El enigma y el árbol | Letras Libres
artículo no publicado

El enigma y el árbol

Al comienzo de todo está el dragón...

C. G. Jung

Esta obra de arte fue realizada hace unos días: es bastante moderna. El dibujo (marcador sobre papel bond, 21.6 x 27.9 cm) se titula “Soñé que me comió un dragón pero me escapé y entonces fuimos amigos” y fue realizado por un pintor realista-socialista de nombre Patrick que recién cumplió seis años.

No, no voy a caer en la simplonada de alegar que lo que hace un niño es mejor que mucho arte actual: es demasiado obvio. Más interesante es cómo el dibujo acusa la herencia avasalladora del inconsciente colectivo; cómo es síntesis es- pontánea del “monomito” que –siguiendo a Jung– propuso Joseph Campbell en El héroe de las mil caras (1949), a saber: el héroe enfrenta un obstáculo, pasa la prueba y logra la iluminación. (La prueba puede lo mismo ser el parto que volver del mundo subterráneo, vencer al mal, etc.)

Es curioso que al artista se le haya ocurrido la argucia que consiste en plasmar, en el mismo plano pictórico, varias escenas secuenciadas. Es la arcaica “narrativa continua” que llegó a su apogeo en el trecento con Piero della Francesca y el Beato Angélico –unos artistas europeos y colonizadores– si bien hubo quien la preservó, como famosamente Botticelli (un pintor elitista) cuando ilustró la Comedia de Dante (un poeta viejo y falocrático).

El rito de pasaje en el dibujo inicia abajo a la izquierda: cruzado el umbral, el héroe enfrenta al enigma que lo captura y devora sin mayor trámite. En calidad de bolo alimenticio, ennegrece (nigredo) y desciende aterrado al caos (catabasis) y experimenta la tenebrositas. Luego (¿nueve meses?), al recuperar color y tamaño, logra la individuación y reúne fuerzas para la última prueba: se convierte en massa confusa, en caca (recuérdese que el niño confunde creación con defecación). Una vez “afuera” renace (albedo) y asciende (anabasis) feliz a un nuevo conocimiento de sí (purificatio) que incluye convertir el enigma resuelto en su aliado.

El artista –pequeño Jonás, vivo Pinocho– deja el marcador, corre al jardín, se trepa al que llama su árbol y le habla. Lo miro de lejos, estupefacto. Muy de lejos.

¿Podré soñar esta noche que yo soy el árbol? ...