El goce de la clepsidra | Letras Libres
artículo no publicado

El goce de la clepsidra

(O "De la criptolexicología")

(Cuando era joven, leyendo un libro caído por descuido en mis manos, me topé por primera vez con la palabra “clepsidra”. Evidentemente no la comprendí, pero su encanto se arraigó con tal fuerza en mi ser que aun hoy, a varias décadas de nuestro primer encuentro, y siendo incapaz ya de recordar tanto el nombre de aquella narración como el de su autor, su majestuosa luz sigue brillando, agigantada en la oscuridad de los olvidos.

Más tarde, mis desencaminadas lecturas me depararon hallarla de nuevo, aquí y allí, brindándome el esporádico placer de los amantes furtivos. No sin cierto, lastimero, orgullo, confieso que nunca se me ocurrió consultar un diccionario para averiguar su significado. Mi goce, me lo decía poderosamente un instinto, radicaba en leerla, no en saberla. Lo cierto es que nunca conocí a nadie que la hubiera pronunciado en mi presencia –al hacer yo mismo el experimento me sentí como un almuecín blasfemo pronunciado el centésimo nombre de Dios–. Con el tiempo llegué a comprender que su belleza radicaba no en la perfecta armonía establecida entre sus vocales y sus consonantes, sino, propiamente, en el misterio que la rodeaba. No me humilla admitir que en un alarde de fervorosa ignorancia yo mismo llegué a escribirla en algún descuidado texto. Cito: “clepsidra”.

Mas fue entonces cuando ocurrió la desgracia. Me encontraba en el Museo Petit Palais, en compañía de mi querida amiga Dolores París, cuando, al posar la mirada en una de las vitrinas vi un extraño artefacto, a cuyos pies, un letrero, escrito alevosamente en tres idiomas, rezaba: “Clepsidra del siglo XIV a. C. hallada en el Templo de Amón, en Karnak”. Mi horror no pudo ser mayúsculo: el goce de la clepsidra me había sido arrebatado para siempre. Estas líneas son el fruto amargo de esa decepción.)

Indudablemente todo mundo conoce palabras desconocidas. Me refiero a los términos que ha leído o escuchado repetidas veces, sin atinar a definir con precisión su significado, y entre los que se encuentran tanto las diversas jergas de los especialistas como el caló propio de los integrantes de tal o cual agrupación cerrada y los vocablos caídos en desuso.

Parto pues del axioma siguiente: Nadie puede conocer el significado de todas las palabras de ningún idioma, incluida su lengua materna –ni el erudito ni el retórico, ni el poeta, ni el filólogo, ni siquiera el lexicógrafo, ya que en todo diccionario faltan palabras que quizás algún otro contenga–.

Contra lo que cabría esperar, no me propongo intentar sacar los corolarios ilustrados de tal axioma sino explorar los aspectos gozosos de esa ignorancia. Propongo, pues, que todas esas enigmáticas palabras (a las que con todo derecho cabría denominar “criptolexemas”) no están ahí para ser consultadas en diccionarios y ser aprendidas luego, con fines educativos o aviesos, sino para disfrutar de ellas. Pues lo cierto es que tales palabras, aunque parezcan no decirnos nada, nos dicen mucho, especialmente cuando las encontramos en una obra literaria, donde, puestas subrepticiamente en medio de un relato, nos compelen a desplegar las ateridas alas de la imaginación.

No descarto la posibilidad de que alguien pudiera desenvainar la espada crítica para echarme en cara mi pretensión de hacer de la ignorancia una virtud, ni tampoco estimo improbable que ese alguien, llevando su reproche al extremo, pudiera esgrimir un pérfido sofisma para mi escarnio: “Si, como usted dice –lo oigo espetándome– el goce criptolexicológico deriva de la lectura de palabras desconocidas, justo entonces es admitir que cuanto más iletrado sea el lector, mayor será su placer, y de ese modo arribamos al absurdo risible de que la persona que más goza leyendo es el analfabeto”.

Desacostumbrado como estoy a semejante saña, me apresuraría a responder: “Oh, es cierto, no lo había pensado”, para después sumirme en un vergonzoso y contrito silencio.

Recuperado del embate, mi siguiente reacción sería empezar a lanzar argumentos a tontas y a locas, con la esperanza de que alguno de ellos diera en el blanco. Recordaría que no es necesario entender algo para poder disfrutarlo. Razonaría que el lego bien puede apreciar la belleza de la música o la pintura –ut pictura poesis– sin lograr comprenderla del todo, y, alcanzado el límite de mi inventario, lo coronaría con el más sublime de los ejemplos: la mujer. (Quizás, pero sólo quizás, atrevería alguna aguda sentencia al estilo de “Me gustan las cosas que no comprendo, por eso me encantan las mujeres”).

A fin de reforzar mi tesis, parafrasearía a Mallarmé, diciendo que averiguar el significado de una hermosa palabra ignota destruye su belleza, y no satisfecho con ello, invocaría a autoridades superiores citando, con el debido recogimiento, palabras evangélicas: “Oigan bien, pero no entiendan; miren bien; pero no perciban” (Isaías, 6,9).

Desgañitado, y ya algo exhausto, agregaría que en verdad es de sabios deleitarse con las cosas que no alcanzan a entenderse, pues en el mundo hay indiscutiblemente más cosas incomprensibles que comprensibles y, sin darme cuenta cabal de las funestas consecuencias que ello podría acarrearme, mencionaría mi afición a pasarme horas enteras, postrado de veneración, contemplando los signos de una demostración matemática, sin entender nada en absoluto.

A continuación, en un arranque de patética, aunque justificada soberbia, intentaría una frase contundente, definitiva, irrevocable, destinada a acallar para siempre a mis objetores. “Me gustan las cosas que no comprendo –rezaría mi inmortal aforismo–. Lástima que queden cada vez menos”.

Doblegado por el esfuerzo, empezaría entonces a tiritar de rabia y de celo, y, harto ya de palabras sordas y oídos necios, inconteniblemente terminaría por romper en llanto. Al final, terminaría por confesar la verdadera causa de mis ditirambos, y elevando la voz hacia las alturas, hasta donde queda abolida toda vigencia de lo imposible, con un estertor más que con un alarido, exclamaría: ¡Yo todo lo que quiero es que me devuelvan el goce de la clepsidra!

- Salomón Derreza