El “discurso del fuego” (adios a la verga) | Letras Libres
artículo no publicado

El “discurso del fuego” (adios a la verga)

La última entrega de la serie dedicada a examinar las representaciones del miembro masculino en la literatura, la lexicografía y la historia. 

Hace unas semanas, el retorcido empleo de la palabra verga que cometió un caso patológico con patas llamado #LordMeLaPelas condujo a no pocas teorías y elucubraciones en las redes sociales. En este blog publiqué algunas de carácter más o menos lexicográfico y literario, y con esta me despido. 

En El mono gramático (1970), ese libro de Octavio Paz que es al mismo tiempo un poema en prosa, un diario, una crónica de viaje y un ensayo sobre el deseo y el lenguaje, hay una zona singular que se llama el “discurso del fuego”.

Sucede en un albergue en el camino de Yalta, en la India. Un hombre –que es la voz que dice Yo y cuenta la historia--  y una mujer –que se llama Esplendor y es también una shakti: una cósmica divinidad erótica-- se aman frente al fuego de una chimenea y miran sus grandes sombras proyectadas por las llamas en la pared. Se trata de “una ceremonia insensata” de “juegos y abrazos” que “les infundía simultáneamente miedo y placer”:

Por una parte, el espectáculo los fascinaba y aún alimentaba su lujuria: aquella pareja de gigantes eran ellos mismos; por la otra, al sentimiento de exaltación que los embargaba al verse como imágenes del fuego se aliaba otro de inquietud, revuelto en una pregunta más temerosa que incrédula: ¿eran ellos mismos?

Porque la respuesta laboriosa no excluye, desde luego, la duda sobre si la imagen en el muro es una realidad superior de la que ellos no son, acaso, sino una manifestación fugaz.

Por cierto, este “discurso del fuego”, tema importante en ese periodo de la imaginación erótica de Paz, ya había aparecido en Blanco (1966):

En la versión de El mono gramático, exaltados por el deseo y, por lo mismo, ya como avatares de la sombra y el fuego, los amantes se anudan y desanudan “en su afán por ser un solo cuerpo”; las imágenes reviven en el muro “una trama de símbolos y jeroglíficos”; las “gavillas de enigmas” redactan su escritura de arboledas trenzadas, formas geométricas, tiempo suspendido, humo primordial.

Y bueno, pues uno de los jeroglíficos que tiemblan en el muro es este:

Esplendor se recuesta en la estera y con las dos manos oprime uno contra otro sus pechos hasta juntarlos casi enteramente pero de modo que dejen, abajo, un estrecho canal por el que su compañero, obediente a un gesto de invitación de la muchacha, introduce su verga. El hombre está arrodillado y bajo el arco de sus piernas se extiende el cuerpo de Esplendor, la mitad superior erguida a medias para facilitar las embestidas de su pareja. Tras unos cuantos y enérgicos movimientos de ataque, la verga atraviesa el canal formado por los pechos y reaparece en la zona de sombra de la garganta, muy cerca de la boca de la muchacha. En vano ella pretende acariciar con la lengua la cabeza del miembro: su posición se lo prohíbe. Con un gesto rápido aunque sin violencia el hombre empuja hacia arriba y hacia delante, hace saltar los senos y entre ellos emerge su verga como un nadador que vuelve a la superficie, ahora sí frente a los labios de Esplendor. Ella la humedece con la lengua, la atrae y conduce a la gruta roja…