El encuentro | Letras Libres
artículo no publicado

El encuentro

Despertó sorprendido de sentirse mejor, con la sensación apacible de quien ha dormido muchas horas. Por primera vez en varios meses no le dolía la cabeza, tampoco tenía náuseas. Lo primero que se le ocurrió fue llamar a su esposa, quien llevaba de viaje casi una semana, para contarle que su salud estaba mejorando a pesar del resultado de los últimos análisis. Sin embargo, al estirar el brazo para alcanzar el teléfono en la mesita de noche, notó que no estaba solo. Junto a él, del otro lado de la cama, había una mujer. La vio de espaldas, con la cara escondida bajo la almohada, pero el torso descubierto y el cabello desparramado sobre los hombros no permitían sospechar, ni por un instante, que se trataba de Luisa. Era definitivamente otra persona y lo único que sabía acerca de ella es que no la conocía. Sin detenerse a pensarlo, salió del cuarto alarmado.

Con pasos aún aligerados por el sueño, atravesó el pasillo, recogió el periódico que lo esperaba debajo de la puerta, leyó la fecha y el encabezado, para dejarlo después sobre la mesa de la cocina, sin abrirlo siquiera. Una vez ahí, las preguntas se le echaron encima como gatos enfurecidos. Lo mejor que podía hacer ahora era calmarse y preparar un café; tomar algunas piezas de ese pan un poco duro que sobraba en la canasta desde el último desayuno con Luisa y recordar sus acciones más recientes, las últimas llamadas por teléfono, la sala donde le habían hecho la tercera tomografía y, finalmente, la merienda en casa de sus padres. No había huecos: el día anterior era un hilo continuo, sin nudos inexplicables, una línea anodina donde no tenían cabida ni su desconcierto ni los hombros vislumbrados en la penumbra del cuarto.

Y sin embargo, sin que supiera explicar por qué, se sentía responsable. Quizá lo más natural habría sido despertarla, disculparse sobre todo, explicarle que desde hacía algún tiempo su cabeza lo traicionaba y después pedirle que lo ayudara a reconstruir el encuentro. Pero no se atrevió. Sin terminar la tostada que había puesto sobre el plato, encendió un cigarrillo y siguió dando sorbos a su café, amargo como un pequeño castigo. No. Quizás esa no era la mejor estrategia, la sinceridad en ese momento hubiera rayado en el insulto, un discurso como aquel tendría sabor a mentira o a cinismo, sobre todo no a lo que espera una mujer que se despierta en una cama ajena. Se dijo que las cosas siempre tienen un orden y que tal vez era posible recuperarlo, restablecer una red de citas y llamadas por teléfono que ahora no tenía en mente pero que tarde o temprano iba a recordar con imágenes y deducciones. Por un instante volvió a ver los codos puntiagudos, los brazos finos alrededor de la almohada, el pelo lacio, negrísimo. Algo de ese cuerpo extraño le parecía familiar y esta circunstancia no hizo sino aumentar su desconcierto.

Como a las diez y media, las náuseas volvieron y con ellas el cansancio y el dolor de cabeza. Llevaba un par de meses incubando un malestar en el que se negaba a creer, como si la realidad mostrara de repente un aspecto ficticio, una falsa cara, o como si él hubiera dejado de pertenecerle. Por la ventana de la cocina, miró la mañana. Un gato caminaba sobre la barda de enfrente. El edificio, comenzado hacía más de cinco años, seguía en obras. La escena aumentó su mareo. Sin saber cuándo exactamente, había empezado a añorar un lugar distinto, con otro cielo, otros árboles, otra barda y otro gato. Esa impresión de desfase lo perseguía incluso en el trabajo. Y ahora la mujer. Entonces comenzó a tener la sospecha de que ella no dormía. Debía aguardar en el cuarto, saboreando su desconcierto. Sin hacer ruido, habría entrado a su casa como un ladrón y esperado toda la noche para sorprenderlo. ¿Actuaba sola o había sido enviada por alguien? Pensó en sus compañeros de oficina. Los imaginó borrachos, en el salón de baile, al final de esa fiesta de disfraces a la que se había negado a asistir. Se levantó de la mesa. Debía de haber alguna pista en la sala, una bolsa, algún saco, un disfraz, un estuche de llaves en la mesita de centro. Se puso a buscar por todas partes, sin resultado. Vencido por el cansancio, se dejó caer sobre el sillón. De algún lugar cercano, quizás un departamento vecino, le llegó el eco de un charleston, casi podía escucharlo. Cerró los ojos y se imaginó bailando. La mujer que había visto en su cama seguía el ritmo perfectamente, como si en vez de acatarlo, dictara el compás a los instrumentos.

Incapaz de hacer otra cosa, decidió volver a la cocina y esperarla en la mesa, atrincherado en ese falso desayuno. Cuando despertara, ella sabría qué hacer. De todos modos era la única que conocía la situación y sus antecedentes. Decidió que si no se marchaba pronto –ojalá lo hiciera– le ofrecería un plato de cereal, seguramente menos rancio que su tostada. Iba a llamarla “tú” hasta donde fuera posible, quizás emplearía apelativos cariñosos para ocultar la absoluta ignorancia de su nombre.

¿Por qué tardaba tanto? Eran casi las once y la luz entraba franca por los ventanales de la sala. Aunque lo intentó, no pudo explicar su tardanza sin algún dejo de tragedia o de culpa. Había sido absurdo levantarse de esa manera, sin asegurarse primero de que ella estaba bien y dormía sin problemas. De todas formas, era innegable que habían pasado la noche juntos. ¿Por qué no había aprovechado la intimidad matutina para saber si era necesario preocuparse? Notó cómo su enojo se transformaba poco a poco en una suerte de lástima. ¿Cómo debía de ser la vida de esa mujer, en qué estado de ánimo o de salud –todo era posible ahora– debía de estar alguien para ir a dar a su cama? Se preguntó si al menos habían pasado un buen rato juntos y trató de averiguarlo olfateando los rastros de la noche sobre la yema de sus dedos, pero en vez de un olor a piel, reconoció el tufo a humedad con el que siempre comenzaban las náuseas.

Cuando por fin entró a la habitación, la oscuridad que producía la persiana aunada al revoltijo de sábanas y cojines le impidieron ver el cuerpo de la chica y, sin embargo, algo en el aire delataba su presencia. Con mucho cuidado, se recostó un momento en la orilla de la cama, esperando que otra vez pasara la punzada en la cabeza y, sobre todo, ese dolor persistente que lo invadía como una marea, como unos brazos delgados, voluptuosos y pacientes que lo hubieran esperado toda la vida, y ahora lo acogieran despacio, con dulzura, conduciéndolo a ese lugar no tan lejano como él había creído siempre, sino increíblemente cerca. ~


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