El detective y la muerte | Letras Libres
artículo no publicado

El detective y la muerte



Ha nacido en uno de los barrios más pobres de Madrid, Las Injurias. Pobre de mierda hasta las rodillas. Pobre de hambre permanente. Pobre de entender que haya gente que quiera reventar la realidad. Ha conseguido escapar. Es camarero. Criado de nobles. En las primeras fotografías de adulto se puede ver que tiene vocación de dandi. Lleva sombrero de ala. No es guapo, ni mucho menos, pero gusta a las mujeres. Es en París donde comete su primer delito conocido: estafa a una de sus amantes para largarse con su verdadero amor. Ella también es española y ha vivido en la mugre de los barrios de inmigrantes: si la mierda no llega hasta las rodillas es por poco. Es expulsado de Francia, aunque volverá siempre que quiera. Volverá a arengar en los mítines, que también son bailes y cuplés.

En los cafés de Barcelona abraza la fe anarquista y se convierte en uno de sus predicadores. No tiene mucha imaginación, pero sin duda cree y consigue insuflar la fe. En la calle y en la cárcel se labra una reputación. Es un hueso duro. Ha salido de la misma mierda. Vuelve a Madrid como jefe anarquista, en la órbita de los Ascaso, los primos Joaquín y Francisco: se dedica a los atracos. Dinero para una revolución que no puede esperar más. Roba, roba y roba. Aparece mucho en los periódicos, un tipo peligroso que resulta atractivo también para la prensa: un bandolero que roba a los ricos para dárselo a los pobres. Aunque los pobres no son exactamente los pobres sino el sindicato revolucionario anarquista.

La policía está desesperada. Le conocen como “Doctor Muñiz”. Muchas veces detienen a sus compinches, pero él se escabulle. La República no puede soportar el caos. Su detención es un gran éxito policial. La amnistía tras la victoria del Frente Popular le pone de nuevo en la calle. Es un héroe anarquista y enseguida asume responsabilidades en el sindicato. Cuando meses más tarde se produce la sublevación franquista y empieza la guerra, se convierte en uno de los ejecutores de la “inteligencia” anarquista. Madrid no ha caído, pero no hay un mando único republicano. Los anarquistas creen que ha llegado el momento de hacer la revolución. Sí, en mitad de la guerra, ¿cuándo si no? Su cuartel general es la checa del cinema Europa. Vuelve a la cárcel, esta vez como mando, y organiza una matanza: conoce la cárcel palmo a palmo y consigue camuflar su acción para que parezca un accidente. Mata, mata y mata.

La incorporación de la CNT al gobierno hace que modere sus ejecuciones. Vive con su madre en un piso del ensanche madrileño. Al acabar la guerra intenta escapar, pero no tiene suerte. En los campos de detención del Levante, aunque ha tratado de borrar sus huellas, es entregado por alguien que le conoce e intenta salvar su pellejo.

De nuevo en la cárcel. Se ha curtido en ellas pero no aguanta los interrogatorios franquistas: su cuerpo está muy castigado, desde hace tiempo, por la enfermedad. Delata a muchos de sus compañeros. Sabemos que los ha delatado porque escribe una confesión. Conocemos sus crímenes porque los ha contado con su ortografía caótica y con su letra asilvestrada. Sus compañeros le juzgan a gritos en la cárcel y le condenan: traidor, traidor y traidor. Se suicida. Se llamaba Felipe Sandoval.

Carlos García-Alix (León, 1957) cuenta su historia en su primera película, El honor de Las Injurias, que consiguió un premio en el Festival de Valladolid. No sé si tendrá distribución en salas. No sé si tendrás que esperar a verla por televisión, casualmente. Cuando veo la película, en un piso, con un aire de clandestinidad, todavía no se sabe qué sucederá con ella. Me resulta extraño tener que escribir con esta incertidumbre de una película tan buena.

Carlos García-Alix es pintor y está obsesionado, o quizá poseído, por el Madrid de la Guerra Civil. Le ha dedicado un libro apasionante, Madrid-Moscú (Taric), y muchos cuadros, como los que expuso con el título Madridgrado. Hablando de Madrid-Moscú con Ignacio Amestoy, Carlos García-Alix se definió como “detective” más que como “arqueólogo”. También dijo: “no podemos recordar lo no vivido..., lo que hago es imaginarlo”. También dijo que “sí, soy un pintor. Y me interesa poner cara a la historia. No me basta con un dato, quiero ver los rostros. Y darles mi luz, mi color y mi forma”. Todas esas afirmaciones sirven para definir su primera película.

El color de El honor de Las Injurias es el blanco y negro. La forma es el documental. Carlos García-Alix cuenta con su propia voz su investigación sobre Felipe Sandoval, sí, como el informe de un detective. Esto es lo que he llegado a averiguar: nació aquí, hizo esto, estuvo allí, vio a tal. Diez años de rastreo: archivos, libros, entrevistas, fotografías, películas, bibliotecas, viajes... La película no es moral, allá cada cual con lo que entienda, pero es conmovedora. Y brutal. Y verdadera. Se me encoge el estómago viéndola. ~