El Chapo y nuestra profunda crisis simbólica | Letras Libres
artículo no publicado

El Chapo y nuestra profunda crisis simbólica

Mañana se cumplen dos meses de la fuga de El Chapo y, mientras todas las líneas de investigación siguen (y amenazan con seguir) abiertas, su figura se consolida como la de un héroe local. 

Todos los gobiernos, de todos los países, quieren dar una imagen progresista y moderna de sus habitantes, pero la gente de a pie sabe que entre los callejones y barrios marginados de la ciudad hay individuos, quizá menos progresistas y menos modernos, que también nos representan. Frente al dandy está el peladito, frente al catrín el ranchero, figuras que se crean gracias a estructuras sociales pero también a sedimentos del tiempo.

En el caso de México, Serge Gruzinski, ha demostrado que nuestro país es un gran consumidor de imágenes, muchas de ellas incluso se “anticipan en el campo visual a las evoluciones que aun no han dado lugar a elaboraciones conceptuales o discursivas”[1]. Para Gruzinski, Televisa fue un poderoso surtidor de imágenes colectivas cuyo dominio “iguala y sobrepasa al de la gran época barroca. El dispositivo instrumentado por Televisa rompe con la dependencia europea e irradia sobre un espacio que supera con mucho el antiguo territorio de la Nueva España”[2]. Superado por la realidad mexicana, el libro de Gruzinski no contempla —por haber sido publicado en 1994 (a pesar de la pretensión de su título de llegar hasta el 2019, fecha en la que ocurre la historia de Blade Runner)— los nuevos fenómenos del narcotráfico y sus “héroes” como Jesús Malverde o la Santa Muerte. 

¿Qué imagen o grupo de imágenes nuevas podrían dar una cohesión social a los mexicanos? Según una encuestareciente, el presidente Enrique Peña Nieto se encuentra en su nivel “más bajo de aprobación a su trabajo”, esto se traduce en una desconfianza hacia el poder Ejecutivo que lo inhabilita como generador de  símbolos que puedan convertirse en “nacionales”. Por su parte, la creciente oferta de noticias y entretenimiento que hoy nos llega a través de múltiples plataformas digitales complica que un nuevo Jacobo Zabludovsky o un nuevo el Chavo del ocho se erijan como emblemas de identidad nacional símbolos. Esa misma fuerza centrípeta, sumada a la posibilidad de ver en directo conferencias de docenas de académicos a lo ancho del globo hace que nuestros intelectuales no tengan el arrastre nacional que gozaron en su día Octavio Paz, Carlos Fuentes o Carlos Monsiváis.

Este vacío de imágenes nacionales que deja a los Estados en un limbo de indefensión cultural permite que se cuelen ideas perversas, como la que hemos presenciado estas semanas ante el irresistible ascenso del narcotraficante Joaquín “El Chapo” Guzmán a héroe local. Un hombre que escapó de una cárcel de máxima seguridad donde fue confinado debido a diversos crímenes se convierte, al escapar y dejar en ridículo al sistema político mexicano, en un símbolo de todos aquellos que están contra el sistema y consiguen evadirlo, burlarlo; si el presidente no tiene nuestra aprobación, entonces por una ecuación terrible, algunos ciudadanos comienzan a creer que todo aquel que desafía el orden social y político, si este orden es considerado corrupto, se convierta automáticamente en héroe.

Lo verdaderamente interesante del affaire Chapo no es que se convierta en héroe o no (se trata en todo caso de algo temporal, hasta el advenimiento del nuevo héroe o villano mediático), sino que revela nuestra profunda crisis simbólica. El verdadero vacío de poder no solo reside en los fracasos políticos o administrativos, en los vaivenes económicos o las desgracias sociales, sino en el deslavado papel que han jugado –instituciones y ciudadanos– para ofrecer una figura, un símbolo que nos permita a los mexicanos reconciliarnos con nosotros mismos.



[1]Gruzinski Serge, La guerra de las imágenes. De Cristóbal Colón a “Blade Runner” (1492-2019), México, FCE, 1994

[2] Ibid