El Diario de Reyes, un intercambio | Letras Libres
artículo no publicado

El Diario de Reyes, un intercambio

Un intercambio a propósito del texto "El ‘Diario’ de Reyes y sus editores" publicado en nuestra edición de agosto. 

Querido Eduardo, 

Por fin acabé de leer tu crítica del Diario de Alfonso Reyes. Me pareció extraño que dieras una versión incompleta de la gestación de su publicación, pues destacas la unión de seis instituciones que llevaron a cabo el trabajo, pero no mencionas la información bien conocida de que en 1995 Alicia Reyes, directora de la Capilla Alfonsina, llamó a mi padre, José Luis Martínez, para coordinar la edición del Diario. Al hacer una primera lectura de una fotocopia del conjunto, mi padre pudo apreciar su interés y su extensión, por lo que pensó, junto con Alicia Reyes, en conformar un equipo de investigadores reyistas distinguidos, provenientes de varias instituciones, para trabajar en los diferentes periodos. Mi padre haría una introducción general, que finalmente no pudo concluir, debilitado por la enfermedad que se lo llevó. Pero el proyecto prosiguió, bajo la dirección ahora de Alicia Reyes, y se ha publicado ya casi completo el Diario. Esta información no es ninguna novedad, pues la da el texto “Historia del proyecto” antepuesto a cada uno de los tomos publicados del Diario, que además está dedicado en su conjunto a mi padre. Por lo que veo, no te gustó ni el Diario de Reyes, ni su edición, ni el trabajo de los editores. Debo creer, entonces, que omitiste a mi padre de tu narración para no ofenderlo directamente. No sé si te deba agradecer tal deferencia. Como sabes, soy historiador, y nuestra costumbre es poner por encima de todo la verdad. 

Por cierto, concluyes tu artículo diciendo que si la edición de los escritos de Reyes respondiera, como en el caso del Diario, a “necesidades institucionales” (las siempre denostadas instituciones académicas), pronto saldría un libro “con las cosas que garabateó a los doce años”. Otra vez entra mi padre, quien tuvo la idea de publicar una edición facsimilar de los Escritos infantiles de Joaquín García Icazbalceta, que tienen mucho chiste e iluminan la naturaleza del genio de nuestro gran historiador.

En cuanto al Diario de Reyes, sin duda no es su mejor libro, pero esto no le quita validez a su edición ni al trabajo de los editores, pese a que no corresponde a tu criterio de lo que debería ser un diario, debidamente editado, recortado por los editores. Tal como está, leeremos el Diario de Reyes –o más bien, es cierto, lo consultaremos– sus lectores, amigos de “navegar” en la amplia, riquísima y muy legible obra de este gran escritor. Reyes fue, por cierto, de los primeros en usar este término, que retomó mi padre en su Guía para la navegación de Alfonso Reyes, antes de que el término se volviera expresión de una de las riquezas del Internet. Y sí, en esta navegación, a muchos nos interesará averiguar algún dato en torno a la elaboración de algún libro, además de que se pueden documentar en su Diario, mina riquísima de información alfonsina, varios episodios y asuntos interesantes o singulares. Criticas que los editores no hayan recortado del Diario de Reyes una lista del 4 de julio de 1924 de sus compromisos con: la Sociedad de Alumnos de la Escuela de Jurisprudencia; la Federación de Estudiantes; la Unión Juventud Ibero-Americana; la Escuela de Altos Estudios; el Grupo Ariel; la Escuela Preparatoria de Guadalajara. ¿No crees que este mero listado nos ayuda a adentrarnos en la vida cultural mexicana en esos años poco conocidos?

Como historiador, soy amigo de la edición de documentos, si se puede completos, y agradezco si tienen índices de personas y temas y están bien anotados, lo cual crea verdaderas “obras abiertas”, abiertas a diversas lecturas, intereses, averiguaciones, a que el lector vaya construyendo por sí mismo, con sus propias evidencias e inteligencia, su percepción de los hechos del pasado. Para ello son una herramienta fundamental las notas informativas a pie de página, que tienen la ventaja adicional de que los lectores que encuentren referencias que no vieron los editores tendrán la satisfacción de sentirse más eruditos o mejor lectores que ellos, y anotarán sus agregados en los márgenes de sus ejemplares. 

Pero sobre todo, hecha esta gran edición del conjunto de los Diarios de Reyes, que los lectores e historiadores recibimos con gran gusto, se podrán hacer selecciones de acuerdo con las distintas narraciones alfonsinas que quiera construir cada editor. Pero hacer una edición abreviada en lugar de la edición completa, es tanto como condenar al olvido, a la inexistencia, un documento fundamental de lo mejor de nuestra herencia cultural.

Un fuerte abrazo,

Rodrigo.

 

 

Querido Rodrigo,

Agradezco tus comentarios y la oportunidad que me han dado para discutir y ampliar mis puntos respecto al Diario.

En un hilarante cuento aparecido originalmente en The New Yorker (“The Metterling lists”), Woody Allen imagina una editorial que, después de publicar las novelas, las obras de teatro, la correspondencia, los cuadernos de anotaciones y los diarios de cierto autor, termina por publicar sus listas de lavandería: cuántos pañuelos y shorts envía a lavar, cuántas sábanas y fundas de almohada. Lo más gracioso del cuento es que el lector termina convencido de que estas enumeraciones son indispensables para entender la vida y obra del autor en cuestión. ¿La época en que prefería usar calcetines oscuros tendrá que ver con la infelicidad que llegó a su vida después de un bochornoso incidente con Richard y Cósima Wagner? ¿Los 25 pañuelos y cinco shorts que mandaba cada semana serían consecuencia de las sesiones de terapia que tuvo con Freud durante unos años? Lo que Allen satiriza en este relato no es solo la tendencia comercial de publicar todo lo que haya pasado por la mano de un escritor celebrado, sino la capacidad de los especialistas para leer con fascinación cualquier cosa relacionada con él.

Salvando las distancias, da la impresión de que, en numerosos momentos, el Diario de Reyes exige ese tipo de lectores. Lectores eruditos que puedan interpretar un inventario de asociaciones culturales como otros han otorgado sentido a una lista de lavandería. Al identificar el perfil del especialista con el perfil del público en general, el Diario de Reyes corre el peligro de hacer parecer que cada anotación de Reyes era una joya digna de ser considerada, interpretada, preservada y difundida del mismo modo que es necesario considerar, interpretar, preservar y poner a disposición del público El deslinde o La crítica en la edad ateniense.

Al igual que tú, agradezco las ediciones anotadas y el trabajo de fijar un texto, los prólogos bien escritos, el cuidado editorial. Sin embargo, hay momentos del Diario en que el aparato crítico parece estorbar más que ayudar al lector. (Anotación de Reyes del 21 de enero de 1929: “Ante un artículo de Américo Castro en La Nación...”. Nota al pie del editor: “La Nación: vid la nota correspondiente a la entrada del 26 de junio de 1927, en el presente volumen”. Nota a la que remite el pie anterior: “La Nación: prestigioso diario de Buenos Aires, fundado por Bartolomé Mitre en 1870…” ¿De verdad eran necesarias la aclaración y la ruta para llegar a ella?). Como se aprende a menudo en los talleres literarios, que un párrafo necesite demasiadas explicaciones al margen quizás es una buena señal de que hay que suprimirlo.

Sin duda que el material largamente escrito y guardado por Reyes es valioso como documento de la época, como una hoja de ruta para investigadores o como “obligación intelectual”, según ya señaló Christopher Domínguez Michael. Pero reconocer dicho valor no implica automáticamente aceptar que el mejor modo de preservar esta parte de nuestra historia literaria sea como una obra anotada en siete tomos. En su ensayo “Archivos y obras completas”, Gabriel Zaid ha sugerido que ciertos documentos asociados a un escritor deberían estar mejor en una base de datos electrónica para consulta y no aparecer publicados como “obra”, precisamente para hacer justicia a su obra en sí. Pienso que dicho criterio era ideal para este Diario, que bien pudo haber aparecido en dos formatos: una selección más rigurosa como libro y una base electrónica que concentrara la totalidad del documento y las minuciosas aportaciones de los investigadores.

He querido dejar al último mis razones para no mencionar la labor de José Luis Martínez en la edición de este Diario. Me pareció que un libro, que no fue concebido como tal por el autor, es responsabilidad de sus editores, de aquellos que se encargaron del resultado final. Aun cuando José Luis Martínez fue fundamental para llevar a cabo este proyecto, habría sido irresponsable de mi parte atribuir a sus gestiones algunos de los criterios de edición que consideré fallidos. No sé –no estoy en condiciones de saber– qué habría pensado del resultado. Aunque, por supuesto, fue un error mío no haber dejado esto en claro cuando conté la historia del Diario.

Un fuerte abrazo,

Eduardo

 

 

Querido Eduardo,

Sigo pensando que sería triste confinar la edición anotada del extenso Diario de Alfonso Reyes a una base electrónica, proscribir su edición en libros de papel. No niego que las ediciones digitales de textos y documentos del pasado sean un recurso maravilloso, pero hay autores, como Reyes, que, creo yo, no ameritan tal confinamiento, y aun sus apuntes de trabajo cotidianos ameritan ser editados en forma íntegra e impresa (y, claro, también en Internet). Su interés rebasa lo meramente documental porque Reyes fue un ser literario de manera absoluta, y todo en su vida tiene interés literario, y sobre todo, Reyes fue, para decir lo menos, un ser notabilísimo, excepcionalmente dotado para el pensamiento y la escritura, por lo que resulta del mayor interés acercarnos a su proceso de trabajo día a día. Es un placer seguir el pulso de la vida cotidiana literaria de Reyes, y el placer y el provecho son mayores en tomos impresos. Bien sabes, Eduardo, que se lee diferente en libro y en la computadora –los textos electrónicos no se pueden hojear–, y la edición impresa de documentos literarios e históricos es un lujo benéfico de la civilización que la racionalidad editorial neoliberal ha venido acotando, que todo lo quiere corto y vendible. Por lo demás, agrego que no debemos albergar demasiada confianza en la perdurabilidad de la información planetaria en Internet, en este mundo de hackers terroristas, por lo que conviene tener respaldos en papel, libros impresos, de las obras fundamentales de nuestra cultura.

Creo que a mi padre sí le hubiese gustado la edición del Diario de Reyes tal como quedó, y básicamente así la concibió. El modelo de las notas a pie de página fue el de su edición anotada del primer tomo de la correspondencia de Pedro Henríquez Ureña y Reyes (que Adolfo Castañón continuó). Siempre queda la duda en las ediciones anotadas de si las notas fueron insuficientes o excesivas, o ambas. Y hoy en día, que los lectores pueden ir googleando a los personajes, libros y situaciones, muchos podrían considerar anacrónicas las notas, que habrán de ser sustituidas por links. Sin embargo, las notas eruditas bien hechas ayudan a los lectores a emprender sus propios caminos de lectura, investigación e imaginación. Ya ves, yo mismo soy de la vieja escuela.

Te mando un abrazo,

Rodrigo

 

 

Querido Rodrigo,

Aprovecharé la recta final de este intercambio para una última precisión. Es curioso que identifiques la edición digital con el confinamiento cuando decenas de imprentas universitarias han demostrado que existen pocas maneras tan efectivas para condenar al olvido a un autor que publicarlo en papel... y embodegarlo. En un diálogo sobre Reyes recogido en Borges, Bioy y

Borges anotan lo siguiente: 

BIOY:

Parece que Reyes incluye todo en sus obras completas: El correo de Monterrey, el archivo de Alfonso Reyes, los boletines de la Biblioteca Alfonsina, las cartas de amigos y admiradores, poemas escritos en su honor.

BORGES:

¿Habría que felicitarlo por la manera en que busca el olvido? Los estudiosos no tendrán nada que hacer; ya estará todo servido y por demás, ad nauseam. ¿O habrá que felicitarlo porque sabe que solo mostrándose como un ser absurdo se logra la inmortalidad?

Editar todo lo escrito por un autor no es necesariamente una buena forma de preservar su memoria; la publicación excesiva –así lo deja en claro Borges, aunque con sorna– puede lograr el efecto contrario: que terminemos por olvidarnos de él.

Te mando un abrazo,

Eduardo.

 

 


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