Donald Trump: politizar la vanidad | Letras Libres
artículo no publicado

Donald Trump: politizar la vanidad

El problema para Trump no es que sea un candidato de humo sostenido a base de bullying sino que llega en un momento de cambio en las ideas y valores de la sociedad estadounidense.

Donald Trump. Time to Get Tough. Regnery Publishing, 2011, edición actualizada 2015. 216 pp.

Michael D’Antonio. Never Enough. Donald Trump and the Pursuit of Success. Thomas Dunne Books, 2015. 389 pp.

Time to Get Tough y Never Enough son dos libros que se complementan para ayudarnos a entender por qué el discurso de Donald Trump es tan atractivo y por qué el magnate de los bienes raíces no será jamás presidente de los Estados Unidos. Por esa doble calidad, son una aportación valiosa para explicar algunos aspectos de la psique estadounidense contemporánea.

Si alguien busca un ejemplo sencillo de cómo funciona la ideología en el discurso político estadounidense, Donald Trump llega como caído del cielo. En el primer párrafo del cuarto capítulo de Time to Get Tough (p. 49) se lee:

En las primeras dieciséis horas de su semana laboral de cuarenta, usted trabaja gratuitamente. O puesto de otra manera, durante los primeros cuatro meses y medio de su año laboral, el gobierno confisca, en forma de impuestos, hasta el último centavo del dinero que a usted tanto le costó ganar.

Hice circular la frase entre algunas amistades progresistas en Washington, pidiéndoles identificar el obvio contrargumento izquierdista; nadie lo hizo. En América Latina, el estudiante de primer semestre de ciencias sociales lo sabe de memoria: por supuesto que los trabajadores laboran gratis una parte del tiempo; una vez producido el valor equivalente al salario, el patrón se apropia el plusvalor generado en el resto de la jornada. Pero Trump y los populistas de derecha prosperan en un ambiente intelectual en el que las perspectivas críticas sobre la economía están a buen resguardo en la academia, y aun cuando se expresan en un discurso político, como el de Bernie Sanders, el tono es mucho más moral -justicia económica- que estructural.

El mensaje de Donald Trump es simple y transparente y se dirige a los hombres blancos de clase trabajadora: ustedes están jodidos porque el gobierno los victimiza, exporta sus empleos al extranjero, se queda con un tercio de su dinero y promueve a mujeres, negros, inmigrantes y gays a costa suya. Y por si fuera poco, les quiere quitar la escopeta que les dejó su abuelo.

Ante los ojos de la élite liberal de las grandes ciudades, el destinatario de este mensaje de Trump aparece como un aldeano troglodita dispuesto a linchar a todos los diferentes. Ejemplos abundan que refuerzan el estereotipo, pero menos común es el esfuerzo por entender a este segmento de la población. En las últimas cuatro décadas, los trabajadores blancos que viven en las ruinas industriales del noreste del país, el “cinturón del óxido” de los Grandes Lagos, y otras áreas del medio oeste, han sufrido realmente una pérdida, en gran medida, de estatus social. Gradualmente fueron perdiendo sus empleos calificados y la seguridad económica concomitante cuando las fábricas cerraron y se mudaron a otros países; a duras penas lograron colocarse en puestos inestables, con horarios irregulares y sin prestaciones; vieron cómo las jerarquías de género se iban disolviendo a su alrededor; y para acabarla de amolar, ya ni siquiera pudieron desquitar sus frustraciones con la familia en casa ni a través del bullying contra los compañeros de trabajo negros o latinos. El otrora héroe estadounidense por antonomasia, el “average Joe” empleado de clase media, se convirtió en el tío empobrecido y alcohólico que abochorna a la familia porque no recibió el memorándum sobre las conductas socialmente inaceptables.

El genio de Trump es que emplea la misma imagen del trabajador blanco en caída libre para representar a un país que, en la visión conservadora, dejó de ser el mandamás para convertirse en el hazmerreír del mundo. Las casi doscientas páginas de contenido de Time to Get Though… son variaciones sobre el mismo tema: en el exterior China y los países árabes petroleros -y al interior los inmigrantes y las minorías en las nóminas de la seguridad social- se aprovechan de los honestos y esforzados Estados Unidos; el gobierno de Obama es “estúpido” y agachón frente a los aprovechados y tiránico frente a sus ciudadanos. Ha llegado el momento de “ponerse duro” (get tough) frente a las amenazas: forzar a China a revaluar su moneda, apropiarse del petróleo árabe sin contemplaciones y poner en orden a los enemigos internos. ¿Y quién más para dirigir la carga de los valientes que el maestro del trato ventajoso (good deal), el constructor de obras majestuosas, y triunfador en todos los aspectos? Lo personal es político es su versión machista: el héroe caído y vilipendiado puede levantarse a fuerza de reivindicar su hombría y con el mismo vuelo restaurar al país en el pedestal del liderazgo mundial. He ahí la clave del éxito del discurso de Trump.

El lector no encontrará mucha variedad en sus páginas, pero en cambio conocerá la técnica del moderno testamento político estadounidense: frases cortas y precisas, expresiones francas, ideas reducidas a su mínima expresión, rinse and repeat. Mucho más interesante es la reflexión sobre lo que el mensaje de Trump nos dice sobre la percepción del éxito y la riqueza materiales en la sociedad estadounidense contemporánea. Para ello, Never Enough (Nunca es suficiente), de Michael D’Antonio, es una guía valiosa. Sin embargo, primero hay que sortear un obstáculo no menor. El libro, una especie de biografía empresarial de Trump, es lento y farragoso. La narrativa limpia y pragmática de los ghost writers de Trump establece un gran contraste con los meandros del relato y la profusión de detalles monetarios de D’Antonio. Pero las tesis son muy buenas.

A nivel de los valores públicos, la historia de Estados Unidos puede entenderse como un movimiento pendular entre el aprecio por el igualitarismo y el bien común, en un extremo, y la fascinación por la obtención y ostentación de la riqueza, en el otro. Ya Tocqueville describía el momento fundacional del país con base en la igualdad social, pero la fiebre del oro y la revolución industrial crearon la primera época dorada de derroche, riqueza desmedida y desigualdad. Eventualmente, la Gran Depresión y el desarrollo de la postguerra recentraron la escala de valores en la clase media, hasta que el reaganismo volvió a poner en boga la ambición, el enriquecimiento y el éxito a toda costa como modelos de conducta.

Al igual que su abuelo alemán, que se hizo rico ofreciendo todo tipo de servicios, desde alimentos hasta prostitución, a los gambusinos del Ártico, Donald Trump es a la vez impulsor y producto de una época. Fue un visionario urbano que se empeñó en restaurar y construir edificios de lujo en la lúgubre ciudad de Nueva York de los años 70. Aunque el consenso neoyorquino no vea sino adefesios y monumentos al mal gusto en los desarrollos que llevan el sello y el nombre del magnate, la verdad es que Trump estuvo entre los pocos empresarios con voluntad de arriesgar el dinero (muchas veces ajeno) que contribuyeron al renacimiento de la decadente urbe desde finales de los 80. Pero, como nos explica, D’Angelo, ese Trump de los años 70 y 80 era en realidad un mediocre gestor de negocios y a principios de los 90 estaba bajo el agua, con empresas en bancarrota y sus finanzas personales vigiladas por sus acreedores. Lo que lo salvó es lo que lo ha convertido en leyenda: la habilidad de capitalizar la fama y las relaciones y vivir de la pura imagen, en una sociedad obsesionada con sus celebridades en la cúspide del poder y el dinero.

El empresario que promete rescatar la economía estadounidense y crear riqueza que se desparrame hacia todos lados es un mal operador de sus empresas. El bravucón que jurar tener “los tamaños” para meter en cintura a los chinos y los inmigrantes es cero sustancia y pura actitud. Es una buena metáfora del neoliberalismo y la escala de valores que lo acompaña: éxito a como dé lugar, ostentación, intolerancia a las críticas, y pésima gestión económica barrida bajo la alfombra de los libros de contabilidad.

El problema para Trump no es que sea un candidato de humo sostenido a base de bullying y autocelebración. Ronald Reagan no era mucho mejor. El problema es que Trump llega en un momento de cambio en las ideas y valores de la sociedad estadounidense. La crisis de 2008 dio la pauta para la crítica de la segunda Gilded Age de billonarios ostentosos y socialmente insensibles. Trump se disparó en las encuestas con el ímpetu del último aliento, pero ya tocó techo y ahora lo veremos desinflarse con rapidez. Lo que podemos desear es que se lleve entre los pies a los demás promotores de su visión económica, que siguen siendo legión en Estados Unidos.