El circo reaccionario | Letras Libres
artículo no publicado

El circo reaccionario

La disyuntiva para los candidatos del llamado establishment republicano es resignarse a ver a sus pocos candidatos viables es diluirse en la marea retrógrada o arrebatar el proceso de las manos del Tea Party y sus aliados.

Hace casi 170 años, Alexis de Tocqueville señalaba con precisión una de las características de la sociedad estadounidenses que más ha perdurado a través de los años. En una nación democrática e igualitaria, la formación de la opinión pública procede del sentido común inmediato de los ciudadanos, lo que resulta en una serie de opiniones generalizadas y relativamente superficiales, así como la ausencia de una aristocracia intelectual con autoridad indisputable para opinar y ser escuchada. En nuestros días, hablar de igualdad social en Estados Unidos es una burla cruel, y la democracia sucumbe bajo el peso de las chequeras de Wall Street; sin embargo, persiste el respeto atávico a la opinión del "ciudadano común", a la idea de que todo comentario merece ser escuchado y la representación de esa opinión pública es la razón de ser de todo político.

El lector bien armado con el arsenal chomskyano podrá insertar aquí la descripción del poder mediático que primero genera o induce una opinión pública y luego, de la mano de los beneficiarios del statu quo, la entrona como vox populi a que pretende servir. Estamos de acuerdo, pero ese mecanismo de inducción no podría funcionar sin la enorme legitimidad que se concede a priori a la opinión popular.

Los debates presidenciales en Estados Unidos son un termómetro fiel de las opiniones, prejuicios y pasiones que atraviesan a las constituencies de los dos partidos. El problema que han enfrentado los republicanos desde 2008, es que sus precandidatos presidenciales han hecho eco de la facción más vociferante, pero menos atractiva de su coalición interna. El demos que los republicanos pretenden representar en la esfera pública es una especie en vías de extinción. Una minoría blanca aterrada por las transformaciones que tienen lugar en el país: el vertiginoso cambio demográfico que ha llegado hasta los páramos de Alaska, la normalización de modos de vida antes marginales, y el reconocimiento de la pérdida de hegemonía imperial.

Ese sector de la población estadounidense, arrinconado por el mero devenir histórico, se resiste a irse sin dar la batalla y un día se envuelve en la bandera confederada, al día siguiente protesta frente a una boda gay y luego se organiza para detener un convoy de niños migrantes a los que se intenta reubicar en condiciones más humanas. Su distancia con respecto al mainstream de la sociedad crece cada día y sin embargo, gracias a la enorme apertura de la opinión pública, no deja de tener visibilidad.

El libro de texto de las elecciones primarias en Estados Unidos indica que los candidatos deben asegurar el entusiasmo de la "base" antes de lanzarse a la conquista del centro, los independientes, indecisos, la franja apolítica. El primer debate de la temporada electoral republicana fue un acto enteramente dedicado a esa parte de la "base" organizada en la barrabrava ultraconservadora: transmitido por los voceros oficiosos de Fox News y presentado en formato de pelea de box, con cortes a comerciales, comentaristas a media transmisión, y "moderadores" que alentaban los jabs yuppercuts.

Si en los dos últimos ciclos presidenciales ha quedado claro que el animado concurso entre los republicanos por presentarse como el más reaccionario no hace sino atemorizar al centro del espectro político, en el preludio al primer debate republicano lo que primó fue la sorna, las especulaciones sobre qué nueva bufonada nos iba a regalar Donald Trump, la anticipación del sinsentido convertido en la sustancia de los drinking games. Los candidatos y sus huestes ya no preocupan ni alejan a esa franja de votantes indispensables para ganar una elección; ahora entretienen, son un show incluso apolítico, así de irrelevante es el contenido de su discusión. Y en este escenario, el ganador indiscutible siempre será el millonario neoyorquino.

El gran peligro para los candidatos del llamado establishment republicano es que, de continuar el circo de Trump, aderezado con las invocaciones puritanas de Ted Cruz, Rick Santorum y Mike Huckabee, aquéllos estarán jugando en terrenos pantanosos: no convencen a la base de la beligerancia de su ultraderechismo y se ponen en una situación muy difícil para reposicionarse hacia el centro en la elección general. 

La disyuntiva republicana es entonces resignarse a ver a sus pocos candidatos viables (Jeb Bush, Scott Walker y quizá Marco Rubio) diluirse en la marea retrógrada o arrebatar el proceso de las manos del Tea Party y sus aliados, para perfilar una alternativa a las políticas del gobierno democrática, cuya joya de la corona, Obamacare, empieza a gozar de una amplia popularidad una vez superado el desastroso inicio.

Los republicanos siempre han sabido pintar a los demócratas como esas aristocracias intelectuales a las que Tocqueville no concedía lugar en Estados Unidos. No sería muy sorprendente que los demócratas les volvieran a ofrecer ese flanco si bajan la guardia frente a la autocomplacencia. Pero mientras ello ocurre, seguiremos entreteniéndonos con la pasarela de extremistas ante su audiencia aldeana blandiendo horquetas contra inmigrantes, mujeres, afroamericanos, gays y todos los que no caben en su país que no existe más.