El caso Tommouhi y Mounib | Letras Libres
artículo no publicado

El caso Tommouhi y Mounib

Justicia poética. El caso de dos condenados por la cara (Seix Barral, 2010) cuenta, en resumen, la siguiente historia: en otoño de 1991, tras una oleada de asaltos y violaciones en distintas poblaciones de Cataluña, varias víctimas y testigos señalaron a Ahmed Tommouhi y Abderrazak Mounib, ambos marroquíes, como los autores de los crímenes. Basándose casi exclusivamente en esos testimonios, sin contrastarlos con los hechos ni llamar a más testigos que hubiesen podido confirmar su declaración de inocencia, la justicia los procesó y condenó a prisión. Cuatro años después, en 1995, tras una segunda serie de violaciones, fue detenido Antonio García Carbonell, un gitano español con cierto parecido físico con Tommouhi. Fue entonces cuando el guardia civil Reyes Benítez, que había estado en las dos detenciones, ató cabos y empezó a creer que Tommouhi y Mounib eran de verdad inocentes. Pruebas de ADN y otras demostraron que, en efecto, García Carbonell era, junto con un pariente nunca identificado, uno de los criminales de la segunda oleada y, por tanto, seguramente también de la primera. Sin embargo, pese a que todo indicaba que con los marroquíes se había cometido un error, ambos permanecieron en prisión. Mounib murió en su celda en 2000. Tommouhi, tras rechazar varias veces la libertad condicional aduciendo que él era inocente y que lo que pedía era la revisión y anulación de su caso, la acabó aceptando en 2006. Por fin, en 2009, cumplió su condena.

El autor de Justicia poética es el periodista Braulio García Jaén (Cádiz, 1978), quien ha dedicado más de tres años a investigar y reconstruir los detalles de la historia. Leyendo su libro, uno se pregunta por qué los jueces, fiscales, abogados y periodistas que juzgaron injustamente a los dos marroquíes no fueron ca
paces de investigar dieciséis años antes.

 

¿Cómo defines Justicia poética?

Quizá es la historia de lo que ocurre cuando la justicia, el periodismo y la política funcionan sin que nadie verifique nada; la historia de lo difícil que se hace para mucha gente, sobre todo para ciertos corporativismos, reconocer los errores, y también la historia de lo poco que cuentan las personas casi sin nombre y casi sin dni cuando se ven envueltas en disputas que se dilucidan en otras alturas.

 

Esa falta de verificación en la justicia, cuando debería ser la norma, ¿a qué crees que se debe? ¿Es pereza?

No sé si es pereza. El problema técnico que desaconseja la verificación es que, por la dureza de los delitos y la cercanía con que se cometen, se hace difícil cuestionar lo que las víctimas dicen con la seguridad con que lo están diciendo. Creemos que están especialmente capacitadas para identificar al agresor, y no: las víctimas lamentablemente se equivocan, y a las instancias que deberían reconocer eso les cuesta hacerlo. Sus palabras, así nos duela, merecen verificarse. El contraste y la comprobación son los cortafuegos inventados por el Estado de Derecho para evitar ese tipo de errores. Sin embargo, cuando se trata de delitos graves y escabrosos, parece que esos mecanismos se ponen en suspensión porque se cree que estaríamos siendo demasiado duros al no conformarnos con que la víctima señale a alguien y que su relato sea coherente.

 

Es lo que Arcadi Espada decía, que el delito condiciona la reacción. Como hay un daño terrible que reparar, y esa reparación empieza por condenar a los culpables,cuanto más rápido sea, mejor.

En cierto modo, sí. El tipo de delito desaconseja entrar en detalles. De hecho, hay organismos e instituciones públicas que desaconsejan que se detalle en la prensa el relato de una violación, como si toda búsqueda de rigor fuese morbo. Ese cheque en blanco que se da a las víctimas, sin embargo, no se circunscribe a casos de violación. Hay un caso, por ejemplo, de un abogado coruñés que no sabía si hacerse la cirugía porque no dejaban de confundirlo. El problema de fondo es que cuando una víctima reconoce a alguien, está mejor visto meter a un inocente en la cárcel que dejar a un culpable en la calle. Lo determinante es esa cierta “sacralización” de la palabra de la víctima, y eso nos lleva y nos llevará a seguir cometiendo errores, porque una víctima lo es en momentos de estrés, de shock, de trauma, de nervios, de poca iluminación.

 

Ése es otro tema del libro: la no correspondencia que existe necesariamente entre la realidad de los hechos y la que se cuenta a través de las palabras. Porque el error partió de la confusión de las víctimas debido al parecido físico entre García Carbonell y Ahmed Tommouhi, pero hubo más errores.

El problema es que una vez que se levanta el acta de un hecho, todos los actores que a partir de ahí juzgan ese hecho sólo se basan en esa primera acta. A partir de ésta se opina, se reflexiona, se juzga; desde luego, esto es más fácil que ir otra vez al lugar y recoger pruebas o preguntar a los testigos. Al final, esa acta acaba convirtiéndose en un “hecho” más consolidado que lo que en realidad sucedió.

 

Lo increíble es que el encuentro final con los hechos se deba a la presencia azarosa del guardia civil Reyes Benítez en dos momentos clave.

Sí, es un componente azaroso. Reyes Benítez estuvo en las dos detenciones y al ver a García Carbonell y, sobre todo, al ver que en los hechos ocurridos cuatro años después las víctimas volvían a identificar como culpables a los “moros” –como él dice– que seguían en la cárcel, dice: “¡Hostia!”. Reyes Benítez era el encargado de fotografía de su equipo, por eso siguió viendo durante cuatro años la cara de Tommouhi, pues, aunque estaba en la cárcel, era rutinario que se mostrara su foto en el álbum de delincuentes sexuales. De modo que sí, si no hubiese sido por el azar, aunque sobre todo por el trabajo que Reyes Benítez realizó por su cuenta, con el apoyo sólo de algunos de sus superiores, como el teniente Pizarro, esta historia quizá no existiría como tal.

 

Frente a estas actuaciones encomiables, hubo otras nefastas, como la del juez que alteró un acta con información extraída de casos previos, bajo la premisa de que “si así ocurrió en tal lugar, así también debió de haber ocurrido aquí”.

Lo que ocurrió en ese caso es que la víctima dijo que no se ratificaba en su identificación, que señalaba a uno simplemente porque era el que más se parecía; luego, un mes después, el juez escribe que la víctima se ratifica en presencia del juez. O sea, era tal el convencimiento que tenía, que como el relato de la víctima no encajaba en el que él ya tenía en la cabeza, al final acabó modificando el relato de la víctima leyéndolo a su conveniencia.

 

Narrativamente hablando, es la adecuación de una persona de carne y hueso al personaje arquetípico de una novela.

Exacto. Es la diferencia entre lo típico, que incluye a arquetipos, y los hechos, que involucran a hombres y mujeres particulares que no corresponden a ningún guión ni tienen ninguna explicación razonable. Incluso Tommouhi y Mounib son procesados antes de que declaren; luego el abogado dice que al menos los podían haber escuchado, así que una vez que declaran, se dice que como no han dicho nada que no se hubiese previsto, el procesamiento sigue siendo pertinente. Se les procesa sin que el juez los haya escuchado.

 

Junto con Tote Henares, Manuel Borraz y Soledad Gomis, la revisión del caso fue pedida por SOS Racismo. ¿Hay indicios para pensar que hubo racismo?

Creo sinceramente que no. El propio Tommouhi dijo en TV3 que no creía que el ser marroquí hubiese influido. Sí influyó que los jueces y los periodistas quisieran acallar cuanto antes el llanto de las víctimas, y que nadie los ayudara a buscar pruebas. Ahora, ¿en qué lo perjudicó que fuese marroquí? En que si ahora mismo no habla bien español, en ese tiempo no lo hablaba casi nada; eso le hizo perder tiempo precioso. Por otra parte, SOS Racismo tuvo poca participación. A SOS Racismo la movió Tote Henares, que sí se implicó.

 

Mientras investigabas, ¿sentiste vergüenza ajena al leer a los periodistas que escribían relatos del tipo “esto ocurrió así” basados sólo en lo que decían los jueces?

A ver, aunque reivindico que uno debe responder personalmente por su trabajo y no escudarse en la rutina de la producción de noticias, creo que es más fácil criticar que hacerlo. Este libro no es sobre periodismo, y aunque pone sobre la mesa que hay serios problemas de verificación en lo que hacemos y que nos fiamos demasiado de lo que cuenta la policía, también sé que una vez que te pones a currar es muy difícil hacerle frente a eso. Es más fácil hacerlo en un libro con años por delante para investigar y sin necesidad de que te paguen la nómina a fin de mes que hacerlo día a día.

 

Cuando hay que poner el titular del día siguiente.

Claro, y sólo tienes dos opciones: reproducir la versión de la policía, o dudar y no salir con esa noticia, esperando tener tiempo para comprobar los hechos. Porque también, muchas veces, lo que cuenta la policía es verdad. Es el problema de cada día.

 

Ahora luces más prudente, pero en el libro dices de un conocido periodista que es alguien que “no distingue entre el estenotipista y su propio oficio”.

Eso está escrito, sí, pero yo no me refiero a él personalmente, sino a la función que le correspondía en ese momento. A ver, tienes al Ministro de Justicia enfrente, le preguntas sobre un caso y te conformas con lo que el Ministro dice, cuando tu propio periódico ha publicado desde hace tiempo el caso completo y cuando quien ha pedido el indulto no es el condenado sino el fiscal general. Entonces lo que yo digo es que la responsabilidad del periodista, en ese caso, está simplemente en hacer la repregunta, en estar informado para hacer la repregunta. Y bueno, a veces los periodistas no hacemos ni siquiera preguntas. ~