artículo no publicado

El efecto Bukowski

Está todo ahí, en el primero de los suyos que leí; uno de esos contados casos en los que sí se puede juzgar un libro por su portada. Y declararlo culpablemente inocente o inocentemente culpable.

Charles Bukoswki es uno de esos escritores de los que tu libro favorito entre los suyos siempre va a ser, for sentimental reasons, el primero que leíste. Factotum fue el primer Bukowski que leí. Adolescente, principios de los años ochenta. En una Buenos Aires dictatorial en la que los libros de la colección Contraseñas de Anagrama respondían en fondo y forma a su carácter underground: me los vendían por debajo del mostrador y entre susurros y a un precio poco saludable en una librería contracultural donde estaba claro que títulos como El libro de la yerba, Ciego de nieve: traficando con cocaína, A la rica marihuana y otros sabores y, sí, La máquina de follar y Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones no podían exhibirse en sus escaparates.

Y cuando me llevé Factotum no tenía idea de quién era Bukowski. Pero, ah, esa portada era perfecta para alguien como yo que era escritor desde que tenía memoria: solo faltaba que el resto del mundo compartiera esa certeza y vocación. Un hombre de espaldas miraba por una ventana de una noche ardiendo en neones, en el suelo varias latas vacías de cerveza y un cesto lleno hasta los bordes de papeles abollados, y en el escritorio una botella de bourbon a medio camino y lo más importante de todo: una vieja pero fiel máquina de escribir sacando la lengua de una página cubierta de letras. Fue amor a primera vista y los amores a primera vista son una relación más bien utilitaria y de mutuo provecho: algo tan intenso como pasajero. Así, incrementé los royalties de Bukowski y Bukowski me prestó el disfraz de maldito con tantas ganas de ser bendecido. Y –Factotum era la primera novela de Bukowski que se publicaba; nunca me interesaron sus relatos o sus escritos de viejo indecente y jamás me adentré en los poemas que muchos aseguran son lo mejor de su producción– fuimos felices a lo largo de Cartero, Mujeres y La senda del perdedor; ya adquiridos por mí en España, a lo largo de uno de esos viajes iniciáticos y autostop. Después –con la inmediata llegada a mi mapa de los beatkinks y Vladimir Nabokov, y degeneraciones más cool como la de los tempranos Martin Amis & Ian McEwan, y el gracioso revulsivo en serio Kurt Vonnegut– el chiste dejó de tener tanta gracia. Y, además, lo cierto es que el Chinaski way of life no me interesaba como rutina y resaca. Bukowski fue uno de esos autores que funcionan a modo de guía en un momento de la vida. Presumo que para muchos la misma función cumple por estos días la “Literatura del Yo” del solipsista Karl Ove Knausgård.

No teman (lo siento): ya se les pasará. O eso espero.

Pero quien no pasa –por más que a mí se me haya pasado– es Charles Bukowski. Decenas de ediciones, su efecto saltando sobre sucesivas generaciones, su potencia superando la de pasajeros sucesores en el arte de la transgresión y el mal vivir dandy como Bret Easton Ellis, Irvine Welsh, Will Self, Pedro Lemebel, Enrique Symns, Gustavo Escanlar, Andrés Caicedo, Claudio Bertoni, Guillermo Fadanelli, Pedro Juan Gutiérrez y los amos de la diatriba Michel Houellebecq y Fernando Vallejo.

Con ese ánimo un poco retro me llevé el recién aparecido Charles Bukowski: On Writing (Canongate), recopilación de dichos y cartas y dibujitos y autoblurbs vergonzantes a cargo de uno de sus biógrafos, Abel Debritto. Lanzado como parte de los festejos por el noventa y cinco cumpleaños de la bestia (Andernach, Alemania, 1920-Los Ángeles, 1994) junto a la recopilación de cuentos dispersos The Bells Toll for No One (City Light Publishers), On Writing será seguido por otras dos recopilaciones: On Cats y On Love.

Y leyendo On Writing compruebo que Bukowski no ha envejecido en absoluto. Ahí continúa, intacto, su poderío apto para todo joven. La bohemia como Tierra Prometida. El triunfal perdedor que acaba teniendo éxito, codeándose con Sean Penn, tarareando con Leonard Cohen y cantado por u2 y Fito Páez y recitado con veneración por Tom Waits (y condenado por Nick Cave con un “¡Bukowski era un imbécil! ¡Berryman era mejor!” en “We Call Upon the Author”), siendo adaptado por el cine (con los rostros de Ben Gazzara & Matt Dillon & Mickey Rourke), homenajeado por la nueva tv (Californication), adorado por los franceses (Sartre y Genet), estudiado como “el eslabón perdido entre Henry Miller y Raymond Carver”, y celebrado por sus bravuconadas desde un Más Allá que parece quedar a la vuelta de la esquina en el primer bar con el que te cruces.

Que quede claro: Bukowski es peligroso y tóxico y el mejor de los malos ejemplos. Bukowski tiene algo de Donald Trump y de Serge Gainsbourg y reclama para sí la siempre cómoda y resultona pose del idiot savant. Niños, no intenten hacerlo en su casa. Y lo de antes: les deseo que se les pase pronto y que vayan a dar a otras calles más iniciáticas y nobles y épicas como, por ejemplo, las de Los detectives salvajes de Roberto Bolaño. Y desde allí hasta el infinito y más allá.

Mientras tanto la radiación de Bukowski es aún mayor en tiempos en los que el rock se ha institucionalizado y los manuscritos adolescentes de circulación íntima han mutado a blogs y a tuits en los que todos se sienten autorizados a decir y hacer pública cualquier cosa. On Writing es como el antimanual perfecto para todo aspirante a aspirar con instrucciones y dictums del tipo no te preocupes por la gramática, a menudo lo primero que te sale es lo mejor, escribir es como hacer el amor, no hay ideas malas y, ah, confesiones del calibre de “yo continué escribiendo no porque sintiese que era muy bueno sino porque los demás eran tan malos, incluyendo a Shakespeare y todos esos” y apreciaciones del voltaje “Kafka no es interesante porque no aparecen muchas mujeres”.

También, digámoslo, Bukowski admite la feroz superioridad de Céline y de algún otro como John Fante, que es Dios en su panteón. Y, sí, hay ahí dentro mucha pasión pura y auténtica entrega. Y otra ronda para todos. Hank invita.

Se bebe a Bukowski predicando sobre la escritura con la afectuosa resignación con que se escucha a un ex mejor amigo, después de tantos años sin verlo, tan parecido a un Peter Pan arrugado en el medio de una fiesta borracha. Parafraseando al clásico infantil de James Matthew Barrie: “Todos los escritores, menos uno, crecen.”

Bukowski, para bien o para mal, sigue por siempre joven.

Y, aunque no crezca, se agranda.

Y –por suerte para él y para sus herederos– cada vez hay más necesitados de que les aseguren que para escribir no hace mucha falta eso de leer. Con vivir o tuitear alcanza y sobra. ~