El bucle metafísico | Letras Libres
artículo no publicado

El bucle metafísico

El resultado electoral en Cataluña deja unas cuantas dudas sobre cómo va a ser el gobierno de un territorio que no solo debe resolver cuestiones metafísicas.

El escritor chileno Rafael Gumucio, que ha publicado recientemente Milagro en Haití, dice que los españoles vamos poco al psicoanalista y que, como no admitimos tener problemas íntimos, nos obsesionamos por la identidad nacional. Cataluña representa el 20% del PIB español, el 16% de la población y el 80% de la conversación. En las elecciones del domingo, las fuerzas partidarias de la secesión obtuvieron una mayoría legislativa, pero no alcanzaron el 50% de los votos. Junts pel Sí había planteado las elecciones como un plebiscito: lo ha perdido. Por otra parte, los partidarios de la independencia han obtenido muchos votos. Las elecciones muestran un panorama dividido en dos bloques de tamaño bastante parejo. En ese sentido, el resultado es similar al de convocatorias anteriores, aunque ha habido una radicalización de CDC. Existe una fractura y la frivolidad ha contribuido a hacerla más profunda.

Destacan el gran ascenso de Ciudadanos, la buena campaña de un político sólido como Miquel Iceta en el PSC y el fracaso del PP y de la coalición Cataluña sí que es pot, integrada por Iniciativa y Podemos. La victoria de Junts pel Sí, impulsada por el sistema electoral, es pírrica. La lista conjunta tiene 9 diputados menos que Esquerra y Convergencia (más Unió) en las elecciones anteriores. La candidatura ya tenía unas cuantas incoherencias, puesto que las posturas de sus componentes son en muchos aspectos totalmente distintas. Ahora, además, un partido burgués, teóricamente business-friendly y partidario de la pequeña empresa, integrado en un movimiento que prometía que sin el lastre africano de España Cataluña se convertiría en una Escandinavia con sol y sería acogida con entusiasmo por la Unión Europea, tendrá que encontrar el apoyo de un partido que impulsa “la ruptura del capitalismo”, se opone a la Unión Europea y la democracia representativa y defiende la nacionalización de sectores estratégicos.

La campaña ha sido desconcertante y retóricamente intensa: los defensores de la ruptura, que han ganado la batalla del lenguaje, prometían que la independencia era la solución de todos los problemas y no creaba ninguna contrapartida. Las leyes y los acuerdos que algunos deseaban quebrar seguirían atando a España tras la ruptura. Las advertencias de la Unión Europea y de dirigentes políticos internacionales, o la enumeración de los riesgos de la independencia, no eran más que una campaña del miedo. Cuando compras medicinas, te recomiendan que leas qué efectos secundarios tienen. En cambio, en este caso algunos lo veían como una distorsión del proceso democrático.

Artur Mas no solo ha desafiado las leyes, sino que parece que no ha sido claro con los ciudadanos catalanes y cuando le ha convenido ha cambiado las reglas que él mismo había establecido. (Como recuerda hoy Patxo Unzueta, dijo que la derrota en las elecciones significaría el fin del proceso.) Ha habido contrasentidos y concepciones muy particulares de la democracia: por ejemplo, las protestas por la obligación de TV3 de retransmitir actos de partidos contrarios a la independencia, o considerar la derrota del sí en el referéndum en Escocia una derrota de los escoceses, como si los otros partidarios, de continuar en el Reino Unido, no lo fuesen. Una interpretación creativa de los resultados es que hay que contar entre los partidarios del Sí a mucha gente que no votó a los partidos que defendían la separación. El resultado electoral deja unas cuantas dudas sobre cómo va a ser el gobierno de un territorio que no solo debe resolver cuestiones metafísicas.

La situación será distinta según el resultado de las elecciones generales en diciembre. Parece que la defensa de la ley, aunque imprescindible, no es suficiente, y quizá esa sea una de las razones del fracaso del Partido Popular frente a Ciudadanos y al PSC. No sé si la visión del problema es la misma en el resto de España. Y tampoco sé si la solución es fácil de encontrar. Pero para hacerlo la flexibilidad y la lealtad de todos son imprescindibles.