El cine, arte de fantasmas | Letras Libres
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El cine, arte de fantasmas

Los fotogramas en la pantalla son, evocando a Quevedo, "presentes sucesiones de difunto". 

En el elevador de un hotel de Hollywood o de New York una señora  parpadea mirando extrañada a un señor aún apuesto pero ya de pelo cano y de rostro añoso: un famoso has-been, y  de sopetón la señora, ¿inocente o desalmada?, le pregunta:

—Disculpe, caballero, ¿usted era David Niven?

Niven, que, como buen comediante, no carecía de sentido del humor, narra el suceso en su autobiografía, pues comprendió que para aquella cinéfila señora el visual fantasma de Niven, el de las pantallas, era más real que el actor Niven aún vivo y realmente existente.

Entonces el poeta León Felipe susurra un versículo en el que dice evocando al también poeta Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita:

“Porque, señor Arcipreste, no somos más que una larga historia de fantasmas…” 

Pero si la Historia y su extensión, la Leyenda (a veces menos fantasmagórica que la Historia), están sobrepobladas de fantasmas, en cambio no existen fantasmas visibles anteriores al final del siglo XIX, en el cual comenzaron la industria  y el comercio de fantasmas. En el año 1895 hizo su presentación formal le cinématographe, y gracias a él podemos ver ahora virtualmente vivos a los obreros de la fábrica de productos fotográficos Lumière que salen de su trabajo, y hasta a un impertinente perro que circula entre ellos. Todos esos hombres y mujeres y ese perro de hace más de un siglo ya han muerto, pero siguen viviendo en cuanto la película se proyecta. Entonces no le faltaría razón al niño alarmante que, motivando un baudelairiano “estremecimiento nuevo” en el poeta Max Jacob, explicaba el secreto industrial del cine:

“El cine se hace con muertos. Pones a unos muertos, los echas a andar… y eso es el cine.”

Y sí: los sucesivos fotogramas que componen la película son “presentes sucesiones de difunto” (Quevedo dixit) y producen ectoplasmas humanos con vocación de eternidad.

El cine ha seguido emitiendo fantasmas vivos. En las pantallas perdura una Greta Garbo virtual, mientras la Greta Garbo de carne y hueso ya hace décadas que murió. En sus años terminales, para evitar comparaciones con su anterior imagen cinematográfica, Greta se escondía tras gafas oscuras y bajo sombreros alones, pero podía ir a verse en la pantalla de una cineteca, usando así de un milagroso privilegio del que no gozó ninguna persona de todos los siglos anteriores al cine: encontrarse consigo misma en un cruce de tiempos. Pero Garbo entonces contemplaba a otra Garbo, pues las dos Gretas que se enfrentaban eran dos seres muy distintos: la Greta mortal y la Greta perdurable, por lo menos mientras el cine perdure en el celuloide, en el videodisco o en cualquier otro soporte.

El cine necesita el fantasma así como el fantasma requiere la evanescencia de la presencia carnal, o de un momento de esa presencia, y propone siempre el tema de la muerte y la vida virtual. El cine frecuenta la muerte para lograr intensidades de vida, Pocas escenas me habrán conmovido tanto como aquella de un film prodigioso de Ernst Lubitsch, Heaven can wait, en que una mujer, Gene Tierney, baila un vals con su esposo Don Ameche y la vemos bella y adorable mientras la voz off narrativa nos informa de su muy próxima muerte, pero ese momento feliz fluye entre las imágenes de una de las películas a la vez más bellas y melancólicas; o como la íntima, cálida, lírica escena de Letter from an unknown woman, de Ophuls, en que Joan Fontaine vive su única felicidad en la noche del Prater de Viena con Louis Jourdain, mientras sentimos  que ya la muerte acecha, pues desde el comienzo de la película se sabe que esa historia ocurre en la memoria de una moribunda, pero esa feliz noche da una luz interior lo largo de una de las más tristes, más bellas historias puestas en cine.

La fantasmalidad del cine niega a la linealidad y la irreversibilidad del tiempo, crea su tiempo propio. Como la música, como la poesía, como el amor, invita a una mayor intensidad de vida. Recuerdo aquel dicho de un famoso o una famosa (del cine) con el que Emilio García Riera tituló un gozable libro suyo:

El cine es mejor que la vida.

Yo no me atrevería a decir tanto. Diría que al menos la vida es mejor con el cine.

 

 


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