El guardián en el agujero | Letras Libres
artículo no publicado

El guardián en el agujero

Un recuento de la obra felizmente engañosa de Luis Felipe Fabre. 

Pocas obras me parecen tan felizmente engañosas que la de Luis Felipe Fabre (Ciudad de México, 1974), quien parece –para decirlo en los términos clásicos de Octavio Paz– provenir de la ruptura cuando es uno de los más tradicionales entre los poetas que se dieron a conocer en la primera década del nuevo siglo. En su elogio de Salvador Novo (sin duda, su profeta), nos recuerda Fabre que el autor de los Poemas proletarios, hizo todo lo que pudo para no escribir una Obra Maestra y ser la antítesis de José Gorostiza: pasar a la historia como el poeta que no escribió nada semejante a Muerte sin fin. Por su formación poética y por su temperamento intelectual, Fabre pareciera provenir de aquello que está más allá de las vanguardias, de la agitación de lo posmoderno y sus cien mil derivas y neobarroquismo. Su único libro de ensayos lleva un título que no se sólo es uno de los más amenazantes en la historia de nuestra literatura, sino que no parecía augurar otra cosa que al profesor y a su vademécum: Leyendo agujeros. Ensayos sobre (des)escritura, antiescritura y no–escritura (2005).

Por fortuna, Leyendo agujeros no es lo que parece y es un ensayo claro, conciso, inteligente. Habla Fabre en él de poetas que murieron más o menos jóvenes y se abismaron en el silencio, la no–escritura que tanto seduce, desde Rimbaud, a los modernos: habla de Ramón López Velarde, del argentino Néstor Perlongher (1949–1992), de los mexicanos Ulises Carrión (1941–1989) y Mario Santiago Papasquiaro (1953–1998), así como de Roberto Bolaño, un poeta que en Los detectives salvajes decidió, dice Fabre, que la poesía estaba en otra parte, en la novela. Al cuarteto lo justifican los casi cien años de Nicanor Parra, quien deslumbró a un jovencísimo Fabre con aquella pantomima genial: su discurso iconoclasta de recepción de lo que fue el Primer Premio Juan Rulfo en Guadalajara, en 1991.

Cita Fabre lo literalmente ilegible en “El sueño de los guantes negros” de López Velarde, habla de los desaparecidos y el poema–paradoja que Perlongher les dedicó, de los ejercicios encaminados a la desesperación del poema que en 1973 hizo Carrión sustituyendo progresivamente las letras por guiones, comas y espacios en blanco, etc., puerilidad que a aquella época (y a Paz, en Plural) le parecía interesante. Se pregunta por la misteriosa inexistencia de la poesía de Papasquiaro, el legendario Ulises Lima de Bolaño, pregunta que el propio Fabre hubo de responderse cuando apareció Jeta de santo (2008), la recopilación póstuma y entonces, de lo que perdido lo que apareció; a Fabre, en una reseña en Letras Libres, le costó decir que estábamos, simplemente, ante un anexo documental de Los detectives salvajes.

Considerando a Leyendo agujeros como la antesala crítica de Cabaret Provenza (2007) y La sodomía en la Nueva España (PreTextos, Valencia, 2010), sus principales libros de poesía, puede decirse que es un poeta al cual no cabe reprochársele el haber publicado nada superfluo, ni en prosa ni en verso, elogio en el que estarán de acuerdo la mayoría de sus lectores. Pero del observador participante de la no-escritura no queda gran cosa si se leen una y otra vez lo mismo el volumen más reciente que Cabaret Provenza, la opera prima más festejada de un joven poeta mexicano desde que aparecieron los de José Luis Rivas y Fabio Morábito hace un cuarto de siglo o más.

Notables son las virtudes de Fabre: su felicidad sintética, la precisión humorística, la musicalidad en buena ley pegajosa. Pero notable es también el desfile idiosincrático de personajes poéticos pintados por sí mismos, extrañamente decimonónico, que involucra a un vendedor de biblias, a la virgen, al seminarista, a la criada (“Elegía”, hermoso poema, es un relicario que guarda un Boticelli), al chupacabras. A los retratos se suman las replicas de la tradición provenzal y de los poetas aztecas según Miguel León–Portilla, haciendo de Cabaret Provenza una antinomia consagrada: es así como un poeta posmoderno, tradicionalmente, combinaba –se diría en el futuro– lo popular y lo culto.

Fabre consume lo que se supone es la dieta anticalórica de los posmodernos: el dominio proteico de la cita, la paráfrasis un tanto chillona de los estilos “modernistas”, el saqueo casi tecnológico de los sitios arqueológicos del pasado literario. Pero insisto en que el resultado, ante La sodomía en la Nueva España, muestra a un poeta comprometido en preservar una tradición a la vez civil y histórica, la de Novo, en su defensa de lo usado, y la de Monsiváis, a quien Fabre describió, con motivo de su muerte en 2010, como el no–poeta que nos enseñó, en verdad, donde estaba la poesía y donde no lo estaba. En estos dos grandes escritores homosexuales, Fabre, de alguna manera, se busca y se reconoce.

La sodomía en la Nueva Españaes un poema de archivo que reconstruye, dice Fabre, “la encarnizada persecución de homosexuales registrada en la Nueva España durante 1657 y 1658”, sirviéndose de las investigaciones de Serge Gruzinski, Federico Garza, Guilhelm Olivier, Georges Baudot y otros historiadores. En la raíz de este auto sacramental de Fabre está un ensayo de Novo, “Las locas y la Inquisición” (1972). El poema de Fabre es solemne, enfático y se antoja verlo representado, así sea fantasmalmente: es un coro de maldecidos y torturados a través del cual se escucha, a ratos y adrede, a Quevedo.  Hablan, por un lado, los protagonistas –Fabre se sirvió también del Diario (1648–1664) de Gregorio Martín de Guijo– y se les inventa, a las víctimas, una voz genuinamente patética, como cuando se escucha lo siguiente: “A la manera de los perros:/ los sométicos, los sodométicos, los sodomitas/ A la manera de los traidores: por detrás/A la manera de la Nada/que nada engendra/ son sus amores”.

A este “Retablo de sodomitas novohispanos” lo completan unos villancicos y un monumento fúnebre: Fabre se sirve con gracia de toda la tramoya del Siglo de Oro para representar un drama histórico de una manera del todo legítima, mediante la verdadera invención. El archivo, realmente, ha sido quemado por el poeta y de sus brasas ha aparecido no una transcripción sino un poema. Pero el riesgo del auto sacramental es la teología moral: un libro como La sodomía en la Nueva España puede pasar de manera equívoca como literatura de género, es decir, expositiva e ideológica. Lo sabía don Marcelino Menéndez Pelayo y lo sabe Luis Felipe Fabre.

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