El diablo se llama Chucho | Letras Libres
artículo no publicado

El diablo se llama Chucho

Es muy probable que los “chuchos” hayan actuado con torpeza al firmar el Pacto por México y le hayan abierto sin querer una avenida a Morena para capitalizar el descontento con la administración de Peña Nieto.

Muchas discusiones entre izquierdistas revelan una forma perversa de la generosidad; se considera que los adversarios casi nunca comenten errores, por lo que los resultados –en apariencia negativos-  de sus acciones políticas son más bien el fruto de un plan malévolo, inmoral, “traidor”, etcétera, pero siempre bien ejecutado. Desde Morena parece pensarse que los “chuchos”, la corriente hegemónica del PRD dirigida por Jesús Ortega, tienen un discernimiento político infalible; nunca dan pasos en falso ni juzgan mal una coyuntura, tan solo “traicionan”, se “venden” o “cochupan”, pero siempre firmemente en control de sus actos y sus consecuencias.

Hace poco más de un año le dije a un amigo lopezobradorista que entendía perfectamente la lógica de los “chuchos” al firmar el Pacto por México y que esa lógica en sí misma no me parecía condenable moralmente, pero sí creía que era una jugada muy riesgosa que podía resultarles contraproducente. Por respuesta recibí una encendida diatriba sobre la “traición” de los “chuchos” por su “legitimación” del gobierno entrante de Enrique Peña Nieto. Sin embargo, no se necesita ser un observador muy agudo ni tampoco un eterno malpensado para entender el “pactismo”  de los “chuchos” en este sexenio; basta con unos cuantos datos obvios. Electoralmente hablando, la estrategia de confrontación total y desconocimiento del gobierno, seguida por López Obrador en la primera mitad del sexenio de Calderón, fue un desastre para la izquierda en su conjunto. Por ejemplo, en la Cámara de Diputados, los partidos de la Coalición por el Bien de Todos -luego Frente Amplio Progresista- perdieron casi la mitad de su fracción parlamentaria de 2006 a 2009 (de 157 a 89 curules). Peor aún, el partido que terminó como tercera fuerza política en 2006 tuvo un crecimiento espectacular en el mismo periodo, aprovechando la enorme debilidad política del gobierno panista y la falta de acción parlamentaria de la segunda fuerza política, y desde esa recuperación se catapultó a de vuelta a la presidencia tres años después.

Los “chuchos” aprendieron la lección y decidieron no cederle el terreno al maltrecho PAN como interlocutor privilegiado del gobierno, como el lopezobradorismo le permitió al PRI 6 años antes. Su participación en el Pacto por México es el reconocimiento de la realidad indisputable de la presidencia de Peña Nieto y un intento por rescatar lo poco rescatable -una forma fiscal a grandes rasgos progresiva, algunos pasos tímidos para abrir el marcado de las telecomunicaciones-, con la plena conciencia de que la joya de la corona, la reforma energética, estaba prácticamente amarrada entre priístas y panistas. El cálculo es muy simple: si, como todo mundo esperaba, el país iniciaba una recuperación económica, los “chuchos” podrían reclamar parte del crédito; y si no, bien podrían lavarse las manos porque obviamente no están al mando de la implementación de las políticas derivadas de las reformas. En otras palabras, un despliegue de pragmatismo.

Estrictamente hablando, aún no sabemos si la táctica de los “chuchos” fue acertada o no. La caída en picada de la popularidad de Peña Nieto amenaza con llevarse consigo a los pactantes (aunque hayan abandonado el pacto eventualmente), sobre todo porque una parte de la derecha empresarial insiste en endosarle la cuenta del magro crecimiento económico a la reforma fiscal, cuyo diseño básico es iniciativa del PRD. Es muy probable que los “chuchos” se hayan apresurado a subirse al tren presidencial y terminen pagando el costo electoralmente. En cuyo caso, en Morena deben estar poniendo el champán a enfriar.

Sin embargo, en nuestro debate público dominado por la estridencia, lo que se observa no es tanto esa valoración táctica, sino la enésima reiteración del discurso de los “chuchos traidores” y “cómplices” de la venta del país. Si el lector o la lectora tiene un poco más de tres horas que invertir en el ejercicio, puede seguir aquí un debate entre el diputado federal Fernando Belaunzarán, “chucho” confeso, y Pedro Salmerón, dirigente de Morena, sobre la participación del PRD en el Pacto por México. Mientras que Belaunzarán argumenta sobre los detalles de las reformas y precisa qué apoyó el PRD y qué no (y Salmerón contraargumenta inteligentemente en el mismo plano de debate), la inmensa mayoría del público asistente persiste en los términos absolutos (“traición”, “vendidos”, etcétera) para calificar la actuación del PRD en las reformas del presente sexenio, sin entrar realmente en la materia de la discusión. Es un diálogo de sordos porque se discute bajo lógicas distintas.

Los dirigentes del PRD son parte integral de la sociedad política mexicana, como lo son también los de Morena. La diferencia es que los “chuchos” lo asumen plenamente. Ellos habitan el espacio de la normalidad política, el de los cambios a cuentagotas, las críticas que nunca se transforman en desconocimiento de las instituciones y la responsabilidad compartida. Su “pecado” es que lo proclaman a los cuatro vientos y la aceptación absoluta de su condición exhibe las contradicciones de la izquierda en la acera de enfrente, la cual hace malabares discursivos que no terminan de explicar por qué participan dentro de las instituciones de la muy imperfecta democracia electoral mexicana sin aceptar la lógica política que le es consustancial: el reconocimiento de la legitimidad de todos los contendientes y la necesidad de acordar con ellos.

La satanización de los “chuchos” entre dirigentes y militantes de Morena es una es una forma de evitar una toma de postura clara y congruente sobre los alcances y límites de la participación electoral en México, así como la relación entre movilización y búsqueda de acuerdos con los gobiernos en funciones. Al concentrar todos los males de la izquierda electoral en una de sus expresiones se busca obtener un bono moral para la otra, aunque ello obligue a los denunciantes a embarcarse en un juego orwelliano en el que acciones equivalentes –negociaciones con adversarios, retiradas tácticas, apoyos coyunturales (¿se acuerdan de Juan Sabines?)- tienen significados opuestos dependiendo de quién las realice.

Es muy probable que los “chuchos” hayan actuado con torpeza al firmar el Pacto por México y le hayan abierto sin querer una avenida a Morena para capitalizar el descontento con la administración de Peña Nieto. La pregunta que me queda es si Morena podrá aprovecharla insistiendo en la “traición” de aquéllos, porque el problema de insistir en que el otro es el “malo” es que a uno le pueden demostrar la doble moral.