Bancos ricos contribuyentes pobres (segunda parte) | Letras Libres
artículo no publicado

Bancos ricos contribuyentes pobres (segunda parte)

Es probable que una de las principales causas de la crisis que vivimos provenga de la falta de transparencia en los precios de algunos activos financieros, carencia que a su vez se desprende de herramientas como los Credit Default Swaps (una especie de seguro que uno compra para cubrirse del riesgo de que el emisor de un bono no lo pague). Éstos dieron una falsa sensación de seguridad que llevó a que muchos inversionistas tomaran mucho más riesgo del que era razonable. Se sentían amparados por seguros cuyo bajo precio provenía de subestimar la probabilidad de que eventos que provocaran “defaults” masivos en efecto sucedieran.

El poder destructivo de precios artificialmente sesgados no parece ser una lección aprendida por Summers y Geithner. El plan recientemente anunciado implica dos medidas que inyectan opacidad a los precios de las clases de activo más frágiles: cambiar las reglas sobre valuación de activos y promover un PPIP (plan que promueve la participación conjunta pública y privada para invertir en activos tóxicos) que asume el riesgo en forma totalmente asimétrica.

En el primer caso, cambian las reglas para valuar ciertos tipos de activo no en base al precio al que se negocian en el mercado (pues se considera que éste es irreal, ya que hay pocas transacciones y una excesiva aversión al riesgo), sino en base a modelos desarrollados por los propios bancos. Como se dice, pasamos del mark to market al mark to myth (de basar un precio en el mercado, a hacerlo en base a algún mito).

El segundo caso se da a partir de un enredado esquema en el cual la inversión inicial del comprador es igualada uno a uno por el TARP (programa para el rescate de activos en problema que aportará hasta cien mil millones de dólares), y después apalancada seis veces con recursos del FDIC (corporación federal para asegurarar depósitos bancarios que aportará más de 800 mil millones de dólares). El comprador potencial de los activos se queda con la parte proporcional de la utilidad si gana, y si pierde no tiene que pagar el adeudo contraído al apalancar la operación (la deuda equivale a 85% del valor de la operación).

Nuevamente, se trata de un esquema en el cual si el especulador gana, se queda con la utilidad, y si pierde, es el contribuyente quien pone los recursos. Evidentemente, si de lo que se trataba era de poner un precio justo a los activos tóxicos, este mecanismo hace todo menos eso. Por si fuera poco, algunos bancos rescatados anuncian que quieren participar en el esquema COMPRANDO activos. Es decir que, si se les permite, pueden comprarse unos a otros los activos tóxicos financiados con recursos del contribuyente, sabiendo que si la situación se deteriora más y pierden, el que pierde es el fisco, y se quedan con la utilidad si ganan. Se puede generar una especie de ping pong en el cual en vez de vender activos tóxicos en el mercado, un banco se los vende al otro a precios cada vez más altos, sabiendo que es ese precio excesivo lo que permitirá que los bancos se recapitalicen, con la tranquilidad de que cuando un activo reviente será absorbido por el contribuyente.

Al hacer esto, la administración de Obama continúa su saqueo sistemático del erario, utilizando herramientas que no requieren de aprobación del congreso. En sentido estricto, no están inyectando recursos, solamente están “financiando” el rescate, que se vuelve gasto público sólo cuando el comprador de los activos no paga el préstamo. Por si fuera poco, la semana pasada se anunció también la compra de 1.2 billones (millones de millones) de dólares de bonos del tesoro y bonos con garantía hipotecaria en los mercados, con recursos que provienen de la Reserva Federal; éstos tampoco están sujetos a aprobación del congreso.

¿Se pregunta por qué un plan de rescate tan miope le gustó al mercado accionario? Porque la grotesca mecánica para pasarle a los bancos dinero de los contribuyentes indica que esta administración sigue estando dispuesta a todo antes que a nacionalizar los bancos. Una nacionalización implica que el valor de mercado del banco se vaya a cero –lo cual es malo para el mercado- mientras que esta inyección sólo incrementará su valor a corto plazo.

Pero no cantemos victoria. Todos los recursos que se despilfarran hoy tendrán que acabar recaudándose como impuestos, o financiándose como deuda pública el día de mañana. Una u otra medida limitarán la capacidad futura de crecimiento económico.

Siendo Obama un presidente que como candidato predicó la transparencia fiscal, resulta perturbadora la flagrante falta de ésta.