El acoso de Naipaul | Letras Libres
artículo no publicado

El acoso de Naipaul

A V.S. Naipaul lo quiere poca gente. Arisco e indócil, es lo más alejado de un escritor agradable. Son tantas las anécdotas sobre su mal carácter que Paul Theroux, quien fuera su discípulo, ofendido ante el continuo y solapado desprecio que su maestro le manifestaba, decidió mostrar por fin las bajezas interiores de Sir Vidia. Lo que logró al final fue divertir al lector con las maldades del novelista, presentar sin querer siluetas muy cálidas de Naipaul y quedar como un escritor con más envidia que agudeza y más pretensiones que ingenio. Quizás eso le reprochaba Naipaul. Alguien ha escrito últimamente que es un escritor sin raíces. Es una expresión torpe. Como Borges, de quien por supuesto ha hablado mal, Naipaul también tiene muchas patrias. No sólo el Reino Unido, donde ha vivido casi toda su vida, ni la India, de donde proviene su familia, ni Trinidad, donde nació y creció (la mitad de sus libros están referidos a esa isla, aunque no la mencionara al recibir la noticia del Nobel). Su patria está en esos espacios, de dificultad o cercanía, en los que se sienta a conversar. Naipaul posee el difícil privilegio de haber crecido en roce con culturas diferentes.
     Digo roce y no contacto, porque esta palabra carece de las connotaciones de necesidad e incomodidad que son inevitables en el roce. Naipaul no es un colonizador sino un trasterrado, como casi todos los caribeños. Su primer libro de cuentos, Calle Miguel, relata historias vecinales de Port of Spain, una ciudad cruzada de negros, indios y uno que otro blanco. En la portada de Un millón de amotinados ahora, sale fotografiado con un pañuelo en la cabeza, agobiado por los calores de la India. Era su tercer libro sobre ese país. A la vez irónico y ridículo, es la imagen opuesta de un viajero gozoso. Pero Naipaul no es un paseante, y la foto responde a su nomenclatura. En uno de sus capítulos recorre las barriadas de Bombay, donde la gente vive hacinada en espacios asfixiantes. Su comentario es inclemente: a los pollos acostumbrados a vivir en una caja les resulta intolerable salir al campo abierto. Sin embargo el argumento central es otro: el paulatino e irreversible surgimiento en la India de miles de individuos que se rebelan, de muchas maneras, contra la estructura de castas. Tejer esto le llevó más de quinientas páginas, de muchos kilómetros recorridos y muy diversos encuentros, no todos agradables. De la misma manera, ha escrito sobre países de muy diversas geografías y culturas, entre ellos el mundo islámico. Al viajar observa y escucha, y al escribir analiza, descifra, reconstruye. Sus libros de viaje surgen siempre de la reflexión y de las conversaciones con las personas que encuentra. Esto no mitiga el disgusto que causa en los lectores de los países recorridos, sean éstos el Sur de los Estados Unidos, Indonesia o Argentina. Ojalá visitara Chiapas. Seguramente incómodo, su punto de vista sería enriquecedor, pues Naipaul fija su atención en detalles que pasan generalmente inadvertidos y saca la luz perfiles que se mantenían ocultos u opacos. Es un escritor que atraviesa los estereotipos. Pocos como él han reflexionado sobre la naturaleza del colonialismo desde la literatura. En los descendientes de colonizadores, dice Naipaul, la historia familiar suele remontarse varios siglos; en el colonizado, el conocimiento familiar muy pocas veces va más allá de dos generaciones. Las implicaciones de este comentario llenarían varias páginas.
     Dos escritores a los que Naipaul desagrada y que sin embargo le deben mucho son Derek Walcott y Salman Rushdie. Omeros, el gran poema largo del primero, no se concibe sin sus libros narrativos y críticos sobre el Caribe; y la construcción tanto de Paquistán como de la India que Rushdie hace en Vergüenza y en Los hijos de la medianoche no serían posibles sin la múltiple lectura que Naipaul hace de esos países y de su relación con el Imperio Británico. Pero llegar a eso significa entrar en zonas muy sensibles. Rushdie lo aprendió en carne propia con la publicación de Los versos satánicos. No hay libro de Naipaul que no desenmascare alguna supuesta verdad incontrovertible. Es un escritor que siempre causa escozor, precisamente por lo implacable de su punto de vista. El mundo, nos enseña, es demasiado sutil como para convertirlo en una maqueta de verdades. Pero encontrar el modo de describir esos mundos no es cosa fácil, y Naipaul nunca lo habría logrado si ante cada nuevo libro no se enfrentara a su propia escritura, a las nociones aprendidas y a las nuevas preguntas que sus propios temas le presentaban. Por eso Naipaul es uno de los más exigentes escritores que hay, desde sus primeras publicaciones hasta las últimas. En un ensayo reciente, "Sobre ser un escritor", trata de explicar por qué la novela es un género asfixiado para alguien que no tiene más de dos generaciones de historia, y por qué él dejó de escribirlas para iniciar un nuevo género con sus libros de viaje. Regresamos al problema del colonialismo antes mencionado. Para quien no lo conozca, La casa del señor Biswas y El enigma de la llegada, el primero una novela sobre su padre, un escritor fracasado, y el segundo una narración real sobre los sutiles pero definitivos cambios en el paisaje del sur de Inglaterra, son lectura indispensable. -