El joven Diderot en prisión | Letras Libres
artículo no publicado

El joven Diderot en prisión

El encarcelamiento de Diderot en 1749, más que un castigo para interrumpir la edición de la Enciclopedia, se trataba de una advertencia, de un intento por ponerle un límite claro a sus otras actividades.

A primera hora de la mañana del 24 de julio de 1749, dos oficiales de policía allanaron el departamento donde vivía Diderot en busca de panfletos subversivos y lo se lo llevaron “arraigado”, tras un par de días en los cuales se afinó la acusación, preso al castillo de Vincennes, la prisión más temida durante el Antiguo Régimen. Lo encerraron en una de las celdas mejor ventiladas y su biógrafo Arthur M. Wilson supone que aquel otoño no fue del todo desagradable para Diderot quien lo habrá dedicado para meditar, estando preso en condiciones benévolas. Se trataba más de una advertencia que de un castigo para interrumpir la edición de la Enciclopedia, tratando de ponerle un límite claro a las otras actividades de Diderot como autor de libelos pornográficos y filosóficos como Los dijes indiscretos, La carta sobre los ciegosPensamientos filosóficosEl paseo del escéptico, entre otros que se le atribuían a él y a sus amigos. Madame Diderot fue a pedir clemencia y le dijeron que bastaba la confesión del joven philosophe sobre quiénes eran los autores de esos libelos, para que se liberara a aquél, quien en los interrogatorios negaba ser su autor.

Solo hasta la prisión de Diderot se pudo calibrar su importancia como el verdadero artífice de la Enciclopedia, si nos atenemos al multitudinario ruego de los libreros, suplicando su liberación pues de lo contrario, ocurrido el arresto, adrede, en las vísperas de la publicación, quedarían arruinados.

Pronto, Diderot decidió pactar. Quien lo había puesto en prisión y esperaba beneficiarse con largueza de su situación, era el conde de Argenson, quien a cambio de liberarlo le habría pedido le dedicase la edición y confesase a la policía que él era en efecto el autor de los libelos, de los cuales debía decirse arrepentido. El 21 de agosto, la confesión tuvo su primer efecto y Diderot pudo salir del donjon, la torre principal de Vincennes donde estaba recluido y tomar aire fresco. Hay muchas anécdotas, algunas picantes, sobre la estancia de Diderot en Vincennes, como la desagradable visita de una de sus amantes o los artilugios de los que se servía el futuro autor de Jacques el fatalista para escribir preso, con un mondadientes como pluma y una combinación de vino y gis como tinta. Otra historia, la más dramática del siglo de las luces, según Wilson, atañe a Rousseau, quien caminando de París a Vincennes para visitar muy compungido a su entonces amigo, se da cuenta de que es el Progreso la causa de todas nuestras desgracias. Pero esa, como todo lo referido a Jean–Jacques, es otra historia.

Lo cierto es que aquella advertencia moderó a Diderot, puso a la Enciclopedia y a los libreros que la vendían bajo aviso de que era el Estado, a través del conde de Argenson, el que la controlaría: despotismo ilustrado. No queda claro si Diderot obtuvo de su díscolo y contrariado padre algo de dinero para acelerar su liberación.

Desde entonces dada la real o supuesta turbiedad del acuerdo entre Diderot y el conde de Argenson, la Enciclopedia fue vista por los ultras católicos del siglo XIX, al menos, no como una iniciativa ateísta o casi de un grupo de enemigos del cristianismo a los cuales un régimen corrompido y omiso les permitió actuar, si no como la obra entera, fabricada de consuno, por un siglo irreligioso. Para adentrarme en ese espíritu, dejé el Diderot de Wilson y releí Contre Diderot (1880), de Barbey d’Aurevilly, que me decepcionó. No encontré en él la sabiduría venenosa de otros reaccionarios, antimodernos o contrailustrados como Joseph de Maistre o Léon Bloy. Tenía yo a Barbey por mejor crítico literario aunque su inquina contra Diderot delate, naturalmente, una gran admiración. Se trata de una serie de artículos que el novelista de la chuanería (¿lo habrá leído nuestro López Velarde?) dedicó a la publicación de las Obras completas, de Diderot, por los hermanos Garnier. Muchas indignaciones de beata y poca penetración la de Barbey.

Dice mi, pese a todo, muy querido Barbey, que han sido los alemanes, siguiendo el ejemplo de esa gorda suiza llamada Germaine, Madame de Staël, quienes han amamantado a Diderot nutriéndolo como si fuese un gran filósofo. Lo del antigermanismo, lo entiendo, pues Barbey hace eco del resentimiento de todos los franceses, todavía no repuestos, en 1880, de la humillación prusiana en el mismísimo Salón de los Espejos de Versalles. Pero que le recuerde a la hija de Necker su gordura, me irrita. Continúa su pataleta Barbey diciendo que entre los grandes incrédulos del XVIII prefiere ver junto a Voltaire y a Rousseau al americano Franklin.

A Barbey, hipocritonamente pues él era un dandy o acaso por ello, le irrita el carácter sanguíneo de Diderot, no en balde ídolo de otro desbalagado, Danton. Acusa, al padre de la Enciclopedia, de haber sido, a la vez, padre del romanticismo y de la bohemia, lo moteja como filósofo barato tan solo divulgador de Bacon. Concede el ultracatólico que al menos Voltaire y Rousseau, que odiaban a Dios tanto como Diderot, no se reían de él como ese desvergonzado culpable de “haber desnacionalizado el genio francés” y por ello compadre de Goethe, otra de las bestias negras de Barbey, a quien nada le dicen las novelas diderotianas (las preferidas del siglo XX) aunque se aplica en decir que para aquellos ilustrados, la novela solo era un vehículo cómodo para traficar sus ideas perniciosas, ajenos “a la imparcialidad de la observación y la profundidad en el estudio de la naturaleza humana” propios de un género que el autor de Contre Diderot decía apreciar mucho. Finalmente, concluye Barbey, la correspondencia de Diderot con Sophie Volland, delicia del epistolario amoroso, solo prueba que ambos eran unos burgueses y que de gusto burgués todo lo infectó Diderot. Recuérdese, finalmente, que para Barbey lo burgués era lo urbano, lo vulgar, lo democrático, lo utilitario. En su deprecación, al final acierta pues Diderot fue el consentido de quienes profesaron el credo de Marx.