El año que dejé de respirar | Letras Libres
artículo no publicado

El año que dejé de respirar

El perder la tranquilidad en mi vida me ha obligado a buscar el sentido de la misma allá afuera, aún si nada de lo que tuve e hice en estos años me sobrevive.

“Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas –la elección de la actitud personal que debe adoptar frente al destino— para decidir su propio camino”. Leí esa frase a mediados del año pasado, cuando comenzó a costarme trabajo respirar y comenzaron a complicarse numerosas cosas que formaban parte de mi vida. Después de ocho años de carrera como periodista, había pasado los últimos cuatro en dos organizaciones distintas, documentando y llevando registro de comunicadores agredidos en el país, a la gran mayoría de los cuales solo los conocía de escucharlos al otro lado del teléfono mientras me contaban sus historias.

Un día fue imposible poner distancia con todo aquello. La violencia se salió de cauce en la mitad del país. Vinieron las llamadas diarias, las solicitudes de ayuda, verdaderas emergencias que exigían ser paramédicos mal preparados de las familias de reporteros que habían dejado todo después de un secuestro, de una advertencia directa recibida en el buzón de correo, de la desaparición de un compañero de trabajo. Comenzamos a ver los rostros.

Así conocí en 2009 a José Juan Delgado, un reportero que tuvo que irse de Acapulco, abandonando a su esposa y a su hija por varios meses (lo cual acabó por romper a la familia), cuando las llamadas de amenaza le pedían asomarse a la calle desde la redacción del diario en el cual trabajaba para que verificara que afuera lo esperaban.

Dos años después, mientras filmábamos un pequeño corto documental en varias de las ciudades más violentas del país, vi en persona a otros a quienes solo había escuchado en alguna llamada.

Durante aquel viaje recuerdo al periodista sinaloense Gustavo Lizárraga hablarle a la cámara para aconsejarle a su hijo que no se dedicara al periodismo; escuché a Pedro Torres, director de El Diario de Ciudad Juárez, recordar la llamada por la cual supo del asesinato de su amigo, el reportero Armando Rodríguez (minuto 3:20). El Día de Muertos, en Oaxaca, vi quebrarse al corresponsal de Proceso, Pedro Matías, mientras hablaba de la noche que lo secuestraron y de cómo había descubierto el sentido de la vida en lo que hacía, gracias a personas a las que él no conocía, pero que en cambio leían su trabajo (minuto 19:40).

El hombre en busca de sentido, el libro de Viktor Frankl, comienza con una reflexión que no olvido. Recordar la tragedia en su totalidad y en su conjunto, en lo genérico, siempre amortigua el impacto de una tragedia enorme. Sin embargo, si se detiene la mirada y el corazón en cada una de aquellas pequeñas historias, cambia completamente el paisaje porque permite imaginar en cada vida un hueco que no puede llenarse.

Finalmente, todo aquello me rebasó. La cantidad y el peso de todas las historias llegaron a hacerme imposible algo tan natural como respirar. Entonces renuncié y le puse fin a cuatro años de trabajo. Por eso, al irme no fui capaz de ver otra cosa que cuatro años de mi vida echados a la basura; no entendía dónde estaba el sentido de todo aquello, el valor de sufrir episodios diarios de ansiedad, pues al final nada había cambiado.

En la obra de Frankl dice que dotar la vida de un sentido más profundo implica una elección que consiste en decidir interpretar la propia existencia como una responsabilidad ante la sociedad o ante la propia conciencia, pues una vida, cuyo último y único sentido consistiera en lograr un resultado, cuyo sentido dependiera del azar del sinnúmero de arbitrariedades que tejen la vida, no merecería la pena ser vivida.

Para él, sobreviviente de los campos de concentración, "el hombre es ese ser capaz de inventar las cámaras de gas de Auschwitz, pero también es el ser que ha entrado a esas cámaras con la cabeza erguida y el padrenuestro o el Shemá Israel en los labios", es el resultado de una decisión íntima y son las circunstancias excepcionalmente adversas o difíciles las que otorgan al hombre la oportunidad de crecer espiritualmente más allá de sí mismo.

Este ha sido el peor y el mejor de los años. Conocí a personas entrañables, pero también tuve a mi lado a algunos de los peores seres humanos. El perder la tranquilidad en mi vida me ha obligado a buscar el sentido de la misma allá afuera, aún si nada de lo que tuve e hice en estos años me sobrevive.

Gracias a Letras Libres por abrirme este espacio cuando mi búsqueda comenzó y darme la libertad de dedicar varios de mis textos a ella. Este es mi último texto del año. Un respiro.