El danés errante: Anticuados y modernos | Letras Libres
artículo no publicado

El danés errante: Anticuados y modernos

Georg Brandes, el danés errante (5 de 9)

Lo anticuado es lo que suponemos listo para el olvido, mientras que de lo antiguo esperamos la emanación de la sabiduría, lo ejemplar. Brandes es la clase de personaje que siempre parece como pasado de moda: se le impone el sello de lo anticuado por encima de la pátina de lo antiguo. Pero en su día, un largo día de treinta años, fue tenido por ser un pensador modernísimo. En 1883, al publicar Los hombres de la ruptura moderna, Brandes era el profeta de lo moderno en Escandinavia, opinión que se volvió internacional al transformarse en el bautista de Nietzsche, a fines de esa década. Pero no es del todo eficaz la comparación que hace Pascale Casanova en La república mundial de las letras, entre el peso de Brandes con el de Rubén Darío en América Latina. A diferencia del poeta nicaragüense, que no era, además, un hombre de ideas, Brandes fue reconocido fuera de Dinamarca y admirado como el desinteresado apóstol que salía de su pequeño país para predicar por el ancho mundo valores universales. Si Darío hubiese sido reconocido, para empezar, por Unamuno en Madrid, su proyección se parecería a la del otro “modernista”, el danés.

Con su tesis doctoral sobre el esteticismo francés bajo el brazo, Brandes fue recibido en París, a principios del verano de 1870, por Taine (1828–1893). A ese encuentro siguieron otros pocos, que convirtieron al crítico danés en un visitante querido y sobre todo, dieron pie a una correspondencia cordial y detallada, que sin ser íntima, se prolongó hasta poco antes de la muerte del francés. Ser recibido por Taine como lo fue Brandes equivalía a entrar, un siglo después, en el seminario de Roland Barthes.

Taine era el maître à penser, el inventor de un sistema que estaba en trance de resolver el añejo misterio de las relaciones entre el arte y el tiempo, con aquella fórmula tenida por fácil, la de raza, medio y momento. El imperio de Taine fue absoluto y como se lee en cualquier enciclopedia, su influencia fue, al mismo tiempo y por primera vez en la historia de la literatura, universitaria y periodística. El naturalismo pasó por ser invención suya. La ingenuidad de sus dogmas pudo más que su fe en la ciencia, tan criticada y tan secretamente compartida por los herederos de ese estructuralista avant la lettre que fue. Casi sin excepción todos los críticos, sobre todo los que hacemos historia literaria y nos vemos forzados a pensar la literatura en el afluente de la vida social, provenimos, dígase lo que diga y desde hace siglo y medio, de él. Pero a nadie le gusta ni le interesa reconocer que Taine, habiendo impuesto hábitos académicos que nunca se han abandonado, liberó a la crítica de la creencia de que las pinturas, las novelas o los poemas caían del cielo como meteoros. Es el padre ausente: se prefiere al abuelo Sainte–Beuve, que no huele a catedrático (aunque también lo fue) y que es el antiguo, antes que el anticuado, por definición.

Un año después de su primera visita, Brandes se encontrará a Taine amargado por la derrota contra los prusianos y por el desenlace calamitosa de la Comuna de París, acontecimientos que harán girar el sentido de su magisterio y lo impelerán a dedicar los siguientes años a la escritura de Los orígenes de la Francia contemporánea (1875–1893), la biblia conservadora de un agnóstico que pidió funerales protestantes. Brandes fue no sólo menos complejo que su maestro francés sino menos moderno aunque se definiese como “radical y aristocrático”. “Muy científico” en la cúspide de su fama y “escasamente científico” cuando cayó en desgracia tras toparse con los bergsonianos en los años veinte del siguiente siglo, Taine quedó en el lugar del gran anticuado y Brandes, el discípulo disidente, hubo de compartir su suerte.

Se queja Taine con Brandes de que los prusianos saquearon su propiedad en Châtenay y que algunos de sus libros sirvieron para alumbrar la pipa de un “fährich philosophe” y en la correspondencia que seguirá a ese segunda y última entrevista, le dará a Brandes, en plena redacción de Las grandes corrientes de la literatura en el siglo XIX, información novedosa y fértil sobre la influencia de Alemania en Francia, por ejemplo. Los franceses, le decía Taine a Brandes en una carta de diciembre de 1872, sólo empezaron a leer alemán muy recientemente, gracias al poeta Heine, el alemán de París y al sabio Renan. Antes de ellos sólo Nerval sabía buen alemán como para traducir una parte del Fausto, como lo hizo. Joseph de Maistre y Alexis de Tocqueville, remataba Taine, habían conocido tarde la filosofía alemana, cuando ya su visión del mundo estaba establecida.(1)

Taine compartió con Brandes las claves de la disposición panorámica de su obra, el impulso omnicomprensivo y sistemático que hará de Las grandes corrientes..., inspirada en la Historia de la literatura inglesa (1864), una obra paralela a la visión histórica de Taine. Pero Brandes no fue jamás servil a Taine y se jactaba de haber discrepado en público y en privado de su doctrina. El artista, insistía al urgar en la herida más profunda de Taine, no puede estar subordinado al medio y a la raza pues por encima de ese determinismo opera la libertad del genio. Esa idea romántica quedará confirmada, en Brandes, con el descubrimiento del superhombre nietzscheano.

A cambio de las enseñanzas de Taine, Brandes, que como buen escandinavo se consideraba poseedor de la llave secreta del tesoro germánico, dijo que su maestro ignoraba, de Alemania, las bellas letras. John Stuart Mill le presumió a Brandes no conocer a Hegel más que indirectamente y le preguntó si creía que, al perseverar en su ignorancia, se perdería de gran cosa en términos de metafísica. Taine, a su vez, le trasmitió al danés la curiosidad por el mundo anglosajón: no debe olvidarse lo innovadora que fue, escrita por un francés, una historia de la literatura inglesa.

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(1)George Brandes, Correspondance, I. La France et l´Italie, lettres choies et annotées par Paul Krüger, Det Danske Sprog– og Litteraturselskab/Rosenkilde og Bagger, Copenhague, 1952, p. 11.

(Una versión anterior de esta serie se ha venido publicando en el suplemento El Ángel de Reforma a partir de febrero de 2008)