Drogas de la frontera | Letras Libres
artículo no publicado

Drogas de la frontera

 

 

 

La nieve del desierto

El imaginario del narcotráfico no es, en principio, tener mucho dinero y mujeres sino desafiar a la ley: de sombrero y botas, o sin camisa para que se vean los tatuajes de "Malverde es amor", los retadores ostentan sus armas, abren paquetes de "nieve", "cristal", "perico", "tucán", hacen de cualquier detención policiaca una parodia, y te miran fijamente. Es en esa mirada, que nunca guarda relación con su suerte, en la que se esconde la incomprensible certeza de la propia invencibilidad.

Las pupilas fijas entrañan la rivalidad, ambición, intimidación y desprecio que se sienten cuando uno cree que las balas no matan. Son teatralizaciones de un imaginario de virilidad fronterizo mucho más antiguo que el tráfico de drogas: las representaciones de los dos "santos" que son invocados cada vez que se está a punto de pasar la frontera con un cargamento —Jesús Malverde y Juan Soldado— tienen ojos helados.

Son el ideal de la justicia dentro de la ilegalidad. El primero, Malverde, ha sufrido una especie de traición popular: de ser el ladrón de diligencias enfrentado al primer gobernador de Sinaloa que encabezó el tráfico de opio hacia los Estados Unidos en 1909, pasó, casi setenta años después de su asesinato, a ser el "santo" de Caro Quintero y los hermanos Arellano Félix.

Malverde, a quien de nunciaron precisamente los chinos que cultivaban el opio para el gobernador Cañedo, es hoy el "narcosanto" más conocido, a tal grado que la policía de Phoenix, Arizona, tiene entre sus procedimientos habituales detener a cualquiera que lleve "un arete, collar, hebilla o distintivo de Malverde". El segundo, Juan Soldado, quien fue acusado por un padre de familia de haber violado y asesinado a su hija cuando él mismo era el responsable, es la encarnación de la injusticia de las leyes.

Ninguno de los dos fue un bandido social. De ellos se rescata su fiereza y cierta justificación mítica de la ilegalidad: justicia y ley rara vez son la misma cosa. Ese es el sentido profundo de las imágenes de Pablo Ortiz Monasterio en San Luis Río Colorado, el pueblo de paso obligado entre Mexicali y el estado de Sonora.

Pero el imaginario de la ilegalidad, además de servir como asidero cultural a una añeja idea de la virilidad como dominación, búsqueda de poder e insensibilidad, también va tejiendo la historia de muchos pueblos y ciudades mexicanas en los últimos años.

San Luis Río Colorado, como los pueblos productores de heroína en Guerrero o los "pescadores" de paquetes blancos en Quintana Roo, da cuenta del cambio radical que implicó tanto el vuelco de los norteamericanos hacia las "drogas de diseño" en laboratorios locales como la decisión de los cárteles colombianos de pagar con droga a sus socios mexicanos: sin dólares "calientes", los narcos nacionales decidieron abaratar la mercancía para crear mercados aquí.

Los datos oficiales son señales de ello: si en 1993 sólo el 3.9% de la población confesaba haber usado drogas ilegales alguna vez en su vida, en 1998 era casi el 17%. Sólo durante 1998, el consumo aumentó 40%. Según datos del Instituto Mexicano de Psiquiatría, la edad para iniciarse pasó en un lustro de los 15-18 años a los 10-14 y la tendencia es hacia un mayor consumo por parte de las mujeres.

Hoy —asegura Roger Rumrill en Associated Press— el 43% de los casi trece millones de adictos a la cocaína en el mundo están en Brasil y México, el 39% en Estados Unidos y Canadá, el 10% en Europa, y el 8% restante en África, Asia y Oceanía.

La imagen lograda por Ortiz Monasterio de la chica boqueando en el suelo es sólo una señal de lo rentable que ha resultado comenzar a vender drogas a bajo precio en México.

Los ingresos de los cárteles mexicanos se calculan entre siete y quince mil millones de dólares al año, mientras en el momento de mayor auge de los cárteles colombianos, cuando los hermanos Rodríguez Orejuela, sus ingresos llegaron apenas a los cuatro mil millones de dólares. Somos los perfectos consumidores: creemos que la coca y la "tacha" son signos de estatus, desafiamos lo que sea que esté prohibido, somos los pobladores inexpertos de las ciudades fantásticas.

A la mañana siguiente le sigue un aumento preocupante de la delincuencia cometida —da igual— bajo los efectos o para conseguir de nuevo el boleto a esa película donde somos realmente grandes.
     La chica en la foto es la culminación de una historia donde la modernización se vive como una secuencia de simulaciones que instaurarán definitivamente la grandeza: su pueblo fue precariamente fundado por Kino en un lugar muy al sur de donde ella se encuentra, que luego pasó a manos de Guillermo Andrade, quien tuvo la propiedad de trescientas mil hectáreas en la actual Sonora y Baja California y que vendió a la Colorado River Land Company para, más tarde y durante las décadas del Milagro, ser la sede de un pueblo productor de trigo y algodón.

Trescientos años después, ella es una de las posibles encarnaciones del país "justo pero ilegal" que, a falta de nuevas tierras fantásticas, dormita inconexa a los pies de sus compañeros de la larga noche fronteriza.
     Muchos la entendemos: el sueño de la modernidad acaso no sea otra cosa. -.