¿Dónde está Sebald? | Letras Libres
artículo no publicado

¿Dónde está Sebald?

En la rampa que da acceso al Centre de Cultura Contemporània de Barcelona hay mariposas. Muchas mariposas. Nada cursis. Son negras, de papel. Se posan en las paredes, incluso en el ordenador de una de las chicas que venden las entradas para la exposición “Las variaciones Sebald”. En el área diáfana de los ascensores y las infinitas escaleras mecánicas, desde donde se divisan las tres plantas del CCCB, las treinta mil mariposas esparcidas por los muros ya no parecen mariposas, sino murciélagos, o algo peor: una plaga. Acechan. Impresionan. Dan entre repelús y miedo. Y los visitantes se hacen selfies.

El artista mexicano Carlos Amorales empezó a trabajar con la imagen de la mariposa negra, y poco después descubrió que estas figuran de un modo destacado en Austerlitz, último texto en prosa que escribió W. G. Sebald antes de morir al volante en 2001. En la novela, los surcos de luz que las polillas dejan al revolotear junto a una lámpara son ilusorios, representan el reflejo de lo que ya no existe. Del mismo modo funcionan los recuerdos.

Una de las principales características del autor de Los anillos de Saturno es que no imprimió una huella estrictamente literaria; su obra tiene una capacidad transversal que interesa a múltiples disciplinas. “La exposición podría haberse titulado ‘El legado de Sebald’, o ‘Las herencias de Sebald’”, apunta Jorge Carrión, comisario de la muestra junto a Pablo Helguera. Y así, como mariposas golpeando una bombilla, trece artistas y cuatro escritores aletean alrededor de la cuestión: ¿qué significa sebaldiano?

El primer rastro de su estela lo deja su amigo Jan Peter Tripp, que lo retrata –acrílico sobre tela y aluminio– de forma hiperrealista, entre la luz y las sombras. Cuando Carrión fue a visitarle, en un viaje que lo llevaría tras los pasos del autor de Vértigo, después de cenar y mientras apuraban una botella de vino, Tripp recuperó la caja donde guardaba su correspondencia con Sebald. Nunca la había abierto y se emocionó. Postales tras vitrinas en las que el autor le dice al pintor que no entiende cómo puede escribir en líneas tan rectas, o donde pide el duplicado de unas diapositivas, nos dan la bienvenida a su mundo de itinerarios y collages en el que todo está entramado, y todo adquiere sentido, aunque no lo parezca a simple vista. Otra muestra de su bricolaje creativo la hallamos en un cajón con manuscritos y fotos de Austerlitz.

Así empieza el recorrido, entre los pesados átomos que conforman un universo que solo puede ser ordenado en el caos aparente cuando nos preguntamos: ¿qué hay de Sebald? ¿Qué hay de Sebald en Jeremy Wood, por ejemplo? Wood plasma los datos que su gps ha grabado durante quince años en un mapa de Londres cuyas líneas se imprimen en blanco sobre seda negra; los caminos que él toma con mayor frecuencia, repasados una y otra vez, destacan sobre los demás. Los pliegues de la seda distorsionan el mapa igual que la memoria distorsiona el pasado.

Mariana Castillo Deball propone una investigación mediante los billetes de tren de los inicios del ferrocarril alemán. Susan Hiller, por su parte, fotografía caminos; podrían evocar los paseos del escritor. Son verdes, bellos, tranquilos, hay árboles. Aunque las gentes locales aún se refieren a ellos por sus nombres –Judenbuckel, Judenpfad, Judengasse– , esos nombres desaparecieron de los letreros porque contenían la palabra “judío”.

Guido van der Werve convierte la melancolía en una película protagonizada por él mismo. En ella, hace triatlón extremo. Cubre a nado, en bicicleta o corriendo el trayecto que lo lleva de Polonia a Francia, mientras una orquesta sobre la hierba interpreta un réquiem, y el conjunto nos habla de Alejandro Magno y de Chopin.

Los baños de luz de Josiah McElheny, los paisajes acechados por el espionaje de Trevor Paglen, o el retrato de la mujer a través de las diapositivas de la abuela de Andrea Geyer, que sigue en sus pesquisas la misma metodología de Sebald, nos conducen hasta la obra 0º00’00’’, de Simon Faithfull. En ella, vemos desde su espalda la grabación de un hombre que se empecina en caminar, sin desviarse, justo por la línea imaginaria del Meridiano de Greenwich, con la ayuda de un gps; si un muro se interpone en su camino, lo trepa; si hay un río, lo cruza; si es una casa particular, entra y vuelve a salir por el otro lado. Esta acción, con ecos dadaístas y situacionistas, transcurre en la misma geografía inglesa de Los anillos de Saturno.

En Resurrección, Núria Güell se plantea la memoria histórica de la siguiente manera: con una tarjeta de crédito a nombre de un maqui asesinado en los años treinta, compra varios objetos propagandísticos a la Fundación Francisco Franco. Nunca los pagará, y los enterrará en una cuneta. Taryn Simon va por el mundo a la búsqueda de personas oficialmente fallecidas que no lo estaban en realidad. Por ejemplo, aquellas a las que una ley de vagos y maleantes condenaba por ser homosexuales. El resultado es un mosaico fotográfico de los familiares de cada uno de los falsos desaparecidos, en el que hay ausencias presentes en imágenes en blanco, o la ropa de los que no están.

Y de los fantasmas a lo oculto. Un bien documentado Fernando Sánchez Castillo expone maquetas de los búnkeres que protegieron algunos monumentos madrileños durante los bombardeos de la Guerra Civil. Fueron construcciones efímeras hechas con ladrillos, y nadie recuerda ya que esos búnkeres existieron. El artista se convierte aquí en un arqueólogo político y memorialista necesario.

La exposición cuenta también con cuatro escritores invitados. Julià de Jódar, cuyo mundo literario es muy afín al del autor alemán, participa con un relato que enlaza líneas narrativas dispares para construir una historia muy humana que va desde el colonialismo del XIX hasta la crisis bélica de la Europa del XX y trata sobre la destrucción. Piedad Bonnett presenta un poema en relación con la lectura y su propia intervención en un ejemplar de Los anillos de Saturno perteneciente a su biblioteca; subrayó el libro y utilizó para dibujar sobre sus páginas los lápices de colores de su hijo, un artista que se suicidó cuando su carrera acababa de empezar.

Reinaldo Laddaga hace un ejercicio genealógico en el que conversan las artes plásticas y las performáticas. Y Valeria Luiselli, que trabaja en los límites entre la realidad y la ficción, el ensayo y la novela, y también con lo fantasmagórico y extraterritorial, une texto, voz y polaroids para construir una arquitectura propia de su lectura.

Y así, tras una inmersión en las diversas percepciones sebaldianas, guiados por los textos de Carrión que nos acompañan desde las paredes –“Doce variaciones y un epílogo”–, llegamos al Teatro Sebald, creación de Pablo Helguera en la que confluyen todos los caminos. Allí se proyectan películas que inspiró, y también sus conferencias. Lo vemos, oímos su voz, nos despide su propio fantasma, todavía omnipresente, que parece interrogarnos, existencial y burlón: “¿Dónde está Sebald?” ~

 

“Las variaciones Sebald” se puede ver en el cccb hasta el 26 de julio.