El cangrejo de Rajoy | Letras Libres
artículo no publicado

El cangrejo de Rajoy

Desde el resultado negativo en las elecciones de mayo, Mariano Rajoy ha tomado decisiones desconcertantes. La última de ellas, nombrar como candidato en Cataluña a un político famoso por su discurso contra la inmigración.

En Seis propuestas para el próximo milenio, Italo Calvino contaba la historia de Chuang Tzu:

Entre sus muchas virtudes, Chuang Tzu tenía la de ser diestro en el dibujo. El rey le pidió que dibujara un cangrejo. Chuang Tzu respondió que necesitaba cinco años y una casa con doce servidores. Pasaron cinco años y el dibujo aún no estaba empezado. "Necesito otros cinco años", dijo Chuang Tzu. El rey se los concedió. Transcurridos los diez años, Chuang Tzu tomó el pincel y, en un instante, con un solo gesto, dibujó un cangrejo, el cangrejo más perfecto que jamás se hubiera visto.

A lo largo de estos años, la impresión de poca actividad del presidente del Gobierno Mariano Rajoy se atribuía, como en el caso de Chuang Tzu, a la habilidad en el “manejo de los tiempos”. Frente a la actualidad vertiginosa, sus defensores explicaban que él sabía esperar, un poco a la manera de Induráin. Dosificaba y ganaba a sus rivales por agotamiento. Era una demostración de la máxima de que “en España, el que resiste gana”. Y a veces parecía que, como la deprimente sentencia de Cela, hasta funcionaba. Yo, que confío en los profesionales, tiendo a creer que hay razones para lo que no entiendo, y hasta pensaba que habría alguna explicación para el espectáculo desconcertante de la reforma de la ley de interrupción voluntaria del embarazo.

Algunos días, la gran cantidad de diversión que ha generado la llegada al poder de coaliciones de izquierda, decididas a redecorar las instituciones como si fueran una peña, parece ocultar a un presidente que tiene habilidad para camuflarse en el paisaje. Pero las acciones del Gobierno y del partido que lo sostiene, especialmente en los últimos meses, desde el resultado negativo en las elecciones municipales y autonómicas de mayo, parecen indicar que la falta de acción respondía a una ausencia de buenas ideas. Después de descubrir que la recuperación económica quizá no sea suficiente, se ha producido una aceleración de los mensajes, pero no hay una dirección clara. Los cambios que Mariano Rajoy ha hecho en su formación, definida últimamente como el partido de la gente normal y el partido de la gente que madruga, han rejuvenecido algunas caras para contrarrestar la amenaza de Ciudadanos. Quizá convenzan a los ya convencidos, lo que no es poco, pero es difícil que debiliten a los rivales, lo que quizá fuera otro de los objetivos. Para sustituir a José Ignacio Wert, impulsor de una una ley educativa rechazada por el resto de los grupos políticos, discutida por especialistas y que en algunos lugares ni siquiera será implementada, ha nombrado a un gestor respetado, con experiencia en Europa pero con poco tiempo para hacer mucho antes de que termine la legislatura.

Este verano ha entrado en vigor la Ley de Seguridad Ciudadana, que supone un recorte de libertades y reduce el derecho a la protesta. Ya ha provocado algunos absurdos. Otra propuesta brillante que ha lanzado el Gobierno estos días, aunque probablemente es más para entretener que para otra cosa, es crear un sistema electoral mayoritario en las elecciones municipales. El partido que tuviera más de un 35% de los votos y sacara cinco puntos al segundo obtendría automáticamente la mayoría absoluta de concejales, al igual que el que tuviera el 30% con diez puntos de ventaja sobre el segundo. Si no se daban esas condiciones, habría una segunda vuelta entre los partidos con más del 15% de los sufragios (para ganar habría que tener el 40% o una ventaja de 7 puntos). El politólogo José Fernández-Albertos ha escrito que la reforma propone “un cambio radical en el modelo de representación municipal”:

El nuevo sistema generaría artificialmente muchas más mayorías absolutas que las que tenemos ahora: un partido rechazado por el 70% del electorado podría tener más de la mitad de los concejales del pleno, sólo porque el resto de los partidos han decidido presentarse en candidaturas diferentes. Desterraríamos de los ayuntamientos la obligación de pactar, de negociar, de llegar a compromisos con otras fuerzas políticas. Y todo por una curiosa sospecha de que esos acuerdos empeoran la calidad de nuestra democracia.

Pablo Simón ha escrito que, como ocurre otras veces en las que nos equiparamos con Europa, en este caso nos equipararíamos con algunos países pero no con otros. No ha habido problemas de gobernabilidad que justificaran un cambio en el sistema. Las coaliciones no tienen por qué ser menos funcionales que las mayorías, y a menudo la necesidad de pactos eleva los estándares contra la corrupción. Durante decenios se ha defendido un sistema diseñado para favorecer al centro-derecha. Que cuando surgen fuerzas políticas que ponen en peligro el bipartidismo la propuesta del Partido Popular sea cambiar las reglas en su favor -aunque luego puede acabar perjudicándole, como ocurrió tras la modificación de la ley en Castilla-La Mancha: las reformas electorales las carga el diablo- parece una táctica adecuada si lo que busca es la deslegitimación de la democracia española.

En Cataluña se está produciendo un desafío al Estado, y también, como ha señalado Xavier Vidal-Folch, un asalto a las propias leyes catalanas. La respuesta del gobierno no ha tenido claridad, firmeza ni imaginación, y se ha limitado a una defensa de la legalidad que es imprescindible pero también insuficiente.

Ahora, al nombrar como candidato en Cataluña al exalcalde de Badalona Xavier García Albiol, a primera vista parecería que el Partido Popular se resigna a ser un partido de nicho en esa comunidad. Albiol es un político de éxito que se ha hecho famoso por sus mensajes xenófobos contra la inmigración. Es posible que, como ha escrito Esteban Hernández, la decisión tenga sentido electoral: podría indicar un giro hacia el populismo de derechas, a la manera del UKIP o del Frente Nacional, en busca de unos votantes que urbanos que se sentirían excluidos. No hay que analizar lo que hacen los demás pensando en lo que a uno le gustaría, sino en lo que les conviene a ellos, pero aun así es inquietante que el partido que gobierna en España presente como candidato a la presidencia de una comunidad importantísima y en un momento crucial a un político xenófobo, que tiene difícil atraer a electores de centro.

Parece que, a juzgar por las declaraciones de algunos políticos y escritores independentistas, en la política catalana se extiende una tendencia a determinar quiénes son de dentro y quiénes son de fuera. Eso, en cierto modo, acerca a Albiol a algunos de sus competidores nacionalistas (y lo primero que ha hecho Albiol ha sido atacar a Albert Rivera con argumentos aldeanos). Espero que el discurso contra la inmigración no sea una de las ideas que se le ocurren al Partido Popular como solución a sus problemas. Pero, cuando las cosas se complican, el partido parece tomar las peores decisiones: la persecución de la protesta, la elevación de las barreras electorales, la búsqueda de un populismo de derechas. Quizá Rajoy no se parecía a Chuang Tzu, sino, con suerte, al cangrejo.

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