El antropólogo inocente | Letras Libres
artículo no publicado

El antropólogo inocente

Hace cerca de dos años compré El antropólogo inocente, de Nigel Barley (Anagrama). No tenía noticia alguna sobre el autor, ni sobre el tema, ni nada, pero la cuarta de forros decía que “Nigel Barley hace con la antropología lo que Gerald Durrell hizo con la zoología”. Para mí, ése fue argumento más que suficiente. El libro se quedó en un anaquel, hasta hace un par de meses. Me gusta comprar de vez en cuando algunos libros que pueda olvidar y después hallarlos como regalos contra el tedio. Cuando Serendipia me lo puso de nuevo en las manos, lo leí de un tirón.

Un fragmento:

«Frente a la imposibilidad de comer productos de la tierra, decidí criar mis propias gallinas. Tampoco este intento tuvo éxito. Algunas las compré y otras me las dieron. Las gallinas dowayas son en general unos animalitos endebles; comérselos es como comerse una reproducción en plástico de un Tiger Moth. No obstante, respondieron a mi tratamiento. Las alimenté con arroz y gachas de avena, cosa que los dowayos, que no les daban nunca de comer, consideraron una enorme extravagancia. Un día empezaron a poner. Yo ya fantaseaba con poder tomar un huevo diario. Mientras estaba sentado en mi choza regocijándome por el festín que me iba a dar, apareció mi ayudante en la puerta con una expresión de orgullo en el rostro: Patrón –exclamó–, acabo de darme cuenta de que las gallinas estaban poniendo huevos, así que las he matado antes de que perdieran toda la fuerza.»

“Tiger Moth” quizás se refiera a este avioncito:

que ciertamente no parece cosa de comer.

Una liga con un artículo.

Y otro fragmentito:

«Disponía yo de un pequeño magnetofón portátil que casi siempre llevaba encima; a veces grababa las conversaciones que mantenía con la gente del campo. A los dowayos les encantaba oír sus propias voces pero no se mostraban muy impresionados; no era la primera vez que veían magnetofones, los dandys dowayos gustaban de los radiocassettes y la mayoría los habían visto en alguna ocasión. Lo que de verdad los hacía murmurar “magia”, “maravilla”, era ver cómo escribía. Con la excepción de unos pocos niños, los dowayos son analfabetos. Incluso los niños escriben sólo en francés, y hasta que los lingüistas se pusieron a estudiar la lengua dowaya, a nadie se le hubiera ocurrido escribir en ella. Cuando yo tomaba notas en una mezcla de inglés y francés y copiaba las frases más importantes en dowayo utilizando el alfabeto fonético, se quedaban contemplándome encantados durante horas y se turnaban para mirar por encima de mi hombro. Una vez le leí a un hombre lo que había dicho en nuestro anterior encuentro, que había tenido lugar un par de semanas antes, y se quedó estupefacto...»

- Julio Hubard