El danés errante: desterrados y reaccionarios | Letras Libres
artículo no publicado

El danés errante: desterrados y reaccionarios

Georg Brandes, el danés errante (7 de 9)

La verdadera Francia de Brandes, la memorable, estaba en su bibliografía, en la entrega primera y tercera de su historia de la literatura, Una literatura de emigrados y La reacción en Francia, aparecidos entre 1872 y 1876. La vida de Brandes no es dramática y es, como sus opiniones, un desarrollo sinfónico consecuente, a ratos irónico y hasta sonoro. Pero como las sinfonías de Nielsen, su paisano y contemporáneo, a Brandes le cuesta encantar. Junto a los gigantes de su tiempo (Nietzsche, Ibsen, Strindberg), el crítico siempre aparece como una comparsa. Pero frente a los grandes del pasado se igualaba, como si aquel fuera su verdadero mundo, el mundo de sus iguales.

Con Una literatura de emigrantes, el primer tomo de Las grandes corrientes de la literatura del siglo XIX, Brandes ordenó de una manera novedosa la historia literaria de Europa, le dio valor a lo que no lo tenía y trazó un camino que otros siguieron, sin darle su lugar al crítico, convertido, como es frecuente en casos como el suyo, en un autor de referencia, crecientemente anónimo, parte, al final, de ese dominio público en el que se acaban por contar las ideas y su historia.[1]

Brandes rescató, como corazón de su libro, a una escritora entonces medio olvidada y que hoy sólo importa a los especialistas y al partido de los muy curiosos: Madame de Staël (1766–1817), nacida Germaine Necker, hija del ministro de finanzas de Luis XVI, nació en París en 1766. Casada a los veinte años con el barón de Staël–Holstein, Germaine, habiendo acompañado a su padre a la sesión inaugural de los Estados Generales que desencadenaron la Revolución Francesa, será ella misma el eslabón perdido entre los siglos XVIII y XIX, entre la Ilustración y el romanticismo. Republicana girondina y antiterrorista, autora de novelas cosmopolitas, turísticas y sentimentales que hicieron época (Delfina en 1802 y Corina en 1807) y precursora feminista, a Madame de Staël, se debe la acepción moderna del término “literatura” que antes de De la littérature considérée dans ses raports avec les institutions sociales (1800) ni se usaba ni se entendía como se entendió a partir de entonces, es decir, como el conjunto de las obras, históricas o ficticias, en verso y en prosa, noveladas o dramáticas, que expresan a la condición humana en general y al ser nacional de cada raza o nación en particular.

Expulsada de París en 1799 y arrojada al destierro mientras gobernó Napoleón, el tirano al que decidió aborrecer una vez que no pudo seducirlo, Madame de Staël fundó, con un solo libro, al romanticismo francés y a la literatura alemana, con De Alemania (1813). Pero antes de que Brandes lo dijera en Una literatura de emigrantes, a Madame de Staël se le tenía por un personaje de reparto, una mujer de salón cuya obra, si acaso interesante pero sin duda menor, había quedado eclipsada por su talento político, por su duelo con el emperador o por sus amores con Benjamin Constant, su cómplice y su socio, con quien estableció uno de esos romances en los cuales nunca acaba de averiguarse quién es el que ama y quién es el que se deja amar.

Madame de Staël, que le daba vueltas al París imperial, según la expresión del crítico, como una polilla a la luz, fue la madre vagabunda, un tanto desnaturalizada, del romanticismo. Lo fue por prohijar el Adolfo (1816), la novelita del voluble Constant, por haber secuestrado al filósofo August Schlegel para que fuese preceptor de sus hijos y por preguntarse qué demonios era lo francés y lo alemán y en qué medida continuaban y traicionaban a lo griego, lo universal. Roma misma, en Corina o la Italia, aparece por primera vez en la literatura moderna como un panorama a recorrerse a pie, en el que se puede turistear y ver el trabajo entero de la civilización europea, trabajo entero en forma de ruina. Junto a Madame de Staël, Brandes colocó al otro gran emigrado, al católico Chateaubriand, escritor que se había pasado la segunda mitad del XIX en el purgatorio, considerado como un genio (o un mal genio) romántico exclusivamente francés por su dimensión europea, propia y antitéticamente napoleónica.

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[1]La edición española de Las grandes corrientes de la literatura del siglo XIX, (Editorial Americalee, Buenos Aires, 1946) consta de dos volúmenes, traducidos por V.Orobon Fernández, S.M. Neischlosz, Angela Romero y Marta Sabatan. El primero incluye tres libros (I. Una literatura de desterrados, II. La escuela romántica en Alemania, III. La reacción en Francia, IV. El naturalismo en Inglaterra) y el segundo otros dos (V. La escuela romántica en Francia, VI. La joven Alemania).