El joven columnista y la vieja política | Letras Libres
artículo no publicado

El joven columnista y la vieja política

La granja humana, del periodista Jorge Bustos, analiza la actualidad española y explora la inseparable unión entre política y moral a través de fábulas clásicas. 

Jorge Bustos (Madrid, 1982), columnista y periodista del diario El Mundo, es joven pero se define como “un hombre muy anciano, un occidental enrolado voluntariamente en su propia tradición, un anacrónico partidario del canon contra la liquidez posmoderna”. Licenciado en Filología Clásica, ha traducido a Virgilio y cree que los clásicos ya lo contaron todo. Desde esa postura clasicista escribe su primer libro, La granja humana (Ariel, 2015), donde repasa la actualidad española mediante pequeños ensayos introducidos por fábulas. No es tarea fácil: los pequeños cuentos morales de Esopo, Fedro, Samaniego o Calderón de la Barca no siempre se ajustan a nuestra actualidad. El autor, en cambio, no cae en la identificación forzada de sus personajes con Rajoy, Aguirre o Iglesias, que resultaría fácil. No es tampoco una selección arbitraria: las fábulas que elige Bustos tienen más de una moraleja, lo que le permite reflexionar tanto sobre la posmodernidad líquida y sus verdades sujetas a debate como defender un liberalismo tradicional.

Su tono irreverente y su ironía, herencia del columnismo clásico de Umbral o Camba, son un claro reflejo de sus intenciones: La granja humana es un libro provocador y aguafiestas. Provocador porque hace de la corrección política su principal enemiga: desde el inicio Bustos se enfrenta el relativismo posmoderno y la equidistancia moral que, a su juicio, fomentan esa obsesión actual por lo políticamente correcto. Y aguafiestas porque intenta, desde un conservadurismo liberal  -matizado en numerosas ocasiones para acercarse a un liberalismo más progresista que cambia de opinión si cambian los hechos, citando la famosa frase de Keynes- aguar la “fiesta de la democracia” en el año de la política ilusionante y el populismo. Aparece menos de lo que uno podría esperar la figura de Pablo Iglesias, a pesar de protagonizar la portada representado como un león -el animal más noble en la mitología-, y ese silencio se agradece tras tanta saturación mediática con el líder de Podemos. Salvo en aquellas ocasiones en las que Bustos se viste de cronista parlamentario, faceta en la que brilló en el medio digital Zoom News, y comenta con gracia la actualidad política, el libro se plantea como un proyecto más ambicioso: es una colección de ensayos sobre la modernidad y la posmodernidad, y una defensa del gradualismo en política, del humanismo y del pesimismo ilustrado savateriano. Su intención no es decir nada nuevo -menos aún conociendo su respeto reverencial por la tradición-, sino, sobre todo, explorar la inseparable y clásica unión entre la política y la moral.

Y para ello se coloca, como los puercoespines de la fábula de Schopenhauer que para darse calor necesitan encontrar un término medio para no pincharse, a una distancia prudencial de la masa, pero sin olvidar ciertos valores humanistas. Josep Pla, en una famosa defensa del conservadurismo, escribe que “el hombre que consciente o inconscientemente suponga o crea que este es el mejor de los mundos posibles vivirá rabioso y frenético, mientras que quien parta de la idea de que esto es un valle de lágrimas corregido por un sistema de propinas, vivirá resignado y tranquilo”. Bustos reniega de ambas posiciones y afirma que “en el medio cabe una amplia gama de posiciones en las que una mayoría social nos reconocemos”, pero tanto en sus columnas como en este libro se encuentra más cómodo al calor del conservadurismo de Pla y la tradición aristocrática. 

Su afán provocativo le lleva en ocasiones a terrenos resbaladizos, como en la defensa que hace de la desigualdad en la educación, donde acude a la naturaleza como justificación, o en la equiparación que hace entre machismo y feminismo, como si uno fuera el opuesto del otro. También resulta cuando menos curiosa su crítica a los tertulianos: un columnista, incluso un buen columnista (e incluso el bloguero que escribe esto) como Bustos, no deja de tener una faceta de todólogo. Quizá el columnista político no pontifica un día sobre los volcanes y otro sobre la prima de riesgo como el tertuliano televisivo, pero no deja de ser alguien que, en palabras de Camba, “convierte todas las cosas en artículos de periódico”. Estas observaciones no quitan mérito a una obra culta e inteligente. Su prosa es exuberante y cargada, pero se cuida de que detrás de ella haya contenido.

La falta de conclusión del libro es coherente con ese espíritu distendido del columnismo: como la caña flexible de Pascal, La granja humana “dibuja meandros en la psique, avanza, retrocede, se desdice, se comba aún más para llegar a otra conclusión y minutos después la refuta desde la postura contraria”. 

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