El camino al mar | Letras Libres
artículo no publicado

El camino al mar

Cuando llegábamos al pueblo de mi madre, en Soria, la primera casa que visitábamos mi hermana y yo era la de Belén. Belén era la única chica de nuestra edad que vivía en ese pequeño pueblo durante todo el año. El resto éramos veraneantes a los que se nos ponía como apelativo el sitio de donde veníamos. Mi hermana era un poco mayor que yo, tan solo trece meses. En el pueblo se nos conocía como “las de Zaragoza” y éramos de las que primero acudían a él. Cuando terminaban las clases mis padres nos enviaban en un autobús, mientras ellos se quedaban en Zaragoza a trabajar.

El autobús paraba en El Burgo de Osma, y hasta allí nos venía a buscar mi abuelo o mi tío en una furgoneta. El pueblo no estaba asfaltado y, cuando la furgoneta hacía su entrada, nos recibían el polvo y la tierra levantados que se mezclaban con los ladridos de los perros.

Mi abuelo era cazador y tenía muchos perros. De año en año, como si fueran parientes, comprobábamos su estado de salud, si seguían estando los mismos o si había habido alguna pérdida o incorporación nuevas. Cuando nacían perritos mi abuelo o mi tío escogían uno, “el más guapo”, y a los demás los llevaban a ahogar al río. Mi hermana y yo no intentábamos salvar a esos cachorros. Tampoco protestábamos cuando mi abuela subía al palomar de casa a coger los pichones que todavía no sabían volar para preparar un arroz con ellos. Mi hermana y yo demostrábamos así que estábamos bien educadas.

Por la mañana, antes de ir a jugar por ahí, ayudábamos a mi abuela en la casa y en el huerto. Limpiábamos las habitaciones y hacíamos las camas. Vaciábamos los orinales y los aclarábamos con agua. A veces, sin querer, derribábamos alguno de estos orinales al barrer debajo de las camas.

En el huerto cogíamos judías verdes, que colgaban de las matas como pendientes, tomates sonrosados y zanahorias. Al estirar de lo que parecían pequeños plumeros verdes, podías resultar afortunada con una zanahoria grande, gorda y crujiente, o sufrir una decepción si salía una esmirriada y de color blanquecino. Íbamos a ver si las gallinas habían puesto algún huevo, lo cual resultaba divertido, y dábamos de comer a los pollos, que nos asustaban cuando se acercaban a nosotras, hambrientos, al vernos aparecer con una lata de trigo.

También Belén ayudaba en su casa y en la granja de cerdos que tenía su familia. A veces íbamos a la granja con ella y con su hermano mayor, que no nos hacía mucho caso. El hermano de Belén abría el portón de madera con una llave grande que guardaba entre unas piedras. “Los cerdos son animales muy limpios”, nos había dicho una vez, quizás para adelantarse a las posibles bromas que hiciéramos sobre el olor. Y había añadido, para que nos diéramos cuenta de lo parecidos que eran a nosotros: “Si quieres ver tu cuerpo mata un cerdo.”

Con Belén jugábamos al tejo mientras esperábamos a que viniera el resto de veraneantes. Utilizábamos como base para nuestro juego las losas de piedra que había enfrente de la iglesia. Belén conocía a la perfección el tamaño y las irregularidades de cada una de esas losas, y siempre nos ganaba. Yo admiraba su habilidad, pero también me la imaginaba en otoño y en invierno, cuando todos nos habíamos marchado, recorriendo a la pata coja una y otra vez aquel camino de losas.

Belén lucía un moreno permanente, que parecía ajeno al paso de las estaciones. Mi hermana y yo lo íbamos adquiriendo poco a poco. También, cuando íbamos a coger moras o cuando andábamos por los campos de trigo recién cortado, entre las pajas afiladas, me gustaba ver cómo mis piernas y brazos se llenaban de rasguños y pequeñas heridas.

Mis abuelos nos habían prohibido meternos en las casas abandonadas, ya que, nos decían, podían derrumbarse en cualquier momento. A nosotras, sin embargo, nos gustaba, como detectives, ir en busca de alguna pista sobre sus antiguos moradores. También mis abuelos nos habían advertido de que tuviéramos cuidado de caernos dentro de un pozo. Los pozos, pues, no eran como los habíamos visto representados en los dibujos, con polea y con una pared circular de ladrillos. Los pozos eran agujeros inesperados, ocultos entre la maleza.

Hablábamos con mis padres más o menos una vez a la semana. Íbamos a la única casa del pueblo que tenía teléfono a una hora acordada con mis padres, generalmente de noche. Por el camino, iluminado por las escasas farolas, nos encontrábamos a veces bonitas luciérnagas o, más frecuentemente, “escuerzos”, unos sapos feos y lentos a los que yo llamaba “esfuerzos”. Mis padres tampoco tenían teléfono y hablaban desde una cabina. Como no estábamos acostumbrados a hablar por teléfono y teníamos delante un contador y gente esperando su turno, nuestras conversaciones eran breves y telegráficas.

A mi padre no le gustaba el pueblo. Sin embargo, se pasaba en él todo su mes de vacaciones. Venía con mi madre en el autobús, a primeros de agosto, y también a ellos les iba a buscar mi tío o mi abuelo en la furgoneta. Una de las cosas que más le desagradaban a mi padre era la cantidad de moscas que había en el pueblo. Era bastante escrupuloso, y no soportaba ver cómo las moscas se posaban sobre los alimentos después de haber estado encima de alguna mierda, ante la indiferencia de todos. Mi padre, a pesar de haber nacido en Zaragoza, era un enamorado del mar desde sus tiempos de camarero en la costa. A pesar de sus quejas, lo cierto es que una vez que estaba en el pueblo se aclimataba bastante bien. Participaba en los torneos de guiñote, en las chuletadas y caracoladas y en los partidos de fútbol de solteros contra casados. Mi madre, en cambio, que era la oriunda del pueblo, se solía quedar en casa y apenas salía de ella, ni siquiera durante las fiestas. La recuerdo siempre con un delantal puesto.

Cuando llegaban mi madre y mis tías, que también vivían en Zaragoza, era más entretenido porque había más parloteo en casa. En las tablas de madera de nuestra habitación, que estaba en la planta de arriba, había un par de agujeros por los que mi hermana y yo jugábamos a espiar las entradas y salidas de la gente a la casa. También, pegando la oreja a estas tablas, podíamos escuchar algunas de las conversaciones que, por lo general, tenían lugar en el recibidor.

Uno de los temas que se repetían año tras año era el de “la patrona” del tío de Holanda. Yo, que era la primera vez que escuchaba esa palabra, a partir de entonces la asocié a una especie de nombre en clave que significaba “amante”. El tío, que se había marchado a Holanda a trabajar, regresaba cada verano acompañado de una mujer gorda, que no hablaba ni una palabra de español, a la que presentaba como su “patrona”. Había especulaciones sobre si, en la casa de mis bisabuelos, dormían juntos o separados. Me acuerdo de que estaba orgullosa de que mi madre dijera que el tío debía dejarse de tontadas y presentar a la patrona como lo que se supone que era, su pareja. Sin embargo, después, cuando mi tío y esa mujer extranjera aparecían por el pueblo, de nuevo todos guardábamos las formas y decíamos “patrona” va, “patrona” viene.

Mi hermana y yo dormíamos juntas en una cama de matrimonio con colchón de lana. La habitación estaba cerca del palomar y hasta allí llegaba el gru gru de las palomas que se mezclaba con nuestras conversaciones. Una vez le conté a mi hermana cómo nuestro bisabuelo, cuando me encontraba a solas, entornaba la puerta y me acariciaba el clítoris. Mientras lo hacía me preguntaba: “¿Te gusta?” Yo le respondía que sí, pero me daba la vuelta para que me acariciara las nalgas ya que era allí donde sentía un cosquilleo placentero. Mi hermana me dijo que a ella le hacía lo mismo, así que decidimos contárselo a alguien de la familia. Cuando lo hicimos, sin embargo, esa persona nos dijo que tal vez habíamos confundido las muestras de afecto de mi bisabuelo.

Un verano dejamos de ir con Belén y las amigas veraneantes con las que nos habíamos juntado hasta entonces. El motivo fue muy tonto, y creo que ellas nunca lo llegaron a averiguar. El motivo fue la vergüenza. Una tarde Belén nos propuso ir de excursión en bicicleta con el resto de la pandilla a un merendero cercano. No nos atrevimos a decirle que no sabíamos montar en bici. “Estamos cansadas”, le pusimos como excusa. Ese verano llegaron nuevas al pueblo un par de chicas de Barcelona, que eran primas y que vivían cerca de nuestra casa. Aunque la intención de mi abuela cuando nos dijo que fuéramos a saludarlas era que las presentáramos al resto de las amigas del pueblo, lo cierto es que fuimos mi hermana y yo las que empezamos a salir con ellas. Nosotras mismas nos autodenominábamos “las marginadas”.

Debido a que el pueblo era muy pequeño, “las marginadas” nos movíamos por los mismos espacios que el rsto de los chicos y chicas: el bar, la fuente, el frontón, la parte de detrás de la iglesia... Como si fuéramos ángeles guardianes pasábamos silenciosas a su lado y nos sentábamos a una prudente distancia.

A falta de algo mejor que hacer, nos dedicábamos a observar los líos y los rollos que había entre unos y otros. Por entonces el grupo de los pequeños, del que antes formábamos parte, se había unido al de los mayores para formar una única pandilla. Las bicicletas habían sido abandonadas por los desplazamientos en coche.

Como no las conocíamos de nada, a las primas de Barcelona sí que nos habíamos atrevido a decirles que no sabíamos montar en bici. Nuestras excursiones eran siempre a pie. Aprovechábamos la caminata para ponernos morenas, con nuestras camisetas y pantalones remangados, y para cotillear tranquilamente.

A veces, mientras caminábamos por la carretera, nos sobrepasaba uno de los coches de los mayores. Cuando escuchaba el ruido de un motor acercarse yo metía tripa. Me preguntaba si alguno de los mayores se fijaría a través del espejo retrovisor en mi camiseta remangada siguiendo la forma y los elásticos del sujetador.

Mi padre, paradójicamente, estaba más integrado que nosotras y hablaba a menudo con los jóvenes. Parecía traerle sin cuidado que sus hijas anduviéramos apartadas. Una vez, en el único bar del pueblo en el que convivíamos todos, se había dirigido a dos de los chicos mayores, Fernando y Ángel, y les había dicho en un tono medio en broma, medio amenazante: “Vosotros, a mis hijas, ni tocarlas.” Yo había sonreído avergonzada, mientras me acordaba nuevamente del episodio de la bicicleta. Hice a mi padre responsable, por no habernos enseñado a montar en ella, de que no estuviéramos en el lugar que nos hubiera pertenecido.

Las primas de Barcelona se solían marchar justo después de las fiestas, que eran el quince de agosto. Mi hermana y yo, entonces, pasábamos más tiempo en casa ayudando a mi madre en el frenesí de sus tareas para dejar todo adecentado antes de irnos del pueblo. Al final del verano, mi madre vaciaba los colchones de lana apelmazada y los vareaba. Nosotras, después, ahuecábamos y esponjábamos con las manos esos trocitos de lana antes de volverlos a introducir en su funda. Esos últimos días de agosto en el pueblo había un ambiente de despedida. Los padres limpiaban sus coches a la puerta de casa, preparándose para la vuelta. En el bar ya no reponían las chucherías que se habían acabado. Mi hermana y yo, con jerséis finos sobre nuestra piel bronceada, acudíamos al bar a jugar a las cartas en pareja. Uno de esos días de finales de agosto, Fernando se acercó a nuestra mesa para ofrecernos ir a las fiestas de un pueblo cercano. Se habían marchado varios de la pandilla y quedaban plazas libres en el coche.

Mi hermana y yo apenas hablamos entre nosotras durante el trayecto en coche. No sabíamos si, en cierta forma, estábamos traicionando a nuestras amigas de Barcelona. Yo intuía que, en el fondo, los chicos y chicas del pueblo echaban la culpa a las primas de Barcelona de nuestra separación. El pueblo vecino era más grande que el nuestro y, en la plaza, habían instalado ferias. Cuando íbamos hacia las atracciones, Ángel, uno de los chicos mayores, me susurró al oído: “¿Sabes? Tú siempre me has gustado.” Yo le seguí confiada cuando me cogió de la mano y nos apartamos del grupo.

Después de besarnos durante un rato le dije: “Besas mejor que los chicos de Zaragoza.” Él me dirigió una mirada pícara, seguramente se había percatado de mi pequeña mentira: “¿Ah, sí? ¿Y en qué es mejor?” Yo le respondí: “Eres más dulce.”

Era la primera vez que mi hermana y yo nos separábamos en el pueblo. Cuando regresé a su lado, vi que sostenía sobre su boca un pañuelo ensangrentado mientras el hermano de Belén miraba hacia el suelo compungido. Después, en el colchón de lana que compartíamos y que había subido varios centímetros tras varearlo y esponjarlo, mi hermana me contó cómo se había golpeado con la barra de sujeción de la atracción del saltamontes. El hermano de Belén la había besado mientras la cabina daba las primeras vueltas suaves en el aire. Cuando el artefacto había comenzado a dar botes y sacudidas, los labios de mi hermana habían pasado de este beso al golpe brusco con la barra de acero que los sujetaba por la cintura.

Al día siguiente Belén vino a casa a buscar a mi hermana. Se fueron juntas y tuvieron una conversación a solas en la fuente. Me preguntaba si mi hermana había deseado, como yo, probar esos besos de los que nos reíamos. Tal vez yo había tenido suerte en ese reparto un poco azaroso de pareja. Cuando regresó continuaba con expresión seria. Belén le había hablado de su hermano largamente y, después, le había aconsejado el uso de anticonceptivos. Yo tan solo vi a Ángel una vez más, en el bar del pueblo. A pesar de su cara alargada y de las entradas de su pelo, lo encontré increíblemente guapo. Me lanzó una mirada amable en la distancia. Después, supe que se había marchado esa misma tarde.

Ese verano mi padre discutió con mi tío y prometió no volver. El motivo de la discusión fue un comentario acerca de la furgoneta con la que nos recogía en El Burgo de Osma. Mi tío, que quería comprarse una nueva, dijo que nosotros habíamos contribuido a “desgastarla” las veces en que nos había ido a buscar a la estación de autobuses. A mi padre no le gustó oír eso y dijo que ya no la desgastaríamos más porque no regresaríamos. Mi madre, al principio, intentó tranquilizar los ánimos. Mi padre, sin embargo, subió el tono de la discusión y sacó a relucir todo lo que le molestaba del pueblo, incluidas las moscas. Cuando dijo que mi madre no era la esclava de nadie, y que en el pueblo no hacía más que trabajar en lugar de descansar, vi cómo ella se callaba, complacida de que su marido la defendiera.

Al verano siguiente mi padre cumplió su promesa y no volvimos. Mi abuela nos llamó un poco antes de las fiestas. Hablaba con precaución, pero fingiendo cierta naturalidad. Nos dijo que las primas de Barcelona habían preguntado por nosotras. A mí, en el fondo, tampoco me importaba demasiado no volver al pueblo. Pensaba que pronto conocería a otros chicos con los que me besaría de nuevo. Me parecía entonces tan increíblemente fácil como debía de serlo el montar en bicicleta. A mi hermana se le había puesto gris una pala de la dentadura unos meses después del beso y el golpe en las ferias.

Aquel verano mi familia y yo fuimos a la playa. De nuevo, nos desplazamos en autobús. Cuando vi aparecer el agua brillante a través de la ventanilla, me acuerdo de que di unos golpes en el hombro a mi madre para despertarla: “Mira, mamá.” También era la primera vez que ella veía el mar. ~


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