El arma mortal de Mel Gibson | Letras Libres
artículo no publicado

El arma mortal de Mel Gibson

Aún existen milagros que las películas no pueden realizar. Si fuera posible que la película de Mel Gibson, a la manera de las imágenes sangrantes de las viejas leyendas cristianas, sangrara ella misma, y que la sangre con la que empapa a su maltrecho héroe saltara desde la pantalla y empapara a su maltrecho público, lo habría hecho. Pues La pasión está intoxicada por la sangre, por su belleza y su santidad. La sed de sangre en la película de Gibson es pasmosa, y en poco tiempo se vuelve nauseabunda. El fluido está en todas partes. Escurre, corre, salpica, salta. Gotea por el poste en el que Jesús es flagelado y por la cruz en la que se lo crucifica, y la cámara sólo se desprende con reticencia de la escenografía escarlata. Las escenas de la flagelación y la crucifixión constituyen un frenesí de sangre. Cuando Jesús es clavado en el madero, las gotas de sangre que brotan de su herida son filmadas en cámara lenta, con una ternura desviada. (Ecce slo-mo.)1 Todo concluye con el baño de sangre que despide el cadáver de Jesús cuando es horadado por la lanza del centurión romano.
     Ésta es la historia más grande jamás contada, tal como Dario Argento la habría contado con su estilo sensacionalista y su desdén por la sensibilidad moral de la gente ordinaria. El tema de Gibson es la tortura, y Gibson trata amorosamente su tema. No hay azucenas en este campo. Sólo la implacable destrucción y la deshumanización de un hombre que existe aquí para que su cuerpo sea castigado con una furia casi inimaginable. Cae, se levanta, cae, se levanta; se arquea bajo los golpes, pero nunca en su mente; desgarran su carne, laceran su cabeza, uno de sus ojos se cierra por un golpe, su cabello es una peluca de sangre seca, y él queda hecho jirones pero tiene una causa. Él es lo que aquellos primeros Padres de la Iglesia, al escribir con admiración sobre sus mártires, llamaban un "atleta" del sufrimiento. Jim Caviezel, quien interpreta a Jesús, no actúa en sentido estricto: se limita a entornar los ojos hacia el cielo y a recibir más maquillaje. (Habla poco, como corresponde a un hombre abrumado por el sufrimiento, aunque su arameo, como el de todos en la película, es gramaticalmente correcto y fonéticamente risible.)
     El único logro cinematográfico de La pasión es que inaugura un nuevo terreno en la verosimilitud de la violencia filmada. La idea de que al verla se exalta la espiritualidad es algo espeluznante. Ver La pasión es una experiencia profundamente embrutecedora. Se debe proteger a los niños de ella. (Si yo fuera cristiano, no educaría a un niño cristiano con esto.) En muchas ocasiones anteriores, la tortura ha sido retratada en el cine, pero casi siempre con un espíritu de protesta. Esta cinta no discute con el dolor, que inflige entusiasmada. Es una fantasía masoquista repulsiva, es una película de snuff 2 sacro, y nos deja la sensación de que el hombre que la hizo odia la vida.

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     Gibson tiene la impresión de no haber hecho más que poner la palabra de Dios en un filme. Ningún hollywoodense estuvo más cerca de Hollywood. "Los críticos que tienen un problema conmigo no tienen en realidad un problema conmigo y con esta película:" —dijo Gibson a Diane Sawyer— "tienen un problema con los cuatro Evangelios." De una afirmación como la anterior es imposible no concluir que este hombre es asombrosamente ignorante de su propio patrimonio. Pues los Evangelios, como todos los grandes textos religiosos, han sido interpretados en muy diversas formas para amoldarse a las necesidades y los deseos de muchas almas distintas; y el recuento que hace Gibson de los acontecimientos es, como cualquier otro recuento, una construcción particular de los hechos. La pasión expresa ciertas preferencias teológicas y artísticas. Más específicamente, la película es una escandalosa muestra contemporánea de una tradición interpretativa que se conformó en los últimos siglos de la Edad Media, cuando (en palabras de un distinguido historiador del arte) "la Pasión se convirtió en la preocupación central del alma cristiana". En los siglos xiv y xv, como consecuencia de la persecución, la guerra y la peste,3 la imagen de Cristo suspendido sobre el mundo con luminosa majestad fue sustituida por la imagen de Jesús clavado a una cruz sobre el mundo. Se idearon obras de teatro para la Semana Santa. El Jesús lacerado se convirtió en un lugar común del arte religioso, en el que el Hombre de los Lamentos exhibía lastimosamente sus heridas, a las que se veneraba. Este Jesús llegó a ser ilustrado con un realismo brutal que tuvo su clímax en las aterradoras obras maestras de Grünewald.
     Así que lo más amable que puede decirse sobre Gibson es que es un medieval tardío. Contempla los detalles del dolor extáticamente. Pero aun esto es demasiado amable, pues el morbo del Hombre de los Lamentos, incluso en sus versiones más populares, rara vez era tan crudo como lo que Gibson presenta. ¿Acaso la aflicción cristiana, que constituye una reflexión seria sobre el destino de Jesús, requiere de estos efectos especiales, de esta barbaridad moral y estética? La pasión es obra de una sensibilidad religiosa de notable tosquedad. Es, a un tiempo, groseramente física y groseramente mágica, infantilmente literal, jubilosamente crédula, cómicamente masculina. La fe de Gibson es a fin de cuentas preteológica, una especie de convicción que aborrece el pensamiento, una convicción supersticiosa que se halla fascinada por Satán y "el otro reino", una versión maniaca del folclor religioso cristiano.
     Se puede objetar que sólo veo en La pasión una pornografía piadosa porque no soy un creyente cristiano. Esto es cierto. No concuerdo en que Jesús sea mi salvador ni el salvador de nadie más. Confieso que sonreí cuando en los créditos de La pasión aparecieron unos stunts. Así es que no soy en absoluto la persona para la que Gibson hizo esta película. Pero no veo de qué manera la fe en Jesús pudiera ser un argumento a favor de una película así. Al contrario. Una creencia, una teoría del significado, una conveniencia filosófica rara vez está lejos de la crueldad. La tortura siempre ha sido abordada con explicaciones que la vindican, y la justifican e incluso la vuelven hueca. Tales explicaciones, que son en realidad atenuaciones, se han articulado en términos religiosos y seculares. Su propósito es redescribir un acto de inhumanidad a modo que ya no ofenda, de manera que comience a parecer necesario, que edifique. Mi víctima de la tortura es su mártir.
     Hay un breve capítulo en La ciudad de Dios en el que Agustín denuncia la tortura —"una cosa, en verdad, para lamentarse, y, si fuera posible, para regarlo con una fuente de lágrimas"—, para después aceptar con complacencia la necesidad de practicarla. (Pide tan sólo que "condenemos la vida humana como algo muy amargo".) Agustín no habla de los deberes del mártir, sino de los deberes de quien juzga sabiamente. Si introducimos a Dios en el siniestro escenario, encontraremos fuentes de lágrimas derramadas no sólo sobre el éxito de algunos individuos al alcanzar el mayor sacrificio, sino sobre el fracaso de otros individuos que no lograron igualarlo. Esto es cierto de todas las tradiciones religiosas. En todas ellas existe un ideal del suicidio sagrado. Y es importante que conozcamos de qué manera estas proezas extremas fueron entendidas por los hombres y las mujeres que las realizaron, pero no tenemos la obligación de pensar como ellos sobre lo que hicieron. La creencia religiosa puede, de hecho, interferir con un análisis lúcido de la vida religiosa. De cualquier forma, ¿es realmente la santificación del asesinato lo que este país necesita ahora?
     Existe otro problema si insistimos en que una película como La pasión resulta inteligible sólo para un creyente. Cuando alguien que no es cristiano, como yo, lee los Evangelios, se siente colmado de una piedad profunda y genuina por el hombre que soportó estas atrocidades, y por su madre. (La madre de Jesús es infinitamente más conmovedora que su padre.) En su representación meticulosa de los suplicios de Jesús, la cinta de Gibson está diseñada para inspirar una piedad así. El espectáculo de la ruina de este hombre debería ser insoportable para un buen corazón. Sin embargo, la piedad es precisamente aquello que La pasión no puede inspirar, pues la fe sobre la que está basada vicia los sentimientos de empatía. ¿Por qué sentir piedad, si el sufrimiento es una bendición? ¿Por qué lamentarse, si la recompensa por el tormento de Cristo y la recompensa del mundo está predestinada? Si Jesús no es exactamente humano, entonces no es exactamente una deshumanización lo que presenciamos, y lo que deploramos.
     Una sensación de tranquilidad anticipada como ésta, la antigua mitigación de la teodicea, se encuentra en todas las religiones cuando éstas se topan con los terrores de la muerte; pero la confianza en el desenlace de la angustia de Jesús es especialmente ostentosa. La película de Gibson se desvirtúa así de la manera más completa en la escena de la crucifixión. Justo cuando el martillo está a punto de empujar el clavo dentro de la mano de Jesús (el martillo es sostenido por la propia mano del director y él, orgulloso, desea que lo sepamos), la película regresa hacia la Última Cena, donde la cámara atrapa los gestos adorables de las manos de Jesús cuando éste enseña que el pan es su cuerpo; y cuando la cruz se levanta, otro flashback muestra a Jesús instruyendo a sus discípulos en la nueva alianza, su sangre.
Así que esta pasión no es una tragedia; es un don. La película termina tres días después, cuando un rayo de luz dorada penetra el sepulcro al tiempo que la piedra es retirada, el sudario yace vacío sobre la losa, y Jesús vive de nuevo. Al levantarse él para partir, la oquedad en su mano pasa frente a nuestros ojos. Y la visión de la herida es tan conmovedora como el sonido de una doctrina. Pues ahora sabemos que en realidad no se cometió ninguna atrocidad. Todo lo que ha tenido lugar es el cumplimiento, momentáneamente desconcertante, de un plan divino para la redención del mundo. El final es feliz, lo que tiene el efecto de hacer que el espectador, o al menos este espectador, se sienta defraudado. Su simpatía se basaba en un malentendido. Había asumido que todo lo que se hacía a este hombre era indignante, pero se había equivocado. Debió haber estado vitoreando desde el principio, junto con Gibson, los latigazos y los clavos.
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     La pasión es un exhorto inadvertido al secularismo, ya que nos deja desesperados por escapar a su punto de vista, por encontrar otra manera de abordar el horror que acabamos de presenciar. Esto es injusto, en fin, para la cristiandad, pues ésta no es un culto de gore gibsonesco. Pero hay otra religión con la cual la película de Gibson es aún más injusta. En la representación de los personajes judíos, La pasión es sin duda alguna una cinta antisemita, y cualquiera que diga lo contrario no sabe nada, o elige no saber nada, sobre la historia visual del antisemitismo en el arte y en el cine. Lo que resulta tan inquietante en los judíos de Gibson es lo poco reconstruidos que están, su apariencia y sus acciones estereotipadas. Éstas no son imágenes meramente antisemitas; son imágenes antisemitas clásicas. En este aspecto, Gibson es ciertamente un tradicionalista.
     Ahora que Gibson ha cometido el error de permitir que la gente vea La pasión —la película era mucho más interesante antes de estrenarse—, es claro que la controversia sobre la inclusión del versículo de Mateo 27:25 —el grito infame de los judíos: "¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!", la imprecación que sirvió durante siglos como respaldo a los ataques cristianos contra los judíos— fue una farsa, un juego cínico. Cuando algunos grupos judíos objetaron la inclusión de este pasaje en el guión, Gibson eliminó diligentemente la traducción al inglés. Digo diligentemente porque la decencia habría evitado que lo incluyera, que lo filmara siquiera. Pero bien lo pudo mantener dentro del guión, pues está enteramente en consonancia con los judíos que inventó. La figura de Caifás, interpretada con un toque de repugnancia por un actor de nombre Mattia Sbragia, viene directamente de Oberammergau.4 Como sus compañeros sacerdotes, Caifás tiene una barba rabínica encanecida, habla con una voz ronca, llena de sorna, y se mueve astutamente bajo un manto parecido al talit, rayado con filones del color del dinero. Es frío y ambicioso. Todo lo que hace es exigir la ejecución. Él y sus siniestros colegas manipulan la delicadeza ética de Pilatos para que éste vea la crucifixión con aquiescencia. (Uno pensaría que Roma fue una colonia de Judea.) Mientras tanto, la multitud judía brama incesantemente por sangre. Los romanos torturan a Jesús, pero son los judíos quienes conspiran para obligarlos a hacerlo. Los romanos son bestiales, pero los judíos son perversos.
     Gibson arguye que éstos no son más que elementos de la narración evangélica, pero los Evangelios no son documentos históricos claros y confiables. La noción de autenticidad de Gibson no tiene tiempo para la historia. Después de todo, en la historiografía no existe algo así como una verdad de los Evangelios; de modo que el retrato de los judíos en La pasión, la forma en que se ven y suenan, está basado tan sólo en la imaginación del director. Y la imaginación de Gibson no ha ofrecido ninguna resistencia a la herencia iconográfica del antisemitismo occidental. Lo reitero: éstas no son cosas que se reciban en forma pasiva: se aceptan voluntariamente. Gibson creó esta película: no le fue revelada. Como su descripción de Jesús, su descripción de los judíos es consecuencia de ciertas decisiones religiosas y cinematográficas por las cuales debe ser considerado responsable. Gibson ha optado por dar a millones de personas la impresión de que los judíos son culpables de la muerte de Jesús. Al tomar esta decisión, que contraviene no sólo los escrúpulos de los estudiosos, sino las enseñanzas de la Iglesia Católica, Gibson ha proporcionado una buena ilustración del catolicismo de cafetería de la derecha. Y los medios de comunicación estadounidenses, que florecen confundiendo la credulidad con la curiosidad, van de su mano con alegría. Hace una semanas, la portada de Newsweek preguntaba, sobre un acercamiento de Caviezel coronado con espinas, "¿quién mató realmente a Jesús?" El artículo dentro de la revista nos exoneraba, así es que estamos a salvo. Pero, ¿es ésta en verdad la cuestión que enfrenta Estados Unidos? A continuación, ¿su sangre debería estar sobre nosotros y nuestros hijos, o no? Volveremos después de unos mensajes. No se vaya.
     No. Váyase. Y llévese este momento ruin con usted —pero no sin antes prestar un poco de atención a algunas loas que han sido ofrecidas a esta película perniciosa—. Las apologías de La pasión deben representar un nadir intelectual del conservadurismo estadounidense actual. Personas que piensan han estado emitiendo palabras sin pensar. "Desgarradora", declaró Michael Novak después de una presentación, como si acabara de salir del puente de Waterloo. "Una meditación", la llamó calmoso en The Weekly Standard. Es difícil pensar en algo menos parecido a una meditación que esta cinta. Pero el debate sobre la película se politizó de inmediato, y de manera feroz cuando los conservadores fundieron la defensa de la religión de Gibson con la defensa de la religión. Si uno daba la espalda al Jesús de Mel Gibson, uno daba la espalda a Jesús. La Vía Dolorosa se convirtió en el camino resbaloso. Criticar la película era quedarse sin Dios. Sugerir que no es un recuento preciso de la Jerusalén del siglo primero era ser anticristiano. Preocuparse sobre su posible antisemitismo era ser un liberal. (El cuidado que los conservadores ponen ante el antisemitismo, y por el cual gustan de congratularse, se desvaneció de pronto.) Pensándolo bien, Pilatos es el liberal en la película de Gibson. Y Gibson alentaba sagazmente esta visión de su película, avasalladora como el baluarte de una civilización: convirtió la guerra cultural en una estrategia de mercado. ¿Es violenta la cinta? Claro que lo es, pero se trata de la violencia de Dios. Esta violencia es buena para Estados Unidos.
     Los defensores judíos de Gibson han sido especialmente deshonrosos. "Las organizaciones judías —escribió Michael Medved en The Christian Science Monitor— no deben intentar hacerse responsables de la decisión sobre lo que los cristianos pueden o no creer", como si la crítica judía a la película de Gibson fuera otra cosa que la conducta de ciudadanos estadounidenses expresando libremente una opinión. "Si tenemos la capacidad para editar su doctrina, entonces ¿por qué no tienen ellos la capacidad de editar la nuestra?", preguntaba en forma ominosa David Klinghoffer en el Forward, recordando a sus lectores que alguna vez los cristianos censuraron el Talmud. ¿Acaso Gibson es una nueva doctrina? ¿Acaso la crítica es ahora censura? ¿Y dónde está el Sanedrín del Lado Oeste,5 escudriñando los textos cristianos con un marcador negro? También estaba el argumento de la timidez. "Las denuncias judías de la película sólo incrementan la posibilidad de que los que nos odian se aferren a la película como una excusa para odiarnos más", declaraba Medved. Me pregunto si siente lo mismo sobre las denuncias judías del antisemitismo islámico. En una revista del American Enterprise Institute, Medved advertía que "tristemente, la batalla sobre La pasión puede de hecho provocar más odio a los judíos". Y sin embargo, el odio a los judíos no es una simple respuesta a la respuesta judía ante el odio a los judíos. El antisemitismo no es anti-anti-anti-semitismo. Es una vieja tradición de miedo y alucinaciones, independiente y vital: es un trastorno no judío que no tiene nada que ver con los judíos, como lo demuestra La pasión.
     Pero el odio a los judíos en la película de Mel Gibson no es en realidad lo más degradante. Kim le bideraba mine, como habría dicho Jesús: el odio de La pasión contra los judíos se encuentra subsumido en el odio a la espiritualidad, en el odio a la existencia. Si existe un reino de los cielos, La pasión cierra sus puertas en la cara de los hombres.
Traducción de Marianela Santoveña

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