Don Quijote puede resucitar | Letras Libres
artículo no publicado

Don Quijote puede resucitar

PERSONAJERÍO REVISITADO

Hay libros a cuyas páginas volvemos como para interrogarnos sobre nuestra propia vida más que sobre la historia que cuentan, libros que releemos de la manera como nos interrogaríamos leyendo las líneas de nuestra mano, como si examinando las líneas de esas manos de papel y tinta, quisiéramos precisar, a la vez, el sentido de lo ya vivido y el proyecto de lo que está por vivir.

Releemos esos relatos queriendo despertar a un horizonte matinal que a la vez sea conocido e ignoto, y, aun si recordamos la historia relatada y hasta el tono de la escritura, buscamos ahora algo que todavía habría quedado entre líneas: algún pasaje de incitadora sombra o de esperanzada incertidumbre en el protagonista, o en ese otro personaje que había estado en un segundo o tercer plano del relato y que súbitamente ilumina la relectura, de modo que ahora adquiere más vida que el protagonista mismo.

Por fortuna para el libro y su lector, don Quijote, ese loco por los libros, aún no acaba de ser descifrado en la enésima lectura, aún su verdadero ser y su estado fronterizo entre quimera y realidad, entre cordura y locura, entre Quijano o Quijote, siguen imprecisos, y el Caballero de la Triste Figura encontrará por fin y de veras a Dulcinea. Por fortuna, al revisitar la historia de Fabrizzio del Dongo, seguiremos sintiendo que su destino está jugándose sobre la posibilidad de ser otro, de extraviarse en busca de otras aventuras que el autor no escribió, pero que están latentes en el imaginable reverso del relato. Por fortuna, sabemos que si Lord Jim muere en pago de la deuda de honor contraída con su noble sueño, si se deja matar en voluntario sacrificio, cerrando esa segunda oportunidad que había pedido al mundo, nosotros, los lectores, le daremos una tercera oportunidad, reescribiremos mentalmente su aventura dentro de nosotros. Y por fortuna, aun si el joven militar Giovanni Drogo le pide al desierto llamado de los Tártaros un grande y glorioso hecho que justificaría su vida y su larga espera, si finalmente agoniza sin haber dado la gran batalla soñada, sentimos que en el horizonte desértico sigue latiendo en secreto un heroico y glorioso destino que sólo para él estaba prometido y por el cual seguirá vivo.

Tanto la novela de Cervantes como la de Stendhal y la de Conrad y la de Buzzati mantienen en nuestros retornos de lector la grata sospecha de que la historia de cada personaje pudo ser otra, recomenzar, desarrollarse y concluir de muchas otras maneras.

Así permanecen vivos los personajes del Quijote, de La Cartuja de Parma, de Lord Jim, de El desierto de los tártaros... etcétera. Los interrogaremos una y otra y otra vez, y siempre como por primera vez, y se mantendrán en pie, vivos en la medida en que nunca habrán rendido sus grandes o pequeños secretos. Sabemos los caminos y aun las desviaciones y atajos y rutas equivocadas que Cervantes le ha escrito a su caballero, pero, tanto en la relectura como en el recuerdo, don Quijote sigue caminando hacia las aventuras soñadas, o sigue abandonando al capricho de Rocinante el trayecto que habrá de seguir, y la Noche de los Batanes, que el caballero y Sancho pasan en vela imaginando, temiendo y deseando quién sabe cuáles peligros, extiende su magnífica inquietud a toda la historia narrada, la reaviva con la aventura que, arteramente negada por el autor a sus criaturas, podemos reescribir nosotros en nuestras páginas interiores. Fabrizzio del Dongo se retira al sacerdocio, o más bien "es retirado" por el novelista, pero nosotros, en ese soñar despierto que es leer y releer, podemos darle otro giro a su destino, hacer que, como a Julien Sorel (el de Rojo y negro del mismo autor), se le vean las espuelas militares bajo el borde de la sotana, indicando la vacilación entre dos vocaciones. Y si Lord Jim, después de haber mirado al cielo abierto, de haber respirado profundamente el aire de su última mañana, muere de un disparo del fusil al que se ha enfrentado voluntariamente, le enmendaremos la página a Conrad, y leeremos, es decir "escribiremos", que el disparo se ha desviado, ha ido al aire, dejando intactos a Jim y a su noble sueño. Y del mismo modo nos sentiremos autorizados, desde la lectura interior, a levantar del lecho mortuorio a Giovanni Drogo, revestirlo con el uniforme y hacerlo subir a la atalaya para seguir avizorando el vasto horizonte desde el cual inesperadamente llega el enemigo esperado. Pues la relectura puede volver a ser una renovada primera lectura en la que vayamos descubriendo la otra historia por contar: la historia latente.

Cada nuevo requerimiento a un texto ya dizque conocido abre otras puertas a nuestra mirada. Es la esperanza de que entre las líneas ya escritas, ya impresas, ya muy releídas, se deje ver la parte de la historia no escrita. Así los poderes narrativos seguirán viviendo y se encaminarán al horizonte abierto en el que hay una nueva promesa. Pues, a final de cuentas, no hay relectura: Nadie lee dos veces el mismo libro.

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P.S. Amigo lector (si lo hay), te invito a leer mi libro Portarrelatos, recién publicado por Ficticia-UNAM, en el que, entre personajes míos, respetuosa e irrespetuosamente me atrevo a releer, a reescribir algunos personajes inmortales.

Milenio. Domingo 1º de julio de 2007