pueden decirse muchas cosas y, extrañamente, es difícil hablar mal de él, lo cual, tratándose de un crítico literario, es casi aburrido. No cometió graves errores estéticos (corrigió, contrito, un temprano desdén por Faulkner) ni ninguna de las faltas morales tan propias del intelectual educado, como él lo señaló, en los años de Hitler y Stalin. Fue (y lo digo en esta ocasión sin intención peyorativa) de una corrección política exquisita.

Hijo de una familia judía pobretona avecindada en Brooklyn y proveniente de la borrosa frontera entre los reinos de Polonia y Rusia, Kazin, como Daniel Bell (su cuñado a partir de 1960 cuando el sociólogo se casó con Pearl Kazin, que había sido novia, nada menos, que de Dylan Thomas), no se dejó seducir por el Partido Comunista pero tampoco por su némesis, el trotskismo, que tanto furor causó entre los mundanos intelectuales de Nueva York, entre los cuales formó filas, muy a su pesar, Kazin. De ellos fue el más gruñón. Y cuando algunos de sus amigos, electo Ronald Reagan en 1980, se volvieron neoconservadores, Kazin –hombre al cual su siglo lo obligó a distraerse de la literatura con la política– los atacó sin clemencia, acusándolos de sobrevivir como comisarios sin trabajo: dejaron la ideología bolchevique, no el temperamento. Kazin calificaría entre los expertos en la psicología del renegado, desde que escuchó a Sidney Hook, luego célebre en ese género, predicar a favor del comunismo, en 1932.2

Kazin era “socialista” en general, así como los estadounidenses, también en general, suelen ser “cristianos”, decía. El sabio Isaac Bashevis Singer, a quien frecuentaba, le advirtió además que el secreto de los judíos, por ello odiados, es inventar cosas absurdas como el cristianismo o el marxismo para abandonarlas y dejar enredados en ellas, durante siglos, a los gentiles. A diferencia de Bell o de Irving Howe (su hermano-enemigo con el cual Alfred se peleó toda la vida para despedirse reconciliados) no militó en la Liga de Jóvenes Socialistas en Brownsville.3 Prefería tocar el violín. Lo hizo, como terapia, hasta su vejez.

Pese a haber escrito tres autobiografías, este intelectual público (como dicen allá) que odiaba a los intelectuales justamente por ser públicos fue, me parece, un hombre secreto. Eso creo tras haber leído sus Journals, que van de 1933 hasta la víspera de la muerte de Kazin, diarios insistentes en el diario como confidente, traidor, arma de sabotaje, enemigo de la promesa, espacio de libertad. Publicados hace pocos años, nos dice Richard M. Cook, su biógrafo, resta inédita –por redundante o impertinente– una tercera parte.

Fue Kazin, tras su amigo Edmund Wilson, el principal crítico de Estados Unidos durante medio siglo pero careció de la visión panorámica de su también admirado maestro. El resto de la literatura mundial le importó poco pero, a diferencia de Harold Bloom (a quien Kazin apreció mucho desde que lo conoció, muy joven), no se entrometió demasiado, temerario, en tierras desconocidas.

Con En tierra nativa. Interpretación de medio siglo de literatura norteamericana (1942) y con Una procesión. Cien años de literatura norteamericana (1984),4 en el principio y en el fin de su carrera, Kazin sorprendió primero y decepcionó después. El primer libro organizaba, de un solo golpe, lo que hoy se llamaría el “canon” de una literatura. Estados Unidos, al fin, tenía una historia literaria a la altura de su genio y Kazin ya no sería una víctima tan fácil de las sangronadas de sus colegas británicos, quienes cuando se presentaba le decían: “¿Usted enseña... historia norteamericana? ¿Acaso la hay?”5

Nunca les fue bien en Londres a los libros de Kazin: lo hallaban o simplón o hiperpolitizado. Solo se entendió bien, en Inglaterra, con Isaiah Berlin, su “judío de corte” favorito, decía. Su segundo libro, en cambio, la precuela de su obra maestra de juventud, apareció cuando, a pesar de estar remitiendo, el giro lingüístico y sus estructuralismos todavía llenaban un ambiente universitario que incomodaba a Kazin, hombre de la prensa literaria que recorrió en busca de sustento todas las universidades de la Costa Este y a mediados de los años setenta fue a dar unos meses a Stanford, California. Una procesión solo recibió algunas reseñas corteses y uno que otro coscorrón por ser una obra de una vieja gloria con tufo a naftalina que no estaba à la page. En una de las últimas deontologías críticas, la de 1981, trató de mostrarse más compasivo que comprensivo con los nuevos “Nuevos críticos”, asumiendo que representaban el espíritu de otra época, que ya no era la suya, la de un antiguo moderno, como se llama a sí mismo el irlandés Denis Donoghue, amigo de Kazin y uno de los grandes críticos de la actualidad.6

Edward Mendelson, reseñando Alfred Kazin. A biography (2008), de Cook, en The New York Review of Books (que tuvo a Kazin en su firmamento aunque la estrella fuese fugaz: casi no hay impreso literario en inglés de la segunda mitad del siglo XX donde no aparezca, al menos una vez, su firma), dijo que a Kazin solo le obsesionaba una cosa: saber qué era ser judío en Estados Unidos (asunto monomaníaco en sus diarios), para lo cual, según Mendelson, se sentía obligado a verse a sí mismo entregado a su intransferible individualidad que era, paradójicamente, un fruto colectivo, propio de la judeidad.7 Esa paradoja, yo agrego, la vivió siempre Kazin: a veces lamentándola, cuando padeció la conversión neoconservadora de sus ex-friends Irving Kristol y Norman Podhoretz, o pavoneándose, como en los años de jfk, invitado por el propio presidente a la Casa Blanca o antes, también convidado a almorzar con el secretario general de Naciones Unidas, el trágico Hammarskjöld. Lo dijo de varias maneras y muchas veces: aquellos radicales intransigentes y frívolos de su juventud, los intelectuales judíos de Partisan Review y adláteres, retratados magistralmente en Starting out in the thirties (1965), acabaron por convertirse, con Reagan, en los pundits de Estados Unidos. En efecto, el intelectual siempre es, en Kazin, el intelectual judío y este debe mantenerse alejado del poder. Como Kafka. Como Marx.

Qué era ser judío era también una pregunta “nacionalista” para Kazin, pues él se descubrió judío averiguando qué era ser norteamericano y por ello escribió memorablemente que Emerson, y no la doble ortodoxia de su familia en Brownsville (el judaísmo devoto de Gita, su madre, y el socialismo bundista de Gedahlia, su padre), lo había convertido en un judío. Le encargaron The portable Blake (1946) de Viking por ser un loquito alucinado que, saltando por las calles, recitaba las profecías de William Blake (“Mi Jesucristo”, dicen los Journals)8 y esa ansiedad de religión, que no colmaban ni el Talmud ni la clase obrera, la llenó “la religión norteamericana”, como la llamaría Bloom muchos años después. Era natural que de Blake Kazin saltara a Emerson y a Thoreau (quien lo aficionó a la costumbre del diario) y a Melville (si cristianizamos el “sistema” de Kazin, el Padre es Melville; el Hijo, el capitán Ahab, y el Espíritu Santo, el trascendentalismo).

Kazin se graduó en el City College de Nueva York en 1935, después que Bell (1919), Howe (1920) y Kristol (1920), menores que él. Ya escribía reseñas entonces para The New York Times y se extendió hacia The New Republic, protegido por Malcolm Cowley (con quien le tocaría atestiguar en la corte contra la obscenidad de D. H. Lawrence en 1959). Pero Kazin, en su indagación de la identidad norteamericana, buscó a sus maestros, una generación atrás, más allá del “moderno” Wilson, en liberales más viejos y anticuados, digamos, como Van Wyck Brooks (nacido en 1886), Mark van Doren (1894) y Henry Steele Commager (1902), quienes le enseñaron los deberes del clerc (Benda, junto con Gide, es uno de los pocos franceses citados por Kazin en sus Journals): la defensa de los valores absolutos de la Ilustración por encima de los particularismos nacionales y políticos, lo que en los treinta, estaba, como sabemos, en chino.

No todo es miel sobre hojuelas hablando de Kazin: su adorado Saul Bellow –a quien ensalzó casi siempre y quien, sin caer en el ridículo haciendo mítines para Reagan en el Hotel Plaza, se volvió durante su larga vejez muy conservador– se hartaba de los baños de pureza de Kazin. Ya viejos, festejados en un doble cumpleaños (Bellow nació cinco días después que Alfred, el 10 de junio de 1915), Bellow le reprochó a Kazin su cómodo conformismo. Mientras yo era trotskista, tú trabajabas para Henry Luce (el inventor de la exitosa Fortune), le dijo el Premio Nobel. Kazin le respondió que ser trotskista en Chicago, lejos de Vyshinski y de la Lubianka, no significaba mayor riesgo para nadie.

Kazin no venía de la nada cuando apareció En tierra nativa, pero, como dice su biógrafo autorizado Cook (un profesional juicioso que estuvo a punto de que Kazin lo rechazara por no ser judío), aquel libro lo convirtió de la noche a la mañana en una autoridad internacional en literatura de Estados Unidos. El libro es una belleza crítica porque huele a fundación. No solo a través de Wilson, Van Doren, Van Wyck Brooks y Commager, sino gracias a su padre, también conocido como “Charles” Kazin, el crítico pudo remontarse –todavía le alcanzó el tiempo– a lo que tenía de adánica esa literatura en 1890 (que es cuando comienza la narración crítica de En tierra nativa). Y es que Kazin padre probó suerte, de niño y adolescente, en las tierras de la gran promesa y fracasó, regresó con las manos vacías, primero a Europa y luego a Nueva York, contando que lo había hecho porque en Colorado no había chicas judías con las cuales casarse. Desde entonces tuvo Kazin, el crítico, una visión dramática, inabarcable, infinita, del Medio Oeste, que se conserva aún en Una procesión, el libro propiamente dedicado a los padres fundadores de aquella literatura.

Cook aventura también, citando a Janet Rioch, la eterna psicoanalista de Kazin (en Nueva York el psicoanálisis sí es en verdad interminable), que la desordenada vida familiar del crítico (tres matrimonios estruendosamente fracasados y uno final, afortunado por extenuación) se debía a la inversión provocada por la inmigración en las familias judías: padres cesantes o subempleados sustituidos en el rol dominante por madres que en Nueva York salían finalmente del shtetl a ganarse la vida de formas inimaginables en Minsk.9 Kazin, según esta versión, siempre exigió de sus mujeres esa sobreprotección maternal que la “sofisticación sexual” de los intelectuales de Nueva York descrita por él mismo en New York jew (1978) no podía satisfacer, como lo corroborará quien lea The last of the true believers (1988) de Ann Birstein, la amarga novela en clave de la tercera esposa de Kazin.

Entre Yaddo, la residencia para escritores en Saratoga Springs, y el heterodoxo colegio de Black Mountain, Kazin, editor literario de The New Republic, se preparaba para atravesar los años cincuenta a la espera siempre de la gran novela del inmigrante judío, que vio llegar con Las aventuras de Augie March (1953), de Bellow, precedida por Llámalo sueño (1934), de Henry Roth, que en otro tenor Kazin justipreció tardíamente. La Segunda Guerra Mundial y el Holocausto, que Kazin fue uno de los primeros en difundir en su inenarrable dimensión, cambiaron muchas cosas. Kazin, que fue rechazado como instructor del ejército por una lesión en un testículo, alcanzó a visitar Inglaterra en 1945 como periodista al servicio del gobierno. La identidad judía se volvió una tragedia y Hannah Arendt, tras cubrir el juicio a Eichmann en Jerusalén, tuvo en Kazin a uno de sus más vehementes defensores. Fue su “abogado” en el tumultuoso acto de repudio organizado por Howe en octubre de 1963 en el Hotel Woodstock, donde se condenaron las tesis arendtianas sobre la discutida banalidad del mal y la supuesta pasividad de los judíos frente al nazismo.10

Más aún, Kazin vivió enamorado no solo de la implacable mente de Hannah sino de ella como mujer, cortejo que la antigua amante de Heidegger toleró un tiempo. La autora de Los orígenes del totalitarismo nunca quiso participar de la endogamia sexual de los intelectuales de Nueva York y preservó su vida monógama con Heinrich Blücher, su marido, a su vez confidente de Kazin y de varios de los enamorados platónicos de Hannah. Diana Trilling –a cuyo esposo Lionel Kazin odiaba en tanto le parecía un todólogo intoxicado de freudismo (como detestaba a Mary McCarthy, la “bruja” del grupo)– confesó que todos los señores estaban enamorados de la Arendt y nada podía hacerse contra ello. De hecho, la pasión de Kazin por la filósofa cavó un abismo entre él y su tercera esposa.

Pero dijese lo que dijese de su ciudad, cada vez que regresaba de sus conferencias académicas, dentro o fuera de Estados Unidos, Kazin admitía que sin el cocktail party, “la savia de Nueva York”, no podía vivir.11 Vio con horror cómo en los años setenta su ciudad se llenaba de puertorriqueños, dominicanos y mexicanos. No se ahorró comentarios despectivos contra los latinos en sus Journals. Pese a que el outsider se había convertido en pundit, Kazin, cuando le tocó tener estudiantes de origen latinoamericano como alumnos en la Universidad de la Ciudad de Nueva York, durante el periodo 1974-1975, se preguntó de qué manera lograría hacerles entender que ¡Absalón, Absalón! podría darles algo de belleza a sus vidas.12

Si en el medio siglo la apuesta más difícil era seguir siendo antiestalinista sin volverse macartista y Kazin la ganó con dividendos (incluso fue uno de los pocos intelectuales de izquierda norteamericanos que vio desde el principio en Castro a un dictador), los sesenta fueron más complicados para los viejos liberales como él. Su hijo Michael, militante de los Estudiantes por una Sociedad Democrática, lo confrontaba de manera permanente equiparando, à la Marcuse, a Estados Unidos y a la Unión Soviética como “Estados fascistas” y a él le impacientaba la devoción de la Nueva Izquierda por tiranos como Mao, como si la historia antitotalitaria de su propia generación le fuese inútil a la Nueva Izquierda, ansiosa de tropezarse con la misma piedra. Los disturbios vandálicos provocados por los estudiantes en universidades y centros culturales le provocaron rabia ciega e impotencia silente que compartió con el historiador Richard Hofstadter, quizá su mejor amigo.13

Pero durante las protestas contra la guerra de Vietnam, “el hijo fue el padre del hombre” y participó activamente en ellas, con Michael, al grado de confrontar en una ocasión, en persona, al vicepresidente Hubert Humphrey.14 En medio de todo ello, el crítico literario era también un célebre autobiógrafo, por Un paseante en Nueva York (1951), y uno de los neoyorquinos de mayor abolengo. Como todos los críticos literarios de su estirpe, sus gustos tendían a ser conservadores, desconfiado ante lo nuevo. No le gustaban los beatniks aunque Jack Kerouac fue su alumno y tenía un recuerdo muy feliz de sus clases. Le daba risa Allen Ginsberg, a cuyo padre conoció bien. Acogió calurosamente a Nabokov, a Capote (quien murió despotricando contra la “mafia judía” en las letras) y sobre todo a Norman Mailer, a quien consideraba, en su grandeza y en sus frecuentes miserias, la quintaesencia del “siglo norteamericano” en literatura, como puede leerse en Contemporaries (1962). Philip Roth fue una de sus últimas pasiones intelectuales y el único ajeno a las familias Kazin y Bell en asistir a las exequias privadas de Kazin.

Ante Israel sus emociones no fueron distintas a las de muchos de los judíos de izquierda. Tuvo conciencia temprana, gracias al magisterio de Hannah Arendt, de que, fuesen lo que hubiesen sido los judíos durante siglos, siendo un Estado asumirían una condición en extremo problemática.15 Festejó la victoria en la Guerra de los Seis Días en 1967 pero el desenlace de la de 1973, sobre la que escribió como corresponsal de The Atlantic, le hizo temer, como ha ocurrido, una guerra sin fin. Cuando su hija anunció que se iría a vivir al Israel del Likud, en los años noventa, Kazin lo sintió mucho, decepcionado del Estado israelí desde la guerra con Líbano en 1982. Tampoco le gustó la manera en que su amigo Elie Wiesel, según Kazin, se apropió del Holocausto y terminaron por pelearse.16

Tras las polémicas ocasionadas por New York jew, provocadas tanto por los ausentes como por los aludidos, empezó la última y prolífica etapa en la vida de Kazin. Publicó A writer’s America. Landscape in literature (1988), un álbum ilustrado tramado en los años cuarenta con Cartier-Bresson y nunca realizado (Writing was everything, 1995), hizo una mala edición, reescribiéndolos recortados y apresuradamente, de sus diarios (A lifetime burning in every moment, 1996) y, de manera póstuma, apareció God and the American writer (1998).

Para Kazin ser judío era ser moderno en extremo, serlo de manera trágica. Le habría gustado ser como Gershom Scholem y conocer al dedillo la ortodoxia judía sin practicarla. Durante sus últimos años, sus diarios, las diatribas y autoflagelaciones de un burgués como solo un neurótico puede serlo, según decía Kazin, se convierten en una selva llena de tesoros.17 Su religión se confundió gloriosamente con una vena satírica infrecuente en su prosa. Su judío interior irradiaba. Kazin, durante la edad de oro de la inteligencia judía de Nueva York, fue el centro de la estrella. Sus cenizas reposan bajo el puente de Brooklyn. No cabe imaginar mejor sitio. ~

 

 

 

 

 

 


11 Alfred Kazin’s journals, selección y edición de Richard M. Cook, New Haven y Londres, Yale University Press, 2011, p. 330.

2 Richard M. Cook, Alfred Kazin. A biography, New Haven y Londres, Yale University Press, 2008, p. 26.

3 Ibíd., pp. 15 y 23.

4 Ambos editados por el fce en México y traducidos por Juan José Utrilla en 1982 y 1987.

5 Cook, Alfred Kazin. A biography, op. cit., p. 177.

6 “To be a critic” en Alfred Kazin’s America. Critical and personal writings, introducción y selección de Ted Solotaroff, Nueva York, Harper Collins, 2003, pp. 506-522.

7 Edward Mendelson, “New York everyman”, The New York Review of Books, 12 de junio de 2008, p. 54.

8Alfred Kazin’s journals, p. 53.

9 Cuando visitó la urss en 1959, Kazin tenía el encargo, imposible de cumplir, de su madre, de localizar su pueblo de origen en la frontera con Polonia (Cook, Alfred Kazin. A biography, op. cit., p. 221).

10 Ibíd., p. 311.

11 Ibíd., p. 226.

12 Ibíd., p. 308.

13 Ibíd., p. 276.

14 Ibíd., p. 269.

15 Kazin, Journals, op. cit., p. 114.

16 Cook, Alfred Kazin. A biography, op. cit., p. 231.

17 Kazin, Journals, op. cit., p. 396.