El espectro de Goethe | Letras Libres
artículo no publicado

El espectro de Goethe

Se debate si la literatura se sigue produciendo localmente y luego se exporta o si todo es y siempre ha sido, pese a las denominaciones de origen, importación

No es la primera vez en la historia literaria en que el fantasma de la globalización amenaza la estabilidad de las literaturas nacionales. Hace dos siglos, al fracasar en España y en Rusia el imperio universal de Napoleón, a viejas naciones les tocó la ilusión de renacer a través de un genio literario que consideraban original, propio, intransferible. Un movimiento internacional como la Ilustración, que borraba fronteras, fue sustituido por otro movimiento internacional, el romanticismo, que las creaba. Esa metamorfosis puede fecharse en 1810, cuando Madame de Staël publica De Alemania, crónica de sus correrías intelectuales más allá del Rin en un país medieval que entonces era exótico y carecía de Estado nacional.

Goethe lanzó en 1827 aquella frase sibilina sobre la necesidad de los alemanes de someter “su genio original” al imperio de la “literatura mundial”, frase de la cual parte Jérôme David, profesor en la universidad de Ginebra, en Spectres de Goethe. Les métamorphoses de la “littérature” mondiale (2011), libro en curso de traducción a otros idiomas y en el cual se plantea, de manera amena, qué demonios quiso decir el poeta residente de Weimar y cómo nos afecta su dicho a los ciudadanos del actual planeta literario.

Escrito en forma de un diálogo entre dos personajes, uno viejo, ligado al mundo del 68 y sus revoluciones teóricas y otro, más joven, nativo de la red y de las tabletas, Spectres de Goethe, nos invita a viajar con ese par a través del espacio, “visitando” a Goethe en Weimar en 1827, a Marx veinte años después en Bruselas, a Richard Green Moulton quien difundió desde Chicago y en 1911 el concepto didáctico de world literature, a Maxim Gorki y a otros escritores revolucionarios quienes desearon sovietizar las letras universales en el Petrogrado bolchevique en 1918 y a Erich Auerbach, exiliado en Estambul durante la Segunda Guerra. El desenlace ocurre en la Feria de Fráncfort donde los artífices de la conversación se topan con un inefable e ignaro agente literario a quien entrevistan en su calidad de demiurgo de la globalización editorial. Antes, han discutido, directa o indirectamente, con los teóricos actuales del concepto de literatura mundial, como lo son Pascale Casanova, Franco Moretti y David Damrosch.

Desde Goethe, dice David al estudiar sus frases sobre la literatura mundial, reina la ambigüedad si debe entenderse, por esta, al conjunto de todos los libros o solo a aquellos que encarnan ciertos valores. Fueron más bien sus lectores, más que él mismo, quienes interpretaron a su weltliteratur como una doctrina humanista. Aunque desde luego a Goethe no le habría molestado esa acepción, él le estaba dando respuesta, según dice David (lo afirman, duplicados, los “personajes” de su libro) a la pregunta que se hacían sus paisanos (en buena medida, prealemanes) de cómo devenir en clásicos y llenar la noción de universalidad, que era, en ese entonces, muy francesa. Goethe consideraba a la literatura mundial como una masonería internacional y aspiraba a que los desperdigados e inseguros escritores de su lengua se iniciasen en ella. Los invitaba, como diría Paz, a “ser contemporáneos de todos los hombres.”

El siguiente avatar de la literatura mundial está en el Manifiesto Comunista (1848), de Marx y Engels, donde se dice, literalmente, que el mercado mundial convirtió en patrimonio común de todas las naciones lo que antes era producción intelectual de cada una y formó, con las antiguas literaturas nacionales y regionales, una literatura universal.

David, al aparecer un postmarxista, ve con simpatía esa frase (yo también, por cierto) y rechaza una comprensión meramente aritmética del asunto, una suma de productos locales, elucubrando que Marx se estaba refiriendo a la literatura en su sentido más amplio, es decir, a una cultura general que gracias al mercado se convertía, para bien y para mal, en una atmósfera común a todos los hombres. Marx, como profeta de la globalización, según David, habría utilizado, de haber vivido en el siglo XX o en el XXI, como sinónimo de “literatura mundial” a los medios masivos de comunicación o a la red. Todo lo contrario de la masonería soñada por Goethe. Pero en ese sentido inexorable, la globalización es ilustrada, antirromántica y marxista, enemiga de las literaturas nacionales. Es imposible, elucubro yo a mi vez, que un escritor conectado a la red sea nacional. Degradado o sublime, es mundial.

A Auerbach, otro de los oráculos interrogados en Spectres de Goethe, le daba horror la universalización de la trivialidad y sus temores, compartidos por la Escuela (que no por la feria) de Fráncfort, parecieran surgir de varias horas de navegación en la red, aunque el autor de Mimesis haya muerto en 1957. Ese esperanto tan temido ya llegó. Para dominarlo, espíritus ansiosos de universalidad, como los bolcheviques de 1918 o los proyectistas estadounidenses de los Great Books, idearon la mundialización de un canon que pusiera los libros adecuados en manos de los lectores planetarios. Para interpretarlo, están las teorías de Casanova, Moretti o Damrosch, que difieren esencialmente en si la “literatura mundial” invita a la tolerancia multicultural o impone a la periferia el gusto del centro. Se debate si la literatura, pese a todo, se sigue produciendo localmente y luego se exporta o si todo es y siempre ha sido, pese a las denominaciones de origen y las envolturas típicas, importación. La discusión habrá de pasar por la lectura, incitativa, de Spectres de Goethe, de Jérôme David, quien asegura que la literatura mundial es un hecho objetivo. Eso no quiere decir (o no lo quiere decir en mi caso) que reconocer esa realidad ampare la difusión del estilo neutro, asexuado, higiénico, propio de las llamadas novelas de aeropuerto. Si hay un ejemplo de libro por antonomasia de la literatura mundial tal cual yo alcanzó a entenderla ése es el Ulises, de Joyce que solo unos pocos ven, tan solo, como un libro nacional irlandés.