Efraín bartolomé: la tempestad serena | Letras Libres
artículo no publicado

Efraín bartolomé: la tempestad serena

Efraín Bartolomé se dio a conocer en 1982 con Ojo de jaguar, una ópera prima paradójicamente madura, que no parecía el primer balbuceo de un poeta novicio, sino la culminación de un largo aprendizaje. Cuando lo leí en la juventud, intrigado por las feroces envidias que había despertado en el medio literario, me causó una fuerte conmoción, y ahora he vuelto a experimentarla, en un estado de felicidad hipnótica, gracias a una lujosa edición conmemorativa de ese libro ya legendario, publicada por la Universidad Descartes y Juan Pablos Editores. Decía Octavio Paz que cantar es contar, porque detrás de cada poema hay una narración más o menos velada. En el prólogo de la versión corregida y aumentada que ahora nos ofrece, Bartolomé relata el cuento insinuado detrás del canto: su primera exploración de la Selva Lacandona, a los nueve años, cuando su padre lo despertó de madrugada, lo montó en un caballo y, al profanar la espesura entre cendales de niebla, invadido por una especie de “horror sagrado”, entró en contacto “con algo más oscuro o más hondo o más alto”, que desde entonces intenta nombrar.

Esa experiencia infantil, transfigurada por el recuerdo, lo incitó a recuperar, en la edad adulta, el estado de gracia que lo invadió en la entraña del monte, desde la perspectiva de la fiera emblemática que da título al libro, una especie de contrapunto viviente donde la llamarada solar lucha con las fuerzas oscuras del universo. Sereno y tempestuoso a la vez, con una exaltación romántica templada por el rigor, desde su nacimiento como poeta Bartolomé dejaba fluir las emociones sin domesticarlas, como bien ha señalado Juan Domingo Argüelles, oscilando con gran libertad entre la oda y el réquiem, pues si bien el libro celebra el retorno a los orígenes de la vida, encierra sin embargo presentimientos de ruina, devastación y muerte. Por desgracia, la criminal deforestación de la Selva Lacandona ha convertido esas corazonadas en profecías y hoy el libro puede leerse como la crónica de un paraíso perdido.

Los grandes poetas tienen la virtud de enviciar a sus lectores. Pensaba zambullirme solo en ese libro de Bartolomé, pero la tentación me arrastró a releer Cuadernos contra el ángel, Música lunar, Partes un verso a la mitad y sangra y la antología El ser que somos, publicada en España por la editorial Renacimiento. Con la edad, los poetas suelen adquirir oficio, sabiduría o equilibrio, pero Bartolomé ha evolucionado a la inversa: su obra va ganando intensidad y pasión, sin perder altura literaria. Recomiendo esta bacanal de iluminaciones al lector cansado del hermetismo flácido en el que se ha estancado la poesía académica de nuestros días. En la obra de Bartolomé no hay acertijos grandilocuentes para exégetas universitarios, ni su formidable repertorio de metáforas degenera en la pirotecnia sin alma, como sucede con algunos poetas preciosistas: el delirio sometido a la máxima exigencia de precisión alza en vilo al lector y le corta el aliento. En la noche del trópico, “los astros pulen sus más finas dagas”, los ríos secos mueren “soñando sauces”, los ojos de la amada son “un pozo de relámpagos dormidos”, el amante que los contempla “bebe un trago de abismo” y el resultado de todas esas metamorfosis es un espejo más claro y profundo de la existencia. Pero sería un error querer entresacar los destellos más luminosos de una poesía cuya principal cualidad es la progresión emotiva del canto.

Condensada en “Invocación”, el arte poética de Bartolomé renuncia al estilo ampuloso, a la criptografía investida de autoridad intelectual, en busca de una elevación desnuda, la más difícil de alcanzar en cualquier género literario: “Lengua de mis abuelos, habla por mí [...] No me dejes hablar de lo que no he mirado [...] de lo que no he vivido / de lo que no he palpado [...] No permitas que salga por mi boca o mis dedos una música falsa.” Heredero de Antonio Machado y de su paisano Jaime Sabines, pero con una personalidad propia, Bartolomé es un romántico traslúcido, un místico del erotismo que ante el hechizo del cuerpo femenino teme disolverse en la irrealidad: “¿Y si no fuera cierto que existes, que te he visto / que he tocado tu carne y que he sentido tu sofocado aliento / gimiendo entrecortadas palabras de pasión y veneno?” Con rachas alternadas de humildad y soberbia, en momentos de egolatría irónica se permite humillar al mismísimo padrote de las musas: “¡Arrodíllate, Sol, te estoy nombrando!”, exige, dionisiaco hasta el despotismo, con la misma fe en los conjuros desesperados que llevó a Cuco Sánchez a implorar con voz gemebunda: “Háblenme, montes y valles, / grítenme, piedras del campo.”

Mezclando recursos de la poesía culta y de la canción popular, Bartolomé ha logrado trasponer el cerco del público minoritario. Ojo de jaguar lleva ya con esta trece ediciones. ¿Quién dijo que los poetas solo pueden aspirar a un prestigio endogámico? Al tender puentes entre la emoción y la inteligencia, entre el lenguaje de los iniciados y el lenguaje de todos, Bartolomé ha sacado a la poesía mexicana del aséptico refrigerador en que algunos impotentes crónicos desearían confinarla. ~