El ideograma | Letras Libres
artículo no publicado

El ideograma



Kúo debía resolver qué libros llevaría al Templo de la Ciudad Prohibida. Reglas centenarias disponían que el bagaje de los jóvenes sacerdotes debía tener un peso similar al de sus propios cuerpos. Ni más ni menos. Como Kúo no encontraba respuesta en la arboleda de Kaoshiung, decidió buscar a su maestro.
     Siguiendo su costumbre de todas las tardes, el maestro Tse-Tuan estaría escribiendo en una de las salas del pabellón Tacheng. Kúo lo buscó y lo encontró reclinado sobre los lienzos con su rostro pálidamente perfilado por la ceguera.
     —Te vas a ir dentro de poco —lo sorprendió Tse-Tuan, sin alzar el rostro, como si lo hubiera estado esperando—. Aprovechemos lo poco que te queda y conversemos.
     Kúo seguía en la puerta. No se atrevía a entrar ni a decir nada. Tse-Tuan, percatándose de que el muchacho estaba turbado, trató de calmarlo.
     —¿Qué te ocurre? ¿Por qué no hablas?
     —Es que... —empezó tímidamente Kúo—. Tengo un problema.
     —Pues si lo tienes y has venido a contármelo, te escucho.
     Kúo avanzó hacia su maestro. Se agachó y sentó frente a él.
     —Me da pena no poder llevar al continente la mayoría de mis pertenencias, sobre todo mis libros. Usted bien sabe que la regla del Templo es inevitable. Sólo puedo llevar una carga que pese tanto como yo.
     Tse-Tuan tomó uno de los pinceles. Lo puso a remojar en un diminuto tintero de jade rojo. A pesar de su ascetismo y su modestia, este tintero era el único objeto que se preciaba de poseer delante de sus colegas.
     —Eso no debería preocuparte —le dijo—. Te llevarás lo necesario.
     —Pero es que todo lo que he adquirido y lo que me han regalado en estos años me es necesario —continuó Kúo—. Y usted sabe que he sido lo más austero posible. En realidad, lo único que me entristece dejar son mis libros. He aprendido tanto de ellos y estoy tan acostumbrado a releerlos y consultarlos.
     Si bien no lo miraba a los ojos, Kúo sabía que el maestro lo escuchaba con atención mientras escribía con el rostro inclinado hacia el lienzo blanco.
     —Por lo que dices, todos tus libros los has leído más de una vez.
     Kúo afirmó con orgullo.
     —¿Y cuántos libros tienes?
     —Son dos mil doscientos veintidós.
     —Supongo que tendrás alguno predilecto. Siempre hay uno.
     —¿Aparte de los Manuales? —dudó Kúo.
     —Aparte de ellos —aclaró Tse-Tuan—. Me refiero a los que están más cerca de tu corazón.
     No demoró en decirle que sus dos libros preferidos eran Las memorias históricas de Se-ma Ts'ien y el Libro de las odas.
     —Lleva sólo esos —dijo el maestro—. No vayas a dejar una frazada por un libro.
     —Claro que no —enfatizó Kúo—. Pero es que luego de que he sopesado con mis manos los dos libros, derivo hacia otros que también quiero y me digo que sí podría llevarlos, que me mantengo aún dentro del peso, pero entonces tomo otro y otro y otro más. Así hasta que no deseo dejar ninguno.
     Tse-Tuan había iniciado un ideograma sobre el lienzo. Lo dibujaba con lentitud. Antes de cada trazo, se detenía por culpa de la ceguera.
     —Entonces no te lleves ninguno —concluyó Tse-Tuan—.
     Kúo abrió los ojos.
     —No te lleves ninguno —repitió su maestro—. Eso hubieran recomendado los antiguos, lo sabes. Puedes seguir su consejo y no te lamentarás. No obstante, puede encontrarse otra vía.
     Había muchas. Kúo llevaba dos días considerándolas, aunque ninguna lo convencía.
     —Podría encomendar el resto de mis libros —arguyó Kúo—. Después me los harían llegar clandestinamente.
     El anciano alzó el rostro, interrumpiendo la escritura. Sus ojos de ciego quisieron mirar al muchacho con una reprobación.
     —Eso no. Estarías violando la regla.
     Kúo pensó que su astucia resultaba una torpeza. Debía mantenerse dentro de lo permisible.
     —Entonces me podría llevar aquellos que más releo y que no excedan el peso.
     —Igual extrañarías a los pequeños —objetó Tse-Tuan—. Además, para eso, volveríamos al principio. Así lo mejor sería que te llevaras tus dos libros predilectos.
     —¿Y si llevo aquellos que no se conseguirían con facilidad en la Biblioteca Imperial?
     —Por si no lo sabes —sonrió Tse-Tuan—, todos los libros están en esa biblioteca. Tantos son que ni los alcanzarías a imaginar.
     —Entonces sólo me quedaría seguir el consejo de los antiguos. No me llevo ninguno porque sé que allá los tendré todos.
     —Los tendrás y no los tendrás. Estarán en los salones de lectura, pero no contarás libremente con ellos cuando el insomnio y la duda te visiten cada noche en tu habitación. Allí no los tendrás.
     Al decir esto, el maestro Tse-Tuan concluía el ideograma. Por estar a cierta distancia, Kúo no pudo reconocer de qué se trataba. Tampoco le interesaba mucho. Lo único que deseaba era encontrar la salida a ese callejón por el cual lo estaban llevando la regla sacerdotal, sus libros y el maestro.
     —No sé... —dijo rendido—. Parece que deberé dejar algunos libros por otros.
     —Eso ocurrirá, no lo dudes —dijo el anciano—. Lo importante es lograr que la solución que tomes te convenza.
     Kúo se irguió y levantó un poco la voz, indignado.
     —¿La solución a una regla injusta?... Dicen que el Templo es tan grande como para acoger a cada sacerdote con cien bibliotecas, y aun así yo no puedo llevar mis libros. ¿Es eso justo, maestro? ¿Es justo?...
     —No juzgues la regla —dijo Tse-Tuan ante el arrebato de su discípulo—. Es una disposición centenaria, mucho más sabia que todos los razonamientos o visiones que hayamos tenido a lo largo de nuestras vidas.
     —Es una disposición que no comprendo. Si tienen el espacio y no son cosas inútiles... —sollozaba el muchacho.
     —Escúchame, Kúo —le dijo el anciano—. No te desesperes más y escucha lo que te voy a decir.
     Tse-Tuan dejó el pincel sobre el tintero de jade rojo, tomó su sello personal y lo estampó sobre el lienzo que contenía aquel extraño ideograma que Kúo no había alcanzado a ver.
     —Tú sabes —le dijo— que los guerreros
     cuentan con un sinnúmero de armas que van inventando a través de las guerras, las muertes y los años. Son armas cada vez más sofisticadas que suplen alguna limitación corporal, y en la actualidad se cuenta por centenares esos aparatos. Si no mira a los guerreros novatos cargados con tantos armatostes, exhibiendo su riqueza y su modernidad. Aun así, el guerrero auténtico sabe que sólo hay un arma principal, poderosísima e imprescindible: la ligereza.
     Kúo lo escuchaba en silencio.
     —Así como el guerrero, los pájaros —continuó Tse-Tuan—. El pájaro jamás va a comer en demasía el grano selecto de los trigales vigilados por los perros. Sabe que debe volar apenas descubran que ha sido tan audaz como para saquear el trigal. De lo contrario, su gula sería su condena, y moriría con el trigo atragantado en el buche. Eso en lo que corresponde a los guerreros y los pájaros. Por último, quiero que mires esa pintura que pende de la pared, a tu izquierda.
     Kúo se volteó. El cuadro, en efecto, estaba allí.
     —¿Ves que hay dos guerreros en el cuadro?
     —Los veo.
     —Pues bien —continuó Tse-Tuan—. Como ves, ambos galopan. El uno detrás del otro. El que va adelante, el enemigo, está recostado sobre la crin de su caballo negro porque ha sido herido de muerte. El que va detrás, montado sobre el caballo blanco, con el arco y el carcaj lleno de flechas, es el guerrero Ma Ch'ang. Puedes observar en ese cuadro a la vida y la muerte en un equilibrio perfecto. El artista los capturó al paso de su galope, justo cuando están en el aire, casi como si ambos, muerte y vida, estuvieran flotando en un mismo
     nivel. No pintó la victoria de Ma Ch'ang,
     sino que elogia la cualidad de la que te hablé: ser ligero. Ambos, el guerrero vivo y el guerrero muerto, flotan. Eso hace que el cuadro sea valioso.
     Tse-Tuan se quedó callado. Kúo supuso que seguiría hablando después de la pausa, pero no lo hizo. Volvieron al silencio que siempre se percibía en el pabellón Tacheng. Ahora el maestro doblaba con sumo cuidado el lienzo con el ideograma desconocido, para después limpiar el tintero de jade.
     —Bueno, querido Kúo —dijo el maestro mientras se ponía de pie—. Voy a orar y luego descansaré. Pronto anochecerá. Es muy seguro que ya no tendremos más oportunidad de hablar. Sólo espero que mis enseñanzas de estos años te hayan servido.
     —Claro que me han servido, maestro —respondió agradecido y perplejo—. Lo extrañaré.
     —Yo también —le dijo—. Has sido el mejor de mis alumnos. Por eso quiero darte un regalo. Toma.
     Alargando sus brazos de ciego, pero firmes, Tse-Tuan le entregaba el precioso tintero de jade rojo, su pincel y el lienzo que había doblado hace poco y en el que había escrito el misterioso ideograma.
     —Es su tintero preferido —se excusó Kúo—. No se va a separar de él.
     —No seas tonto —dijo con firmeza el maestro—. Tómalos, cuídalos y no los vayas a descartar del peso que llevarás al Templo de la Ciudad Prohibida.
     Al día siguiente no pudieron hablar de nuevo. Mientras terminaba de cargar el caballo con las pocas vestimentas rituales, algunas frazadas y dos libros que seleccionó la noche anterior, Kúo lo alcanzó a ver por última vez a lo lejos. Estaba podando el jardín del monasterio. Kúo lo llamó en voz alta. El anciano maestro se irguió, alzó la mano y saludó al vacío. La ceguera no le permitió precisar de dónde venía la voz lejana de su discípulo.
     El maestro Tse-Tuan murió poco tiempo después. Kúo, cuarenta años más tarde, llegó a ser Sacerdote Mayor del Templo. Esto le permitía desenvolverse muy cerca del Emperador y de sus hijos. Es precisamente a ellos a quienes les cuenta en los momentos de recreo la anécdota con su maestro. Siempre termina relatando lo largo y fatigoso del viaje que realizó desde su pequeña isla para llegar al continente. Les describe su sorpresa campechana al descubrir la belleza que adorna la capital del imperio. Y al final de su relato no se olvida de mostrarles el ideograma que el maestro Tse-Tuan dibujó en el lienzo mientras lo escuchaba:
     Es el ideograma Nien, les empieza a explicar a los chiquillos. Representa la cabeza de una espiga que se inclina por el peso de su madurez. Es el tiempo de la cosecha...
     Pero los hijos del Emperador han oído el llamado de sus nodrizas. Están inquietos, tienen hambre, hace frío. Dejan el ideograma de Kúo y se levantan de los taburetes de cedro para ir a tomar el té. ~