El invierno de Siria | Letras Libres
artículo no publicado

El invierno de Siria

Los dictadores son como las solitarias, se agarran a tu carne, te parasitan, te absorben hasta hacerte creer que su cuerpo es el tuyo y resulta muy difícil su extirpación.

Los dictadores son como las solitarias, se agarran a tu carne, te parasitan, te absorben hasta hacerte creer que su cuerpo es el tuyo y resulta muy difícil su extirpación. Ahí está Gadafi, empeñando el oro de los libios en sus hazañas, jaleadas tan estúpidamente por los gobernantes de Europa hasta antes de ayer. Y ahí está el alcalde de un pueblo de Castilla, nostálgico de Franco, que decide incluir en el programa de fiestas un “Homenaje a los caídos por Dios y por España”. Y también está el diseñador John Galliano, despachado en Francia con una simple amonestación por hacer hecho en público una declaración de amor a Hitler. Y en Siria, el tirano local desde hace 11 años, Bashar al-Assad, heredero sanguíneo de otro tirano, Hafez al-Assad, que gobernó 30 años, sigue masacrando a la población civil, como lleva haciendo desde hace meses. Impunemente. Un verano que es un larguísimo invierno.

Los sirios están siendo asesinados por su dictador y por su ejército por una sencilla razón: están hartos. Han salido a la calle, sabiendo desde el primer momento que se estaban jugando la vida, para pedir el fin de la dictadura, para reclamar derechos y libertades, como ha sucedido en otros países musulmanes, y para comenzar una democracia con garantías y no un régimen plebiscitario, con espías en cada esquina, a la manera cubana.

Ya son miles las víctimas, que aumentan por decenas casi cada día: ayer, 29. Nos hemos quejado un poco en voz baja en los medios, pero esas palabras son más aire que nunca, con una ONU que no se pone de acuerdo sobre qué acciones tomar: castigos comerciales, intervención humanitaria, embargos, silencio hasta que escampe... o hasta que Rusia, aliado de Siria desde los años 70, pues la tiranía se disfrazó de “república socialista”, decida otra cosa en la Asamblea.

Las democracias europeas tienen bastante lío con Libia, de momento: muchas de ellas andan hasta las orejas, tratando de solucionar sus propios problemas. Nos hemos encogido en el laberinto de la economía. Y encogidos no podemos hacer nada con la dictadura asesina de Bashar al-Assad. Bastaría con levantar la cabeza y apoyar abiertamente a los opositores sirios que tengan como proyecto algo tan moderno y tan fantástico como una democracia con tres poderes separados.