El estatuto particular | Letras Libres
artículo no publicado

El estatuto particular

Ellos viven en el barrio de Altona, un sitio para bohemios y artistas en Hamburgo; desde su piso se ve la aguja del edificio donde ella trabaja haciendo estadísticas. Él trabaja en la casa. Si le preguntan qué hace, él dice que es asesor creativo externo de una agencia de publicidad. Él pronuncia las tres palabras lentamente, “a-se-sor cre-a-ti-vo ex-ter-no”, para que sus interlocutores tengan tiempo suficiente para hacerse una idea de su trabajo, aunque él mismo no sabe en qué consiste. En ocasiones lo llama alguien de la agencia y le pregunta cosas como: “¿Qué se te ocurre si te digo ‘chocolate’?” “Negro”, contesta él, y el otro dice “Hmm” y cuelga. Nunca le dan tiempo para pensar alguna otra cosa y él supone que esta vez lo despedirán, pero los cheques siguen llegando y a veces se encuentra con algún anuncio en la televisión o algún cartel en la calle que es producto de alguna de esas llamadas telefónicas. Esto le parece deprimente. En ocasiones también le envían textos o páginas pornográficas sin imágenes para traducir al alemán. “Mach mir einen Blasen, du Nutte!” o “Was für einen geilen Arsch!” pone bajo las fotografías. Esto no es deprimente sino aburrido.

Si le preguntan qué hace él, ella dice que él está en una fase de “reorientación laboral” provocada por “la muerte de la novela y el estatuto particular del cuento, dado periódicamente por muerto por la crítica y, sin embargo, de alguna forma, aún vivo”, algo que ella ha leído en el dominical de un periódico, en la columna de un crítico literario que suele aparecer en la televisión. Él ha publicado tres novelas y dos volúmenes de relatos pero de eso hace demasiado tiempo. Ella suele traer al salón los libros de él cuando esperan visitas para poder mostrarlos a los invitados y regalárselos si estos muestran algún tipo de interés en ellos. Si él la descubre antes de que los invitados lleguen, se apresura a esconder los libros en la habitación que alguna vez le sirvió de estudio, donde hay decenas de cajas con ejemplares que la editorial le ha regalado un tiempo atrás para ahorrarse el trabajo de guillotinarlos. Ella piensa que él necesita sentirse orgulloso de su trabajo pese a la muerte de la novela y al estatuto particular del cuento, pero desde hace varios años él ya no piensa en esas cosas.

 

 

“¿Qué le sucede?”, se pregunta ella a veces. Ella piensa que él es como un edificio de oficinas en el que las luces se apagan lentamente, de una en una, cuando los empleados se retiran, y luego viene el casero y apaga las que quedan y tal vez sólo quedan las de los pasillos, encendidas como las de una pista de aterrizaje poco antes de un accidente. Ella piensa que él necesitaría otro trabajo y otro corte de cabello, que deberían irse de viaje o leer más. Ella le compra un libro de Fiódor Dostoievski que él nunca lee. Él es parte del cuarenta y uno por ciento de la población alemana que no ha leído ni un solo libro en los últimos tres meses, piensa ella. Ella piensa que tiene que pensar en algo.

 

 

Un tiempo después inventa un juego que comienzan a jugar de inmediato. Sus reglas son relativamente simples, pero lo son porque su materia no lo es. El juego consiste en que varias veces al año ella y él viajan a alguna ciudad, en lo posible grande y turística; contra lo que es habitual, viajan por separado y no se alojan en el mismo hotel. No deben llevar teléfonos móviles ni guías turísticas y su conocimiento de las ciudades que visitan no debe ser demasiado específico, quizás dos o tres monumentos que se ponen de acuerdo de antemano para no visitar. Ninguno de ellos debe saber dónde se alojará el otro ni qué sitios visitará. Sin embargo deben encontrarse y regresar juntos.

Naturalmente, las posibilidades de que eso suceda son ínfimas, y la verdad es que ella ya ha elaborado unas estadísticas muy buenas y bastante descorazonadoras sobre el asunto, pero la dificultad es el principal aliciente para jugar el juego y, además, en última instancia, siempre acaban encontrándose.

Ella es la que suele descubrirlo primero, con su cabeza rubia sobresaliendo un poco por encima de las del resto de los que caminan por una calle comercial o esperan el metro o hacen cualquier otra cosa en cualquier otro sitio. Esto sucede casi siempre así, de la misma forma, casi todas las veces. Ella se acerca a él y lo toca en el brazo y él, un poco sorprendido y quizás también aliviado, se da la vuelta y la ve; luego se van a algún sitio y allí ambos cuentan todo lo que han hecho y ella toma notas que luego vuelca en un cuaderno cuando regresa al piso de Hamburgo. Con esas notas elabora unas estadísticas muy complejas cuyas variables son el tamaño de la ciudad visitada, su población, su importancia como destino turístico evaluada en cantidad de visitantes anuales, disponibilidad hotelera y participación del turismo en la economía local, la duración de la estancia, las condiciones climáticas durante la misma, la cantidad de sitios visitados, la cantidad aproximada de kilómetros recorridos por cada uno de ellos en sus itinerarios, el medio de transporte utilizado principalmente durante la visita y otras variables. Ella suele comentarle los resultados a él pero él pierde rápidamente el interés en ellos.

 

 

Estos son los lugares donde se encuentran el primer año en que juegan el juego: la Goldgasse de Praga, tras cuatro días; el bar Iberia junto a la estación de metro de San Bernardo, en Madrid, al quinto día de estancia; el guardarropas de la Neue Pinakothek de Múnich, el segundo día, y la recepción del Hotel Astória de Coimbra, a los cuarenta minutos de arribar: por un error se han alojado en el mismo sitio.

 

 

Más tarde, cuando él vuelve a aburrirse y ella piensa que necesitan recuperar la expectación y la angustia y el alivio, se ponen de acuerdo en visitar Berlín. Ella se marcha por la mañana con el tren de alta velocidad y él vuela por la tarde. En el vuelo, él se pregunta cuál es el sentido del juego, y piensa que éste no consiste en probar la buena suerte de ambos, como había creído al principio. Él sabe que ella sabe que la suerte nunca es tan buena o suficiente y que tiene un montón de estadísticas para demostrarlo, y durante el vuelo vuelve a pensar en ello y después de un rato comprende que el sentido del juego no está en probar su suerte sino el conocimiento que cada uno tiene del otro, puesto que de él depende realmente que vuelvan a encontrarse, de la capacidad basada en el conocimiento que cada uno de ellos tiene para inferir qué sitios preferirá visitar el otro, a cuáles irá y a cuáles no y cuándo, y de la determinación y el deseo de ambos de encontrar al otro. Él piensa que ella piensa que el sentido del juego es encontrarse, y que hacerlo es un buen signo porque ratifica la idea de que las afinidades que comparten pueden más que las probabilidades de que eso no suceda. Quizás, piensa él, el juego es algo así como una miniatura de la forma en que ella concibe el amor, como una especie de estadística que ha salido mal.

Él se aloja en un hotel cerca de la estación Prenzlauer Allee del metro; desde su habitación se ve el Planetarium y el Ernst-Thälmann Park.

 

 

Ella se aloja en un hotel de Berlin-Mitte; desde su habitación ve un Starbucks y una tienda de recuerdos con un oso enorme en la entrada de cuya cavidad en la barriga saca helados de nata un empleado con una camiseta con el eslogan del periódico más amarillo del país: “Toda verdad necesita un valiente que la diga”; por alguna razón, la camiseta también es amarilla.

Ella baja al Starbucks y pide un café y una galleta. “¿Quiere el café extra large?”, le pregunta la empleada. “No”, contesta ella. “¿Quiere la galleta extra large?”, le pregunta la empleada. “No”, contesta ella. “¿Quiere algo más?”, le pregunta. “Sí, un vaso de agua del grifo, por favor”, dice ella. “¿Quiere el agua del grifo extra large?”, le pregunta la empleada.

 

 

Ella baja por la Tucholsky Strasse, atraviesa el río Spree y echa una mirada a las personas que se reúnen en las puertas de las tiendas de comida rápida de la estación de metro de Friedrichstrasse. Luego dobla en la siguiente calle a la izquierda y llega frente al Museo de Pérgamo; compra una entrada y lo busca entre los visitantes que contemplan el altar del templo de Pérgamo y la puerta de Astarté de Babilonia, pero no lo encuentra. Una voz grabada anuncia por los altoparlantes que el museo se cerrará en algunos minutos y ella sale y camina hasta el Berliner Dom, la catedral de la ciudad; piensa que, si se hubiera quedado junto a las puertas del museo mientras los visitantes salían podría haber constatado que él no estaba allí, pero se sorprende pensando que quizás no quiera encontrarlo tan rápido. Entonces recuerda algo que él ha dicho un día, quizás después de la primera vez que jugaran el juego, o la segunda: que el día que no se encuentren todo habrá terminado para los dos, que cada uno regresará por su cuenta al piso de Altona para recoger sus cosas y perderse de vista. Ella se da cuenta de que va a llorar porque siente que se inunda por dentro, con el agua cayéndole por la nariz y nublándole los ojos, pero se contiene y regresa al Deutsches Historisches Museum porque ha leído que allí hay una exhibición dedicada a la literatura alemana posterior a 1945 y piensa que a él puede interesarle; al comenzar a pasearse por las pilas de memorabilia y basura acumuladas en las paredes y en los rincones –de otra forma, ¿cómo hacer materia de exhibición una actividad que carece de materialidad y va hacia la nada?– ella se da cuenta de que la mayor parte de los escritores de la exhibición están calvos y se han metido en uno o dos problemas a lo largo de su vida. Una vez escuchó que él decía que, si se quita a todos los que fueron nacionalsocialistas, en la literatura alemana del siglo XX quedan dos escritores, y los dos son malos, pero ella no está segura de que esto sea verdad porque ella no sabe de libros, aunque recuerda que en una encuesta el cincuenta y cinco por ciento de los interrogados sostuvo que la razón principal para sentirse orgullosos de ser alemanes era la literatura nacional; claro que el sesenta y tres por ciento pensaba que esa razón era la calidad de los productos alemanes, lo que –visto desde cierto punto de vista, piensa– hace pensar que la población alemana está más satisfecha con sus hornos de microondas que con sus escritores.

Ella recorre rápidamente la exhibición, que de todas formas está prácticamente vacía, y sale a la calle Unter den Linden; aunque se han puesto de acuerdo de antemano para no visitarla, pasea hasta la Puerta de Brandenburgo y se detiene a mirar a los grupos de turistas que se apiñan a su alrededor, ya sin buscarlo a él. Uno de esos grupos observa una pantomima y ella se les une. Se trata de dos mimos. El primero, vestido a la manera de un oficial nazi, azota al segundo, que lleva unos harapos a los que va cosida una estrella de David; cuando el primero lo azota, el segundo suele tirar hacia abajo de la barba postiza que lleva y eso hace reír a los espectadores; a continuación, se refugia detrás de unas cajas y regresa vestido como un oficial del ejército estadounidense y trayendo en sus brazos una gran bomba que finge meter al mimo nacionalsocialista por el culo; cada vez que lo hace, el nazi hace el “Sieg Heil”, el saludo nacionalsocialista; después de un rato, el mimo que interpreta al oficial norteamericano suelta la bomba y acaricia en la cabeza al nazi, al que regala un puñado de dólares antes de marcharse tras las cajas; el mimo nazi se pone de pie, primero atemorizado y luego con más resolución; se quita los símbolos nacionalsocialistas de la indumentaria y comienza a fumar un habano hasta que ve al segundo mimo, que regresa de detrás de las cajas disfrazado de negro; el antiguo mimo nazi empieza a pegarle como hiciera con el judío y el público aplaude. Ella se pregunta si la pantomima es antinazi y crítica con la forma en que la historia alemana a menudo parece repetirse o si su mensaje es otro. Está a punto de marcharse cuando el mimo nazi se le acerca y le pregunta en inglés: “¿Qué das al artista alemán?” Ella suelta una moneda, que el mimo nazi mira un momento y luego se guarda en el bolsillo. “Supongo que no te ha gustado”, dice y se da la vuelta. Ella piensa que pensaba que los mimos no hablan, pero en ese momento no recuerda si los que no hablan son los mimos o los clowns.

 

 

Él comienza a buscarla a la mañana siguiente: primero entra en el Jüdisches Museum, el ciertamente impresionante museo judío diseñado por el arquitecto Daniel Libeskind, que ha visitado ya con ella poco después de su inauguración; pero ella, que es una amante de la arquitectura contemporánea, no está allí, y él continúa por la E.T.A. Hoffmann-Promenade y luego por Friedrichstrasse y la Leipziger Strasse hasta Postdamer Platz. Él ve: un grupo de hare krishnas que entra al Sony Center, un joven sentado en el McDonald’s que come una hamburguesa y le da patatas en la boca a una anciana en silla de ruedas, una pareja de chinos o japoneses que le pide con señas que les haga una fotografía; el chino o japonés le hace entender por señas que quiere que en ella salgan su mujer y él recortados sobre el fondo de la cúpula iluminada, pero luego le señala también la fuente, la fachada del cine en tres dimensiones y el McDonald’s. Él no sabe cómo hacer la fotografía que el chino o japonés le pide y, por eso, les hace un retrato en el que sólo se ven sus rostros, sonrientes o tal vez sólo expectantes; cuando ha terminado, entrega la cámara al chino o japonés que mira por un momento en la pantalla del aparato y luego borra la fotografía y camina hasta un grupo de adolescentes inglesas, a las que les pide que le hagan otra; les hace las mismas señas y, cuando las inglesas le devuelven la cámara, borra la fotografía y se dirige a otra persona.

Él deja Postdamer Platz y camina hasta el edificio de la Philharmonie, pero el edificio está cerrado, y se queda un momento mirando a una mujer que lo fotografía y que resulta no ser ella. Después cruza el parque Tiergarten por la Entlastungsstrasse, visita la nueva cancillería y come una salchicha asada excepcionalmente cara en un puesto frente a ella, en la Platz der Republik, antes de reunirse con los que hacen la cola para visitar el parlamento o Reichstag y subir a la cúpula de Norman Foster, desde la que se ve todo Berlín; a él, la cúpula siempre le da mareos, pero ella es fanática de Foster y no es improbable que quiera visitarla de nuevo esta vez. “Ella sabe cuántas toneladas de vidrio han usado en ella, cuántos días han tardado, cosas así”, piensa él.

Mientras ocupa su lugar en la cola, un anciano que parece surgir de ninguna parte se dirige a él y le dice: “No soy de ninguna secta, sólo vengo a decirle que Jesucristo regresará a la tierra”. Él no cree haber entendido bien y le pide que le repita lo que ha dicho, pero el anciano sigue: “¿Está preparado para cuando Él llegue? ¿Cuándo ha sido la última vez que ha hablado con ¡Dios!?”, le grita, acercando su boca desdentada a la suya. “Esa es una buena pregunta”, piensa él, pero, antes de que pueda responder, el anciano le pone un papel en la mano y se gira, dándole la espalda, y se marcha en dirección a la cancillería; lleva los pies envueltos en bolsas de plástico, observa él. En el papel dice: “Iglesia de los últimos santos de los últimos perdidos y desesperados sobre la tierra”.

 

 

Ella lo busca durante ese día y el día siguiente y el otro. Entonces lo busca un par de días más. Nunca se había extendido tanto el juego y ambos, piensa ella, tienen razones para preocuparse. Ella lo busca en el Martin-Gropius-Bau, en cuyas salas hay una exhibición sobre el limes romano en Alemania; en la estación de metro de Pankow; en la sala de exposiciones de la Haus der Kulturen der Welt; en el parque Viktoriapark del barrio de Kreuzberg; en las salas del Filmmuseum de Postdamer Platz; en la biblioteca central, la Staatsbibliothek; incluso dos veces en el Reichstag. Él la busca en una exhibición de pintores aborígenes australianos en la Neue Pinakothek que le provoca dolor de cabeza; en el Museo de Pérgamo, tres días después de que ella lo visitara; en el Kulturforum de Kemperplatz; en el centro comercial Europa-Center; en el aeropuerto Berlin-Tempelhof; en un café de moda en Kreuzberg; aún más, en el Olympiastadion.

Un día, ella llama a la agencia de publicidad donde él trabaja para saber si tienen alguna noticia de él. “No, lo siento”, le dice alguien en el teléfono, y agrega: “¿Qué se le ocurre si le digo ‘infancia’?” “Mierda, pañales, el león bizco, el enano ése que grita que viene el avión”, responde ella, y el otro dice “Hmm” y cuelga.

 

 

Una noche, la sexta o séptima desde que llegó a Berlín, a él no le apetece comer en el restaurante del hotel y sale a caminar por el parque. Un poco más atrás del planetario, en un banco paralelo a la Diesterweg Strasse pero oculto por setos de la altura de un hombre, ve a varios cabezas rapadas conversando y bebiendo. Uno de ellos está quitando el barro de sus botas con un cuchillo, pero se incorpora cuando otro que lleva una chaqueta de bombardero le hace una seña. Mientras pasa fingiendo no haberlos visto, siente las miradas de los cuatro o cinco cabezas rapadas clavadas en él y luego, ya a sus espaldas, el ruido de sus pisadas sobre la gravilla. Echa a correr pero los otros son más, son más jóvenes y están en un mejor estado físico; cuando lo alcanzan, empiezan a golpearlo en la cara y en el estómago y en la cabeza. Es como caer dentro de un lavarropas, piensa él, y sólo atina a balbucear: “¡Soy alemán! ¡Soy alemán!”; cuando piensan que ya han terminado, uno de los cabezas rapadas mete la mano en sus bolsillos y saca la cartera, la mira un momento y le dice al de la chaqueta de bombardero: “¡Mierda, este es alemán!” Se quedan un momento mirándolo y luego lo ayudan a incorporarse y el de la chaqueta de bombardero le explica, casi con dulzura y disculpándose: “¿Sabes qué pasa? Es que eso es lo que dicen siempre todos”.

Él comienza a caminar de regreso al hotel con dificultad y se pregunta si tiene algún hueso roto; una vez se rompió el brazo de niño y sabe que, si tiene algo roto, acabará enterándose. Mientras camina, se dice que estas cosas pasan en todos los sitios y más o menos a todas las personas; anota mentalmente preguntarle a ella cuando la encuentre cuáles son las cifras de violencia de extrema derecha en el este de Berlín. En el restaurante del hotel, pide un caldo y después sube a su habitación y se echa sobre la cama con la ropa puesta. Se dice: “Voy a llorar ahora”, pero ese pensamiento basta para que no pueda hacerlo y se queda dormido.

 

 

Ella camina rápidamente, sorteando a las personas que se ponen en su camino y corriendo detrás de algo que sabe que es mullido y caliente como un bebé gordo y enfermo y que no sabe cómo llamar porque nunca lo ha visto anunciado en televisión. Mientras piensa en esto, la gente se echa a los costados cuando la ve pasar. Según estadísticas, piensa ella, los paseantes de Dresde y Hannover recorren 1,49 metros por minuto, mientras que los de Hamburgo, Múnich y Jena, 1,47 metros. Los de Berlín son aún más lentos, y en ocasiones la miran horrorizados cuando ella se lanza como un bólido cuando el semáforo se pone en verde, como si ella fuera un tornado o la muerte roja o el ratón mexicano de los dibujos animados.

Mientras toma una sopa de pescado en un restaurante de la Spandauer Damm, frente al palacio Charlottenburg, ella piensa en regresar al piso de Altona sin haberlo encontrado. Se imagina a sí misma entrando y viéndolo echado en el sofá, mirando una revista de viajes con expresión angustiada; quedándose con la boca abierta como si fuera a decir “orejas” u “homínidos”; a ella, sentada en el váter mirándose las chanclas verdes y preguntándose si desarma el equipaje o si sólo completa la maleta con lo que considere más importante y se escurre fuera del piso para siempre. Ella imagina que si el pescado de su sopa tuviera cabeza se levantaría y la cabeza la besaría con labios de pescado para consolarla, o le daría consejos, como en las novelas colombianas que él solía leer, pero el pescado flota sin cabeza en la sopa y ella piensa que esto no es una novela colombiana; piensa que todos perdemos la cabeza y que eso no pasa más de una vez en la vida, y pide la cuenta.

 

 

Ella piensa en la felicidad y se dice que es como lo que se siente al ponerse un suéter nuevo, y luego piensa que para ella es su piso en Altona y él dentro de él haciendo lo que hacía antes: escribiendo y comiéndose una manzana y poniendo cara de espanto cuando ella le hablaba de su trabajo. Ella es parte del sesenta y seis por ciento de la población alemana que tiene una pareja estable y del cincuenta y tres por ciento que puede imaginarse envejeciendo a su lado. Ella piensa en eso y luego piensa que el juego no tiene nombre y que quizás el juego debiera llamarse el juego de las pérdidas. Entonces llora y cuando acaba se dice que no pasa nada, que llorar no es nada del otro mundo. “Las mujeres lloran un promedio de 5,3 veces por mes; los hombres, 1,4”, se dice, y agrega: “Un hombre alemán tiene un promedio de diecinueve calzoncillos, cuatro de cada cinco alemanes utiliza el papel higiénico cuidadosamente doblado, uno de cada cinco controla su peso diariamente, son sólo números”. Luego entra a una librería y pregunta a una dependienta que usa zapatos ortopédicos por un libro para una mujer que ha perdido a su marido y la dependienta le entrega uno que se llama: La mujer del viajero en el tiempo. Ella lo hojea y después se lo devuelve a la dependienta y le pregunta si tiene el libro de la mujer del viajero por Berlín y sale corriendo. Esa noche regresa al piso de Altona.

 

 

Él se pasa un día completo echado en la cama tratando de contar cuántas veces se afeita por año; cuenta primero cuántas veces lo hace por semana y luego multiplica esa cifra por cuatro y luego por doce pero siempre se queda dormido o se pierde antes de obtener la suma final. Se dice que se levantará y tomará el siguiente tren a Altona y que allí la esperará, si es que ella no ha regresado ya, y que ambos tratarán de olvidar lo que ha sucedido, todo lo que ha sucedido. Él imagina que ella le dirá cuando lo vea: “¡Perdóname por todo lo que me has hecho!” y que él le responderá, con crueldad fingida, como el malvado de un espectáculo de títeres: “¡No te perdono!”.

Él piensa de nuevo en el juego y piensa que no tiene nombre y carece de instrucciones. Mira el bloc de notas con el nombre del hotel junto a la cama y entonces piensa que debería escribirlas pero no para otros, ya que sólo ellos dos juegan el juego, sino para él mismo, para que él mismo aprenda a jugar el juego de nuevo. Entonces coge el bloc de notas y el bolígrafo a su lado y, por fin, escribe:

“1. Deja de escribir. Piensa en la muerte de la novela y el estatuto particular del cuento. Lee a críticos franceses con nombres con muchas erres o mejor no leas nada en absoluto.

“2. Murmura ‘Dios mío’ cada vez que ella te diga algo.

“3. Déjate la camiseta puesta más de una semana cada vez.

“4. Dile: ‘No lo entenderías’ cuando ella te pregunte por qué ya no escribes.

“5. Simula fastidio cuando te hable de otros escritores; dile que A es una fulana y B, maricón, que C sólo ganó ese premio porque se acostó con los jurados y que d escribe con el culo. Pon cara de que sabes de qué hablas. Finge que te sientes mejor con eso.

“6. Pregúntale si sabe quién es Laurence Sterne. Déjale claro que ‘todo el mundo’ sabe quién es Laurence Sterne.

“7. Dedícate a pensar venganzas contra antiguos editores tuyos y críticos. Monta una editorial fantasma, contrata a gente, sacándola de sus puestos en otras editoriales mucho más importantes prometiéndoles todo lo que te pidan, y luego desaparece dejándolos tirados. O monta una editorial, corrompe a todos los críticos para escribir reseñas elogiosas de los libros que publicas y luego, un par de años después, cuéntalo mencionando todos los nombres. O monta una editorial en la que publiques libros de autores conocidos que acepten publicar con pseudónimo para que la recepción crítica de su obra, que por fuerza será negativa, pueda ser impugnada cuando hagas público el verdadero nombre del autor. O soborna a algún escritor famoso pero necesitado de dinero para que un libro de otro se publique con su nombre y luego, tras las críticas, que por fuerza serán positivas, cuéntalo. No descartes la violencia física contra ellos aunque peses cincuenta y cinco kilos.

“8. Desaparece, piérdete completamente de vista. Que no te reconozcan ni tu perro ni tu puta madre.

“9. Viaja a una ciudad cualquiera. Mira lo que pasa por allí. Déjate pegar por cabezas rapadas. Siéntete una mierda.

“10. Escribe de nuevo, esta vez haciéndolo simple y rápido, como las estadísticas. No pienses, o piensa en un final de esos, con una carretera hasta el horizonte y el sol cayendo en él y el muchachito volviendo a casa. Sobre todo no pienses en la muerte de la novela y el estatuto particular del cuento. De esos, ni una palabra”. ~

 

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Este cuento forma parte de El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan, que Mondadori publicará a finales de enero.