El 15M y el relevo de las élites | Letras Libres
artículo no publicado

El 15M y el relevo de las élites

Podemos es, en muchos aspectos, lo contrario al 15M: sus promotores comprendieron que solo dentro de los cauces institucionales era posible incidir en política. 

Estos días celebramos el quinto aniversario del 15M. Para algunos, las protestas de los indignados lo cambiaron todo. Para otros, no tuvieron ningún impacto sobre la historia. Creo que es un buen momento para matizar ambas posturas.

Algunos analistas han querido traducir automáticamente el éxito del 15M en el éxito de un partido político: Podemos. Pero esa interpretación no es del todo ajustada. Si las movilizaciones de los indignados tenían un carácter informal, desprovisto de liderazgos, con una organización asamblearia y la anteposición de lo sentimental a lo racional, Podemos es exactamente lo contrario. El éxito de Pablo Iglesias, Íñigo Errejón y Carolina Bescansa fue comprender que el 15M, tal como se había concebido, era un fracaso. Ellos supieron canalizar y rentabilizar electoralmente la indignación llevándola a los cauces formales de los que los participantes de las manifestaciones habían renegado.

Si el 15M abjuraba de los partidos políticos, Podemos sería un partido político. Si el 15M renegaba de las jerarquías, Podemos sería una organización férreamente sujeta a un mando vertical. Si el 15M era la antipolítica, Podemos sería la política total. Si el 15M carecía de ambiciones personales destacadas, en Podemos tendrían muy claro qué parcelas de poder y qué jefaturas estratégicas había que ocupar.

Podemos es, en muchos aspectos, lo contrario al 15M. Sus promotores comprendieron que solo dentro de los cauces institucionales era posible incidir en política. Y esto habla bien de nuestra democracia y de nuestras instituciones. Esto significa que los ciudadanos reconocen a la democracia constitucional de 1978 y a su sistema de partidos como legítimos.

El 15M fracasó en la medida en que no triunfó la “hiperdemocracia” que denunció Ortega en los convulsos años treinta, y que el filósofo describió así, con ese desdén tan suyo: “Hoy asistimos al triunfo de una hiperdemocracia en que la masa actúa directamente sin ley, por medio de materiales presiones, imponiendo sus aspiraciones y sus gustos. Es falso interpretar las situaciones nuevas como si la masa se hubiese cansado de la política y encargase a personas especiales su ejercicio. Todo lo contrario. Eso era lo que antes acontecía, eso era la democracia liberal. La masa presumía que, al fin y al cabo, con todos sus defectos y lacras, las minorías de los políticos entendían un poco más de los problemas públicos que ella. Ahora, en cambio, cree la masa que tiene derecho a imponer y dar vigor de ley a sus tópicos de café”.

Cuando comenzaron las protestas del 15M la sombra de la hiperdemocracia planeó sobre la Puerta del Sol. Por un momento pareció como si las masas hubieran dejado de reconocer al sistema de partidos constitucional como legítimo y demandaran ejercer el poder directamente, saltándose la representación parlamentaria. Esto fue un espejismo, una confusión a la que nos condujo una minoría hiperparticipativa. Realmente eran muy pocos los que querían subvertir el orden democrático.

La mayoría de los participantes del movimiento 15M eran los hijos de las clases medias que habían visto frustradas sus expectativas laborales y económicas con la crisis. Eran desafectos en la medida en que habían perdido la confianza en que los partidos tradicionales pudieran dar respuesta a sus problemas y sus demandas. Pero continuaban reconociendo en la democracia constitucional un sistema legítimo y, además, estaban muy interesados en la política.

Los promotores de Podemos comprendieron perfectamente este cóctel. La legitimidad de nuestra democracia, sumada a la insatisfacción con el viejo sistema de partidos y la alta tasa de interés político indicaban que había espacio para un nuevo partido que recogiera esa indignación que empezaba a languidecer en las calles.

Hoy, el 15M celebra su quinto aniversario con modesta asistencia en las plazas, mientras Podemos prepara su asalto al PSOE en las próximas elecciones. En poco más de un mes, la formación de Pablo Iglesias podría convertirse en la segunda fuerza del país y aspirar a gobernar.

Pero sería tremendamente injusto concluir que Podemos no tiene nada que ver con el 15M y que la indignación se marchitó sin dejar rastro. El 15M ha tenido consecuencias permanentes en España. Y no solo sobre su sistema de partidos. Las protestas que comenzaron en la Puerta del Sol fueron el catalizador de un gran proceso de renovación que estaba pendiente desde la transición. El 15M fue el preludio del gran relevo generacional que ha venido gestándose desde las postrimerías de la crisis. Su impacto se ha dejado ver en el efímero parlamento de la pasada legislatura, con la irrupción de un nuevo eje político nuevo-viejo y de dos nuevos partidos políticos que suman más de cien escaños.

Pero su influencia se ha sentido también en otros ámbitos. Los últimos años han sido de eclosión de un buen número de medios de comunicación, de ruptura del orden en el periodismo que imperaba desde el 78. Hemos visto ascender a nuevos referentes de la prensa como Nacho Escolar, y a otros de la televisión como Ana Pastor o Jordi Évole.

Hemos visto un cambio en los referentes sociales e intelectuales, con los economistas y los politólogos en auge, y hemos asistido a un cambio en el modelo de liderazgo y de emprendimiento empresarial, con las startups a la cabeza. Todo esto, claro, no se ha producido gracias al 15M, pero sí puede decirse que aquellas protestas fueron el anuncio del relevo generacional que estaba a punto de llegar. La crisis y su reacción indignada fueron el acelerador necesario para que tuviera lugar el cambio de las élites que habían copado todas las esferas políticas, sociales y culturales del país desde la transición.

Tiene cierto sentido. En España siempre hemos tenido dificultades para seleccionar y rotar correctamente a las élites. Ha hecho falta una gran recesión y protestas masivas en las calles para poner en marcha el motor de la renovación. Esperemos que no haya que esperar otros treinta años y una nueva crisis para ver más cambios.

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