El candidato de la extorsión | Letras Libres
artículo no publicado

El candidato de la extorsión

El PRI es uno de los pocos partidos del mundo en donde los fracasos pueden ser un trampolín al éxito. Si Roberto Madrazo militara en un partido menos divorciado de la sociedad, la elección fraudulenta que lo llevó a la gubernatura de Tabasco en 1994 habría sido la tumba de su carrera. Un candidato a gobernador que, a pesar de su exorbitante gasto de campaña (72 millones de dólares, según el escándalo de las cajas), tuvo que recurrir al embarazo de urnas para obtener una victoria pírrica, merecía ser defenestrado en un acto de autocrítica partidaria. Así lo comprendió el ex presidente Zedillo en enero de 1995, cuando los observadores electorales Santiago Creel y José Agustín Pinchetti le mostraron pruebas de irregularidades en el 78 por ciento de las casillas y recomendaron anular la elección. Para entonces, las huestes de López Obrador ya llevaban un mes de plantón frente al palacio de gobierno de Villahermosa y el conflicto estaba llamando la atención de la prensa extranjera. No sabemos a ciencia cierta si Zedillo presionó a Madrazo para renunciar a la gubernatura, o si el propio Madrazo le pidió ayuda para salir del atolladero, como ha declarado Juan José Rodríguez Pratts, el ex candidato panista a gobernador.1 El hecho es que, la mañana del 18 de enero, Madrazo se comprometió a renunciar en Los Pinos. Tomó el avión a Villahermosa y esa misma noche, bajo la presión de sus colaboradores cercanos, que el día anterior habían desalojado por la fuerza a los perredistas, decidió encabezar una revuelta feudal contra el Presidente.

En un esbozo biográfico muy iluminador para comprender el oportunismo inducido de Roberto Madrazo, el periodista Jorge Carrasco Araizaga narra los pormenores de la rebelión: “Madrazo viajó a Villahermosa junto con un colaborador del secretario de gobernación, Juan Gabriel Valencia, quien había sido enviado para hacer efectiva la renuncia. Llegaron a la residencia de gobierno, la Quinta Grijalva. No te puedes rajar, era el comentario de los allí presentes. Si tu padre te viera se avergonzaría, le espetó el ex mandatario Mario Trujillo. Cuando por fin pudo entrar al Palacio de Gobierno, sus allegados lo impulsaron a hablar con la multitud de acarreados reunida en la plaza. Estoy aquí porque ustedes lo pidieron, gracias, fue lo único que atinó a decir. Su expresión era la de un autómata, recuerda la periodista radiofónica Dolores Gutiérrez, encargada de cubrir el acto”.2 A la mañana siguiente, el Congreso estatal amenazó con la secesión de Tabasco del pacto federal si Madrazo renunciaba a la gubernatura. Por debilidad o convicción, Zedillo no quiso extralimitarse en sus facultades constitucionales para meter en cintura el usurpador insurrecto (incluso tuvo que alzarle la mano meses después). Consumado el fraude, los caciques priístas resentidos por las concertacesiones de Carlos Salinas alzaron en hombros al golpista victorioso y lo nombraron paladín del federalismo.

A juzgar por el rumbo de la campaña presidencial en los últimos meses, enviar a Madrazo a la congeladora por el fiasco del 94 hubiera favorecido al PRI, pues la lógica perversa de convertir los fracasos en méritos ha llevado al partido a mostrar su peor cara en los comicios del 2006. A pesar de su decadencia, el PRI todavía conserva algunos políticos hábiles y convincentes que pueden ganar elecciones en buena lid. Después de la traumática derrota electoral del 2000, los verdaderos triunfadores del partido son figuras como Natividad González Parás o Enrique Martínez, que han arrebatado gobiernos a la oposición en condiciones adversas. Si se trataba de luchar con todo por la victoria, alguno de ellos debió ser candidato a la Presidencia. Pero cuando un partido mafioso elige por consenso a sus dirigentes y candidatos, como ha ocurrido en el PRI, la militancia no escoge necesariamente al mejor, sino al más popular dentro de la familia, que suele ser el más odiado fuera de ella. En virtud de esa paradoja, Roberto Madrazo, el héroe doméstico de los dinosaurios, concita el repudio unánime de la sociedad civil y hasta el momento (principios de mayo) ocupa el tercer lugar en todas las encuestas electorales, muy lejos de los punteros López Obrador y Felipe Calderón. Después del triunfo aplastante de Enrique Peña Nieto en el Estado de México, muchos temíamos que el PRI regresara a Los Pinos en el 2006. Para fortuna de nuestra joven democracia, supeditaron el interés del partido al de un perdedor inflado. ¿Cómo pudieron cometer esa inocentada, si se supone que son los políticos más astutos del país? Tal vez todos los descalabros del PRI, del 68 en adelante, se deban al engreimiento de una camarilla dictatorial que tuvo el poder absoluto y soñó con el poder eterno. Por una mezcla de triunfalismo y soberbia, ninguno de sus miembros antiguos y modernos ha querido tomar en serio la advertencia que el padre de Roberto Madrazo lanzó a la familia revolucionaria hace cuarenta años, cuando renunció a la presidencia del partido: “La inmensa mayoría de los actores de la política mexicana tienen el erróneo concepto de que seguirán detentando el poder por los menos dos siglos más. Ello ha provocado que se pierda el diálogo entre gobernante y pueblo, y lo que es peor, el sentido de la autocrítica.” 3

 

Triple extorsión

Intimidar al adversario o al elector con amenazas veladas no es la mejor manera de ganar voluntades en una campaña electoral. Sin embargo, desde antes de obtener la candidatura, Madrazo ha recurrido a la extorsión para obtener por la mala lo que no puede ganar a la buena. Extorsionó con éxito a Arturo Montiel, su rival en la contienda interna del PRI, con la revelación de su fastuoso patrimonio inmobiliario, pero como el golpe publicitario no fue acompañado de una denuncia penal, ni el PRI quiso expulsar de sus filas al jeque de las doce casas, la descarada componenda en lo oscurito (renuncias a la candidatura a cambio de impunidad) perjudicó a su partido en lugar de beneficiarlo. Si Madrazo se conformara con extorsionar a la escoria del PRI, a la que tan bien conoce, nadie podría criticar sus métodos de persuasión. Lo grave es que también extorsione a las bases de su partido y al ciudadano común. A principios de marzo, desesperado por no haber repuntado en las encuestas, Madrazo hizo una declaración insólita para un candidato con ínfulas de vencedor: “Si no ganamos la casa grande –dijo a los miembros de su partido–, olvidémonos del futuro de esta gran organización.” En otras palabras, o me apoyan de verdad o nos hundimos todos. El chantaje implícito en la frase tuvo efectos desmoralizantes en algunos sectores del partidazo, y provocó una respuesta airada del senador Enrique Jackson. Le sobran motivos para enojarse, pues Madrazo no puede imputar sus bajos índices de popularidad al PRI, cuando ha logrado la hazaña, nunca antes vista, de tener un porcentaje de simpatizantes inferior al voto duro de su partido.

La tercera extorsión de Madrazo, dirigida a los descontentos con el gobierno foxista, está contenida en su lema de campaña: “Mover a México: para que las cosas se hagan”, un eslogan mal pensado y peor redactado que alude al inmovilismo de la política económica en el presente sexenio. En efecto, Fox no ha podido poner en marcha ninguna de sus reformas estructurales, porque la fracción parlamentaria del PRI las ha bloqueado por consigna, a pesar de tener entre sus miembros a muchos reformistas neoliberales que aprobaron medidas similares en el sexenio de Carlos Salinas. Cuando era diputado federal, el propio Madrazo defendió ese proyecto económico a capa y espada, pero como el probable éxito de las reformas hubiera fortalecido al presidente Fox, él y su partido las han torpedeado en abierta contradicción con la doctrina económica que profesaban antier. Su promesa de campaña en realidad es una amenaza, pues le está advirtiendo a los electores que el PRI sólo quitará ese candado cuando vuelva al poder. De lo contrario nos espera un estancamiento eterno. Como un secuestrador urgido de cobrar su rescate, Madrazo escupe en el suelo con gesto de perdonavidas, y advierte al rehén atado de pies y manos: o votas por mí o nunca te vas a mover de aquí.

 

Biografías comparadas

Cuando los cortesanos de la Quinta Grijalva invocaron la figura tutelar de Carlos Madrazo para convencer a su hijo Roberto de robarse la gubernatura, cometieron un grave dislate histórico y una ofensa a la memoria de un demócrata insumiso, que a la cabeza del PRI luchó precisamente contra la imposición de candidatos sin respaldo popular. Durante su larga precampaña, el actual candidato también intentó usufructuar ese lazo consanguíneo en una serie de espots televisivos que evocaban el empeño democratizador y el trágico fallecimiento de su padre. La tentativa de presentarse como un heredero del ideario político paterno fracasó, entre otras cosas, porque gran parte del público masivo ya no recuerda quién era Carlos Madrazo, si alguna vez lo supo. A diferencia de Cuauhtémoc Cárdenas, Roberto Madrazo no ha podido convertir la prosapia familiar en una aureola de probidad. Pero de haber porfiado en esa estrategia, cualquier rival hubiera podido exhibirlo como impostor con un simple cotejo de biografías.

Partidario precoz de Tomás Garrido Canabal, el legendario gobernador de Tabasco que proscribió el culto católico y desató una feroz persecución contra la Iglesia, Carlos Madrazo no fue siempre un dechado de virtudes cívicas, pero sí un político de convicciones firmes y lealtades duraderas. En 1935, como miembro de los Camisas Rojas, un grupo de choque organizado por Garrido Canabal para extender por todo México su persecución religiosa, el adolescente Carlos Madrazo participó en un enfrentamiento con feligreses católicos en la plaza de Coyoacán que dejó un saldo de un muerto y varios heridos. Por esa trifulca pasó una breve temporada en la cárcel. En 1942, cuando era diputado federal, su lealtad a Lázaro Cárdenas y sus críticas al viraje derechista de Ávila Camacho le valieron otra reclusión en Lecumberri, esta vez acusado injustamente de haber lucrado con el reparto de permisos temporales a los trabajadores migratorios mexicanos que en aquel tiempo podían entrar legalmente a Estados Unidos. En la madurez actuó con mayor cautela para escalar posiciones, pero en circunstancias críticas mantuvo su temple aguerrido, a riesgo de perder el favor de los poderosos. Después de su exitosa gestión como gobernador de Tabasco (“un hito en la historia estatal”, a juicio del historiador Rogelio Hernández Rodríguez ), sólo habría tenido que nadar de muertito para mantenerse en los primeros planos de la política mexicana. Pero desde la presidencia del PRI se opuso a la reelección de diputados que Alfonso Martínez Domínguez intentó promover en el Congreso (con la anuencia del presidente Díaz Ordaz, que a trasmano preparaba el terreno para su propia reelección), y emprendió un denodado esfuerzo por democratizar el partido desde sus bases, que lo enfrentó con varios caciques regionales, entre ellos el gobernador de Sinaloa Leopoldo Sánchez Celis. Distanciado de Díaz Ordaz, y en pugna permanente con el secretario de Gobernación Luis Echeverría, que orquestó una campaña de prensa en su contra, el control del partido escapó de sus manos y renunció a los once meses de haber asumido el cargo.

La tentativa democratizadora de Madrazo había despertado el entusiasmo de muchos intelectuales, entre ellos Octavio Paz, que vio en su caída un alarmante retroceso autoritario. Desde la oposición, entre 1965 y 1969, Madrazo realizó numerosas giras por las universidades del país, en una intensa labor de proselitismo encaminada a la fundación del partido Patria Nueva. Adelantado a su tiempo, en esos años propuso la creación de un poder electoral autónomo, con características muy similares a las del actual IFE. Como consta en los archivos de la Federal de Seguridad, su archienemigo Luis Echeverría lo mantuvo sometido a una estrecha vigilancia, y cuando estalló el movimiento estudiantil del 68, el delator Sócrates Amado Campos Lemus, instruido por los esbirros de Gobernación, acusó a Madrazo de ser uno de los cabecillas ocultos del movimiento. Ningún otro líder del 68 ha avalado ese infundio, pero la maniobra deja en claro que la policía política del régimen lo consideraba una seria amenaza. Madrazo había desafiado a un gobierno de horca y cuchillo, especializado en suprimir enemigos sin ensuciarse las manos. Por eso, cuando un misterioso accidente le quitó la vida en el Pico del Fraile, cerca de Monterrey, junto con su esposa Graciela Pintado, la sospecha de un crimen de Estado caló muy hondo en la opinión pública. El propio Roberto Madrazo ha declarado que no confía en la versión oficial del accidente, pues la familia nunca tuvo acceso a la caja negra del avión. Sin embargo, reconoce no tener pruebas para acusar a nadie .4

Un camino fácil para novelar la vida de Roberto Madrazo sería suponer que entró a la política con el designio secreto de vengar la muerte del padre, o cuando menos de cumplir su ideal democratizador. Esta conjetura tendría sustento si el protagonista de la novela tuviera alguna afinidad ideológica o ética con el fallido reformador del PRI. Pero la verdad es que Roberto Madrazo ha sido siempre una copia en negativo del llamado “ciclón del sureste”. Pragmático y dúctil en materia de ideología, como todos los camaleones priístas de su generación, el actual aspirante a la Presidencia le hizo un gran favor a Luis Echeverría en 1973, cuando ingresó a una organización de la CNOP, el Movimiento de la Juventud Revolucionaria. Para entonces, su hermano Carlos ya era delegado en Álvaro Obregón, y a los ojos del público, la rápida cooptación de ambos huérfanos, típica del maquiavelismo echeverrista, exoneraba al Presidente de cualquier sospecha relacionada con la muerte de su adversario. Si en algún momento los hermanos Madrazo padecieron las angustias del príncipe Hamlet por prestarse a este lavado de cara, descubrieron muy pronto las ventajas del relativismo moral bajo la influencia de su tutor político, el profesor Carlos Hank González.

Ex amigo de Carlos Madrazo padre, Hank le había vuelto la espalda cuando renunció al PRI, pero después de la tragedia brindó protección a los hijos del disidente. Desde entonces, y hasta su muerte en el año 2000, fue el principal valedor de Roberto Madrazo. Además de ayudarlo a escalar peldaños en la burocracia partidaria, en la década de los setenta le dio empleo como gerente comercial en la Inmobiliaria Unión, una de las empresas de su emporio industrial y financiero. Más tarde, cuando Hank fue nombrado regente de la ciudad en el sexenio de López Portillo, encomendó a su pupilo la Delegación Magdalena Contreras, donde Madrazo hizo buenas migas con el jefe de la policía Arturo Durazo Moreno, quien, según los informantes tabasqueños del periodista Jonathan Torres, le regaló el terreno donde construyó su primera casa.5 Pero la amistad más redituable de su carrera fue, sin duda, la que mantuvo desde la infancia con los hermanos Salinas de Gortari, que pasaron algunas vacaciones en la Quinta Grijalva cuando el secretario de Economía Raúl Salinas Lozano visitaba con la familia al entonces gobernador de Tabasco. Además de compartir recuerdos infantiles, Roberto tenía afinidades deportivas con Carlos Salinas, pues ambos eran y siguen siendo tenaces corredores de fondo. Marginado durante la administración de Miguel de la Madrid, que congeló al equipo de Hank, el destape de Salinas como candidato a la Presidencia le dio la soñada oportunidad de saltar a las ligas mayores de la política.

Para entonces, Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo habían recogido ya la estafeta reformadora de Carlos Madrazo, y después de haber exigido en vano la democracia interna en el PRI, lograron aglutinar a todos los grupúsculos de izquierda en el Frente Democrático Nacional. Pero aunque ese movimiento revitalizaba el legado político de su padre, Roberto Madrazo había tejido una red de alianzas que lo obligaba a estar en el bando contrario. En el equipo de campaña de Salinas tuvo a su cargo la coordinación de la zona centro, donde el candidato del PRI perdió estrepitosamente en varios estados. El país entero hervía de indignación cuando la “caída del sistema” otorgó la victoria a Carlos Salinas. Pero los corredores de fondo no se detienen ante nada cuando corren en pos de los fondos públicos. Como diputado y senador, Madrazo se cubrió de gloria avalando el fraude patriótico que llevó a la Presidencia a su amigo de la infancia, un favor que más tarde Salinas le retribuyó con la candidatura al gobierno de Tabasco. Desde entonces, la carrera política de Roberto Madrazo ha marchado a contrapelo de la transición democrática, pues sólo frenando ese avance histórico podría tener alguna esperanza de trepar más alto. “No hay una sola elección donde haya participado Madrazo –declaró hace unos años Beatriz Paredes– que no esté descalificada o en medio de contradicciones o de recursos ilícitos” .6 A esto hay que agregar su vínculos con Carlos Cabal Peniche, el magnate del sureste que financió con dinero sucio su onerosa campaña del 94, y una larga cadena de traiciones y deslealtades que le han granjeado una legión de enemigos rencorosos.

Precursor de la apertura democrática, Carlos Madrazo tiene asegurado un lugar importante en la historia moderna de México, junto al reformador Jesús Reyes Heroles. Su hijo también ha hecho méritos para pasar a la historia, pero en compañía de próceres como el Negro Durazo, José Murat, los hermanos Salinas de Gortari, el Niño Verde y el góber precioso Mario Marín. Alquimista electoral, gesticulador de tiempo completo, testaferro de una oligarquía parasitaria que ha hecho fortunas insultantes a costa del erario, el hijo adoptivo de Hank González representa todo lo que México quiso dejar atrás en el año 2000. ~