Palas y cucharas | Letras Libres
artículo no publicado

Palas y cucharas

¿Por qué nadie le quiere hacer caso al mercado? ¿No nos gusta lo que nos dice o simplemente no entendemos el mensaje?

El primer profesor de economía que tuve en la universidad nos prevenía sobre lo frustrante que podía ser especializarse en la materia. Esto se debe a que si uno se dice especialista en física cuántica o en genética, la gente declara su absoluta ignorancia sobre el tema, pero cualquier analfabeta se siente absolutamente calificado para opinar sobre economía. Nunca como ahora había compartido esa frustración.

El mundo está en la peor crisis económica de los últimos setenta años y eso motiva a políticos y comentarista de todo tipo a compartir con el mundo su “erudita” opinión, más ahora que las elecciones en Estados Unidos se acercan. El público los escucha, ansioso por encontrar las recetas mágicas que habrán de resolver definitivamente el problema y permitir que el sol vuelva a salir. Sin embargo, parece haber una reticencia total a escuchar lo que los mercados nos dicen (y quizá sería mejor idea escucharlos). Como siempre ocurre, la gente quiere beneficios sin sacrificios, como esos falaces comerciales que anuncian productos con los que uno puede perder diez kilos en una semana sin dieta y sin ejercicio.

En las últimas semanas, por ejemplo, hemos visto, por primera vez en la historia, que un bono emitido por el tesoro de los Estados Unidos a un plazo de diez años cotiza a tasas menores de 2%. Recordemos que la tasa de un bono es inversa a su precio, si existe abundante demanda por este, el precio sube y, por ende, la tasa baja. Parece que el copioso ahorro del mundo (y lo es porque nadie está invirtiendo o demandando otras cosas), se quiere refugiar en instrumentos que perciben como seguros, aun cuando no ofrezcan una tasa siquiera superior a la inflación. Es uno de esos momentos en los que hay tanta desconfianza que el mercado está más preocupado por tener la certeza de que les regresen el capital al vencer el bono, que porque el retorno sobre el capital sea atractivo (return of capital vs. return on capital). Un bono alemán, al mismo plazo, paga tasas similares; mientras que un bono italiano a ese plazo paga tasas que son más del triple que las alemanas, y un bono griego ha llegado a pagar más de 82% a un año, reflejando el total escepticismo sobre la capacidad que el gobierno de ese país tendrá de pagar lo que debe.

El mercado ha ignorado por completo la reducción en la calificación de Standard & Poor’s sobre la deuda estadounidense, y parece poco consternado por el déficit creciente. La deuda emitida por el gobierno estadounidense sigue siendo, sin duda, el refugio natural de valor, y el mercado da por hecho que Grecia va a estar pronto en suspensión de pagos, mientras crece la duda sobre la capacidad de pago de Italia. El mercado parece estar más preocupado por la recesión que por inflación. Estoy de acuerdo. Considerando que hay 25 millones de estadounidenses desempleados o subempleados, difícilmente habrá presión salarial en la economía.

Pero ¿por qué nadie le quiere hacer caso al mercado? ¿No nos gusta lo que nos dice o simplemente no entendemos el mensaje? Sería interesante ver qué pasaría si intentáramos usar la fuerza del mercado, en vez de tratar de oponernos a ella.

El presidente Obama anunció su enésimo plan para hacer frente al colosal desempleo y en este muestra su total desdén hacia los mercados. Propone, por ejemplo, continuar con seguros de desempleo que ya se han extendido por casi cien semanas. Para mucha gente, esta es la solución más “humana”, en mi opinión es todo menos eso. La fuerza de trabajo estadounidense se ha caracterizado por ser, antes que nada, flexible y móvil. La administración de Obama propone sindicalizarla a la fuerza (incluso prohibiendo el voto secreto entre trabajadores que elijen ser parte o no del sindicato, y obligar a que alguien pueda excluirse de aportar cuotas sindicales); y quiere arraigarla en sitios donde simplemente no hay empleos, garantizando que los trabajadores serán cada día más obsoletos, y cada vez más…dependientes. La cultura del entitlement (del “derecho adquirido”) impera. A pesar de la contundente evidencia de la quiebra del modelo de estado benefactor europeo, Obama parece empeñado en imitarlo.


El Sr. Obama pide 300 mil millones de dólares de estímulos adicionales sin tener un solo puente, carretera, aeropuerto o represa que mostrar por los 830 mil millones de dólares que recibió hace dos años. En sus propias palabras, ese estímulo “evitaría” que la tasa de desempleo rebasara 8%, pero esta ya superó el 10%. Ni el presidente del país más poderoso del mundo puede imponerle su voluntad al mercado. El dinero del “estímulo” se fue en pagar los sueldos de burócratas para evitar su despido de oficinas locales, estatales, o de entidades propiedad del gobierno. Los contratos sindicales con los maestros de escuelas públicas evitaron mantener empleados a los educadores jóvenes y mejor preparados, privilegiando a aquellos con más antigüedad en el puesto. Como siempre ocurre, los gobiernos asignan capital con criterios políticos más que económicos y eso sucede en todas partes, desde China hasta Estados Unidos. Por ello, resulta tan difícil justificar los cheques en blanco que el ejecutivo tiende a solicitar en situaciones apremiantes.

Todos parecen montarse en el dogma al discutir si aumentar el gasto público es positivo o negativo en momentos como este. ¿Es oportuno hacer gasto en infraestructura? Economistas keynesianos -como el premio nobel Paul Krugman de la Universidad de Yale- defienden la necesidad de gasto público agresivo e ilimitado para compensar la caída en la inversión privada y en el consumo, asumiendo que este generará recuperación y que eventualmente el crecimiento económico permitirá que la recaudación fiscal crezca para compensar los problemas fiscales originados por el alto gasto público. Propone que aun el gasto más inútil, como una guerra, tendría el efecto deseado. Estoy en desacuerdo.

En mi opinión, hay que alejarse del dogma y ser absolutamente pragmáticos. Ciertamente, la economía de cualquier país se compone de la suma de consumo privado, inversión privada, gasto público y exportaciones netas (exportaciones menos importaciones). Es una certeza aritmética observar que si el consumo está cayendo porque las familias están muy endeudadas (y muchos jefes de familia desempleados), si las empresas no están realizando inversiones nuevas (pues tienen capacidad ociosa y no hay perspectivas de que la demanda por sus productos y servicios aumentará), y las exportaciones netas presentan perspectivas poco halagüeñas (pues las economías de los países a donde exportamos tienen problemas), solo el gasto público puede amortiguar la caída. Sin embargo, no hay que ver el gasto público de manera homogénea.

Ciertamente, el gobierno de Estados Unidos puede invertir (conste que no “gastar”) agresivamente debido a que puede financiarse a tasas históricamente bajas. Dígale a cualquier empresario que puede hacerse de financiamiento a 1.8% a diez años, o a 2.8% a treinta años, y se le hará agua la boca. No es difícil encontrar proyectos que tengan rentabilidades claramente superiores a ese costo para financiarlos. Con base en esto, el gobierno podría aprovechar para construir infraestructura inteligente, con criterios de rentabilidad. En mi libro (La próxima gran caída de la economía mundial, Random House) hablo del ejemplo del puerto de Nueva Orleans. Este requiere de algunos miles de millones de dólares para modernizarse y poder dar cabida a los barcos de grandes dimensiones que pronto podrán cruzar por el Canal de Panamá. Esa inversión pública generaría un efecto multiplicador entre empresas privadas nacionales en internacionales que querrían establecerse en este puerto para aprovechar sus ventajas relativas, fomentando empleos y la creación de nuevas empresas. Financiar esa inversión a tasas de 2% hace mucho sentido.

Por otro lado, cuando vemos que el gobierno de Estados Unidos le dio más de 500 millones de dólares a la empresa Solyndra que hace paneles solares y que acaba de declararse en quiebra, el proceso de inversión se vuelve el epítome de la objeción a la asignación discrecional de gasto por parte del gobierno. Los recursos se le dieron a una empresa poco eficiente que parecía apoyarse en la tecnología equivocada, y a pesar de múltiples y oportunas advertencias sobre el excesivo ritmo de gasto de la empresa, el departamento de energía desembolsó los recursos meses antes de la quiebra de la empresa, generando sospecha debido al hecho que el empleado del departamento de energía encargado de asignar miles de millones de dólares de fondos fiscales a proyectos de energía renovable, fue uno de los principales benefactores de la campaña del presidente. Obama ofreció uno de sus múltiples discursos desde las instalaciones de la empresa, hablando sobre las bondades de la inversión gubernamental para generar empleos (más de mil en este caso), y el vicepresidente Biden participó en la ceremonia para la apertura de la nueva planta. La semana pasada, el director general y el director financiero de la empresa se negaron a testificar ante la comisión legislativa que investiga este escándalo, para evitar auto-incriminarse. ¿Debería el gobierno estadounidense ser quien decida cuáles son las tecnologías nuevas a apoyar y fondear? ¿Deberían desembolsar miles de millones apoyando empresas que por años no harán sentido económico? No, dejemos ese tipo de absurdo a los chinos, quienes pronto pagarán su arrogancia.

Pensar en gasto público como generador de empleo es fundamentalmente absurdo debido a que la gente intuye que el aumento en el gasto de hoy es el aumento de impuestos de mañana y ajustan su consumo e inversión a esa expectativa (por eso a lo que los economistas llaman “equivalencia ricardiana”). Dado que sus criterios de asignación de recursos son políticos y no de rentabilidad económica, los gobiernos tienden a matar moscos con escopetas desperdiciando enormes cantidades de recursos que posteriormente tienen que ser recaudadas. Nada más fácil que gastar dinero que no es de uno. Un buen ejemplo de ello está en la actual situación del Servicio Postal de Estados Unidos. Este tiene que recibir 5,500 millones de dólares de subsidios este mes, para hacer pagos que provienen del déficit anual de más de nueve mil millones de dólares. ¿Cómo se originó este déficit? Porque en la era del correo electrónico el sindicato de trabajadores postales impuso, hace años, una restricción en la cual se prohíbe correr a los empleado. El costo laboral del servicio postal asciende a 80% del gasto total, mientras que para empresas privadas como Federal Express es 32%. Este el tipo de “estímulos” que el presidente Obama pretende sostener, manteniendo a toda costa empleados a trabajadores estatales (quienes típicamente votan por el Partido Demócrata, y cuyos sindicatos son el mayor contribuyente a sus campañas).

Cuando Milton Friedman, el famoso economista monetarista de la Universidad de Chicago, viajaba por Asia observó la ausencia de maquinaria pesada en la construcción de una carretera. Su guía le respondió que no había tal debido a que eran proyectos que se hacían para fomentar el empleo. Friedman respondió: “si de eso se trata, por qué no les quitan las palas y se las cambian por cucharas”.

En un mundo ideal, el gasto público sería eficiente, incorruptible, haría sentido económico, y carecería de sesgos partidistas. En la realidad, los gobiernos son pésimos inversionistas y tienden a premiar a sus amigos con este. En una situación como la actual, cuando el gobierno puede financiar el gasto a costos mínimos, es infinitamente más fácil encontrar proyectos que hagan sentido económico. Pero es ese y solo ese criterio el que tiene que imperar al decidir realizar o no una obra pública, incluso en este terrible momento de la economía mundial.