El escritor de las clases medias | Letras Libres
artículo no publicado

El escritor de las clases medias

Dos características definieron a Mario Benedetti (1920-2009). La primera: fue un escritor de (y para) las clases medias. La segunda: fue un escritor al que el compromiso ideológico malhirió. Las consecuencias de tales características fueron también dobles. Por un lado, se precipitó su difusión entre un público sociológicamente fincado en esos sectores en los que se sitúan las amas de casa, las profesiones “liberales” (los dentistas, los escribanos, las burocracias), los estudiantes de bachillerato, acaso algún deportista y también ciertos revolucionarios sentimentales. Por otro, sucumbió su espíritu literario a una prosa de catequesis y a una superficial eficacia emotiva que destituyeron la reflexión crítica y abrieron camino a un sistema de complicidades.

Bautizarlo a Benedetti, como se hizo y se continúa haciendo, como escritor popular es una inexactitud más de estos tiempos inexactos. Desde sus primeros cuentos y poemas, aparecidos en la década de los cincuenta, él apuntó (y apostó) por retratar la arqueología de unas clases medias a las que pertenecía por sus orígenes familiares y que conformaban mayoritariamente a la sociedad uruguaya de su época. Unas clases medias que, en estas tierras transatlánticas que habían acogido a sus ascendentes europeos de mejor o peor manera, y ya aupadas a un proceso nacional que en las posguerras conociera cierto grado de satisfacción y autoestima, comenzaban a indagar sobre sí mismas y buscaban respuestas a inquietudes que la extendida “instrucción pública” había sembrado entre ellas. Unas clases medias, por fin, que en este imaginario literario representaban un mundo estrecho, escuálido, sin elevación, y de ninguna manera un mundo liberador, fértil, con capacidad de futuro. Ellas, por ejemplo, y en este contexto particular, no constituirían unas capas sociales que parirían el reino de la institucionalidad democrática sino que alimentarían (o consentirían en alimentar) un remedo meramente retórico.

Benedetti no escribió sobre los obreros, los desclasados, los marginados, y tampoco sobre los peones del campo, los carpinteros, los estibadores del puerto de Montevideo. No. Escribió sobre los esposos culposos, los empleados de las oficinas, los viudos más o menos acomodados, los señorones enriquecidos, los muchachos dizque avispados. Son las suyas, en casi todos los casos, almas rutinarias, seres cercanos a la derrota, hombres y mujeres con resentimientos y odios y cóleras y algún gesto repentino que se quisiera redentor; para resumir: vecinos de a pie que a duras penas poseen una dosis de confianza con la que puedan envalentonarse o engañar a sus prójimos. Algo asoma, en ciertas novelas de Benedetti, de una arquitectura psicológica tensa que replica el enfrentamiento entre padres e hijos y las relaciones entre las generaciones.

Una mentalidad de espesa clase media es la que se expone en estas páginas. Una mentalidad que, según el propio escritor y varios de sus compañeros de generación (la “generación del 45”, de acuerdo con Emir Rodríguez Monegal), estaba destinada a un fracaso a dos puntas: quienes padecían esa mentalidad eran, en efecto, unos espíritus irremisibles y condenados a la monotonía y ciudadanos de un país que parecía mostrar demasiadas resquebrajaduras psicológicas y sociales. ¿Tacita de Plata? ¿Suiza de América? ¿Éxito de un modelo socialdemócrata visionario? Las etiquetas triunfalistas que se aireaban empezaban a ser cuestionadas, como si históricamente se hubiera arado en las aguas de un río grande como mar de lechos arenosos y sin verdadera profundidad de calado. Si en sus primeros libros (Poemas de la oficina, Montevideanos, El país de la cola de paja) Benedetti hizo hincapié en una sociedad opaca y vulgar y cortejó una realidad grosera y burocrática como señas de identidad del Uruguay (y, más que del Uruguay, de Montevideo, la capital monopólica: la dinámica urbanizadora así lo imponía), en los títulos que aparecerán más tarde, a partir de los setenta (El cumpleaños de Juan Ángel, sobre todo), elegirá como baluarte sociológico a unos estudiantes indignados que harán suya una esperanza de cambio político envuelta en el mesianismo izquierdista y en las banderas de la revolución socialista, y que encontraba sus fuentes inspiradoras en una gesta cubana ya en esas fechas muy devaluada. En un paso más en esta dirección, Benedetti, justamente en El cumpleaños de Juan Ángel, llegaría de algún modo a alentar la inmolación de los jóvenes en el altar de la acción directa revolucionaria.

Este trayecto de Benedetti se formó y se configuró en ancas del “compromiso” de orígenes sartreanos que tanto estrago causó entre los intelectuales de América Latina. Así, y en tránsitos sucesivos, él fundó el Movimiento Independiente 26 de Marzo, de estrechas simpatías hacia la guerrilla tupamara y de posiciones políticas extremosas; viajó varias veces a La Habana y allí ayudó a prestigiar la Casa de las Américas y anudar en ella un criterio cultural intolerante con las divergencias de adentro y de afuera; no se adhirió, como lo hicieron algunos de sus amigos escritores, a las denuncias que se formularon acerca de la persecución y la censura a los intelectuales propios y ajenos; en este sentido, hasta hizo una cuestión de principio personal el mantenerse fiel a una causa que estimaba incanjeable. Una constancia que, en este caso, es oportuno precisar: cuando Benedetti se exilió residió por lapsos breves en Argentina y en Perú y apenas un año en su exaltada Cuba para luego elegir afincarse en Madrid hasta el final de la dictadura militar y la reconquista del régimen democrático.

Dije al principio de estas líneas que la militancia ideológica de Benedetti lo malhirió. Es algo que no disciernen quienes se empeñan en no desear discernirlo. En sus comienzos como escritor desplegó una suerte de vocación intelectual abierta: fue crítico literario y teatral, humorista, creador de una revista (Número) de relevancia en el desarrollo de la cultura uruguaya, publicó algunos ensayos (sobre la novela, sobre Marcel Proust) que revelaban el trabajo de una inteligencia esforzada. Quién de nosotros (1953), La tregua (1960), Gracias por el fuego (1965) fueron obras también esforzadas. Cierto, no apuntaron alto en sus pretensiones estéticas pero comparecía en ellas una preocupación por subirse a ese movimiento renovador que amanecía entonces y que a poco andar entregaría los mejores resultados del boom literario latinoamericano.

Hay que repetir –porque ello conlleva una carga ética y estética– que en los trazos del itinerario de Benedetti alienta y manda un argumento central que ambiguamente ejerció como acicate para la empatía entre el escritor y su gran público de clases medias y que, a su vez, lo llevó al derrocamiento del anhelo estimativo. Ese argumento central fue el de la instauración deliberada de un mimetismo entre la realidad triste que se quiere describir y el estilo literario que también triste la anima. Una confusión imperdonable y, en términos artísticos, costosísima. ~