El actor y el disidente | Letras Libres
artículo no publicado

El actor y el disidente

El actor español Willy Toledo, en unas declaraciones que no tienen desperdicio, ha dicho que los “presuntos” disidentes cubanos “son gente que ha cometido actos terroristas contra el Gobierno cubano, actos de traición a la patria y un montón de delitos”. Siguiendo la prensa oficial de la dictadura, Toledo ha añadido que, por otra parte, Orlando Zapata no era ni siquiera un terrorista, sino un “delincuente común”. Y que la Unión Europea le tiene manía a Cuba; al parecer, hay “una especie de persecución obsesiva y paranoide contra el Gobierno cubano”.

La familia Castro tiene un país secuestrado desde hace 50 años y es desolador que todavía haya quien defienda un régimen aberrante y liberticida, además de anacrónico, ineficaz y corrupto. Ver cómo actúa la propaganda tiene cierto interés patológico, pero los argumentos que emplean sus defensores son intelectualmente nulos y moralmente repugnantes. Creo que posturas como la de Willy Toledo son cada vez menos comunes, aunque estos días he escuchado versiones algo más suaves de la misma explicación, que suelen alternar la calumnia personal de la víctima con la acusación falsa contra los regímenes democráticos: es decir, una estrategia que consiste en impedir cualquier argumentación seria, en distorsionar permanentemente la realidad, y en emplear unos tropos que uno casi espera: la OTAN, el embargo (“el bloqueo”), las cárceles españolas, y Guantánamo... Pero voy a centrarme en algo más concreto.

Orlando Zapata fue detenido tras un ayuno voluntario para pedir la liberación de unos médicos disidentes. Lo condenaron por "alteración del orden" y "desórdenes públicos"; al cabo de unos meses salió en libertad condicional. Volvieron a detenerlo en la primavera de 2003, y fue sentenciado a tres años de prisión. Luego, una vez en la cárcel, se declaró en rebeldía y sus condenas aumentaron hasta llegar a los 36 años de cárcel. Zapata inició una huelga de hambre para protestar por los abusos contra sus derechos. Poco antes había sufrido una paliza por la que habían tenido que operarle. Murió la semana pasada, tras más de dos meses en huelga de hambre.

Willy Toledo era un buen actor cómico que alcanzó un nuevo nivel de fama cuando se opuso a la guerra de Iraq en la gala de los Premios Goya en 2003. Su compañía de teatro, Animalario, realizó una sátira de la boda de la hija del presidente del gobierno, José María Aznar: tuvieron éxito y ganaron en 2004 el Premio Max al mejor espectáculo teatral y a la mejor producción. Su oposición a la guerra y su convicción vociferada de que las guerras –al menos en la que participa su país en este momento–siempre se hacen para contentar a las multinacionales no le han traído muchos problemas: por supuesto, nadie ha intentado frenar sus palabras, pero su postura antibélica y contraria a las corporaciones tampoco le impidió anunciar el videojuego World of Warcraft. Hace unos meses Willy Toledo apoyó con vehemencia a la activista saharahui Aminatu Haidar en el aeropuerto de Lanzarote, y criticó la actuación del gobierno español: hace unas horas ha pedido a Zapatero que deje de “joder” al Sáhara. Dice lo que piensa y critica libremente el comportamiento de las instituciones españolas, buscando en ocasiones la mayor visibilidad y efectividad.

Sátiras, protestas, parodias: Willy Toledo no habría podido hacer nada de eso si fuera cubano. Pensar por sí mismo y decir su opinión supondría arriesgarse a ser acosado, detenido o condenado. E incluso a morir. Quizá por las malas condiciones de la cárcel; a lo mejor, defendiendo sus derechos: ya sabemos que no habría sido el primero. Y después de muerto, no se libraría de un nuevo peligro: que un actor que disfruta de todas las libertades de la democracia (y de algunas ventajas del capitalismo) proclamase que los derechos del Willy cubano no son iguales que los suyos, y escupiera sobre su tumba llamándolo “terrorista”, o, despreciándolo como un ladrón de gallinas víctima de las malas influencias.

– Daniel Gascón

Willy Toledo