El cantor del sombrero azul | Letras Libres
artículo no publicado

El cantor del sombrero azul

Tamayo: El trovador

Mis señoras y señores,

aquí les vengo a cantar.

Las coplas de mis amores

hagan favor de escuchar.

Yo recorro los caminos

y visito las aldeas

rimándoles los destinos

lo mismo a guapas que a feas.

Yo me meto en los cantinas

a cambiar copla por trago;

no serán mis rimas finas

pero amorosas las hago.

Soy trovador no muy bueno,

mas de franca inspiración.

Ábreme, niña, tu seno,

y te brindo mi canción.

Esta y otras coplas iba yo cantando por doquier y algunos días mal comido pero rara vez poco bebido (pues los néctares, ya sean tequila, o mezcal, o ron o iztabentún, siempre cooperan para la inspiración, a poco no), cuando hete aquí que en La Flor de Mérida, el popular salón-bar de don Recaredo Coruña, por más señas gachupín, pero gachupín buena gente, que me obsequiaba los néctares para que le cantara muy séntido la Malagueña y para él ponerse a llorar desde aquello de “Si por pobre me desprecias, yo te concedo razón, te ofrezco mi corazón a cambio de mi tristeza” (pues quién sabe qué desdicha de amor lo arreciaba al buen gachupín), conocí a un señor guajaqueño llamado Rufino, que, decían, estaba a la busca de folclóricos personajes retratables.

Don Rufino me miraba el sombrero azul (que al parecer le pareció que desentonaba con el color local) y me dijo:

—Oiga, amigo, ¿me permite una pregunta?

—Cómo no, don Rufino —le dije.

—¿Por qué lleva usted ese sombrero tan raro?

—Con su venia, don Rufino, ¿por qué raro?

—Pues por el color.

—¿Qué tiene de raro el color, don Rufino?

—Es que no es común ver un sombrero tan azul celeste.

—Ah —le dije—, pues está usted para saberlo y yo para contarlo. Lo llevo azul celeste porque soy tantito supertiscioso y tengo la creencia de que es el color de la inspiración. Y, como la inspiración, piense lo que piense el vulgo de la gente, viene más de la cabeza que del corazón, me determiné a llevar toda la vida un sombrero azul que lo quiero azul, como dicen los poetas, pero con la circunstancia de que si ellos llevan el azul celeste dentro de la cabeza, yo, que no soy poeta aunque versitos compongo, me limito a llevarlo por fuera, o sea no dentro sino sobre la susodicha.

—Ah, qué bien. Bonita historia. Entonces, venga esa guitarrera mano y permítame presentarme cabalmente. Soy Rufino Tamayo y soy pintor. Y dígame: ¿me permitiría usted que yo lo pintara?

—Ya está pintado, señor; mejor dicho: está teñido... y de azul.

—No, perdón, no quiero decir pintar el sombrero, sino retratarlo a usted.

—¿A mí, don Rufino? Qué honor... ¿y cómo va a ser la cosa?

— Pues usted posa, yo lo retrato y le pago la pose. ¿Cuánto me cobraría usted por inmortalizarlo?

—No señor, ¿pues cómo?, si me va usted a inmortalizar, ni modo de que vaya yo a cobrarle. Yo soy artista humilde y me conformo con que ahí de su gentileza me convide usted a un papadzul y una copa de vino.

—Pues así sea— dijo don Rufino.

Y así fue: posé y me retrató. Me inmortalizó, pues.

Por eso me ven ustedes de esta manera pintado. El gran artista me quiso retratar según su muy rufiniana y tamyana manera de ver y hacer, pues para eso era artista, pues, y me dijo que un señor Oscar Guaild decía que la naturaleza copia al arte, y no al revés como suelen creer ciertos retrógrados de la estética artística. Me retrató así como me están viendo, y al fondo de mi figura puso una noche amarilla, pues de ese color se le antojó pintarla (muy su derecho de artista, pues), y, siguiéndose con su idea, en el espacio de como quien dice “amarillo nocturno”, colgó una luna verde o un sol de color de verde tuna, o, si ustedes prefieren, una luna de color “verde que te quiero verde”, como cantaba el en mala hora fusilado gran poeta don Federico García Lorca. Y, de la misma manera, mi rostro se ve azul y rojo porque eso es el arte: es pintar la realidad tal cual al artista se le da la inspiración de verla, porque para pintarla tal cual como es, eso ya la misma realidad se pinta sola, y además, dicen, ya lo hace inmejorablemente la fotografía (aunque al respecto podríamos discutir, ¿no?). Y de pilón don Rufino me flanqueó con dos muchachas laterales, y, ya tuteándome, me dijo: “Ahí completé el cuadro con dos de tus amorosas; nomás dos, pero muy representativas del color local”.

Así fue la cosa: fui inmortalizado por el inspirado pincel rufiniano con mi sombrero azul, con mi guitarra de requinto, con la boca abierta que parece que estoy cantando, a poco no, y bien acompañado de las señoritas María García Díaz y Lupe López Guadalúpeces posando de sendos ángeles de la guarda.

Así fue. Y para acabar poniéndole broche de oro al asunto, allí les van las líneas finales de mi copla algo ripiosa, sí, pero muy séntida:

Con un sombrerito azul

me retrató don Rufino

a cambio de un papadzul

y de una copa de vino.