Disyuntivas: En este oficio los errores salen caros, parte II | Letras Libres
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Disyuntivas: En este oficio los errores salen caros, parte II

Nuestro héroe ha decidido aceptar el trabajo, ahora en la segunda entrega del cuento interactivo, tendrá que enfrentarse a un viejo conocido

Leí el texto completo. Tardé media hora. Un segundo después ya estaba arrepentido de haberlo leído. Y al segundo siguiente, ya estaba pensando en sacarme los ojos por haberlo leído.

—¿Y bien?

El presidente era un hombre de 45 ó 46 años, se diría que rudo, pero en realidad parecía bastante nervioso al momento de escuchar mi dictamen.

—Creo que tiene solución— mentí.

Sonrió como lo había hecho 80 minutos antes cuando nos presentaron y quiso impresionarme con su biblioteca de diez mil volúmenes. “A ver si descubres cómo está ordenada”, había dicho con la misma actitud de un adolescente. Por cortesía, me quedé callado, aunque era bastante evidente que los alemanes, los austriacos y los argentinos compartían el mismo librero.

—Me parece que unos puntos y comas más—retomé la conversación—. La sintaxis, la conjugación de algunos verbos irregulares…

—…y los adjetivos y las citas equivocadas y el latín mal escrito y las oraciones subordinadas. No me quieras ver la cara de imbécil, Cohen. ¿Crees que no me doy cuenta de mis limitaciones?

—Bueno... —no suelo combinar la cabronería con la lástima.

—Esto es mucho más que una corrección de estilo, Cohen. Tiene que ver con una reinvindicación personal, ¿lo captas?...

—…REIvin

—Con vencer el maldito pasado.

—…dicación

—Te contaré una historia. Sucedió hace como 22 años, quizás más. Estaba haciendo mis pininos en el equipo de campaña del senador Calleja. No lo vas a creer, pero en ese entonces, yo leía 3 ó 4 libros a la semana: biografías de generales, libros de historia, novelas políticas. Estaba en camino de ser la mano derecha del Senador. Despedía confianza. La podías oler si estabas lo suficientemente cerca.  Había otro asesor que me tenía envidia: Liborio Estrada. Un tipo inteligente, sin duda alguna, aunque demasiado obsesionado por hacer que los demás nos sintiéramos unos estúpidos.  Él hacía los discursos, corregía los boletines y nos molestaba cada que tenía una oportunidad. “Una brocha así de obesa no es chistosa”, decía todo el tiempo y, bueno, nadie sabía a ciencia cierta a qué se refería. Un día, el senador me pidió la redacción de su discurso en tribuna. Había que fijar una postura, pero el senador no tenía muy claro si estaba a favor o en contra del aborto. Hice el texto. Jugué con algunos conceptos. Finalmente le mostré el borrador Liborio, a fin de que hiciera las modificaciones necesarias. Me dijo que solamente iba a poner algunos sinónimos y, en efecto, frente a mí cambió unas veinte palabras. Imprimí el texto, fui con Calleja, mi cara relucía de satisfacción. Llegó su turno, habló. Fue un desastre, Cohen, un auténtico desastre. Había… había demasiadas rimas. No puedes rimar cuando hablas del aborto. Simplemente no puedes. Y lo que Calleja leía, sin apenas advertirlo, eran heptasílabos, alejandrinos, toda esa mierda que te enseñan en la carrera. Sufrí la humillación del senador, de Estrada, de mis compañeros. Era el fin: me abandoné al alcohol, caí en depresión, quemé mis libros. Por fortuna, algunos años después conseguí un padrino de los grandes. Y cuando digo de los grandes quiero decir lo bastante poderoso como para borrar el incidente de la memoria de todos. Pero el horror de redactar un texto, la inseguridad de saber si está bien escrito, eso se ha quedado, temo que para siempre.  

La intimidad es algo que nunca esperas obtener de un presidente. Por ende, nunca sabes cómo reaccionar:

—Sabe usted contar historias, jum, me pregunto cómo es posible que escriba tan mal.

—¡Por supuesto que sé hablar, imbécil! ¡Cómo crees que llegué a la silla! Ése no es el problema. Escribir es el problema. Puedes evitar la buena redacción por seis, siete años, puedes cometer errores privados, o errores pequeños, pero siempre llegará el día en que todo tu futuro dependa de tres cosas: sujeto, verbo y predicado. 

—Y también está el asunto de los anarquistas.

—No mencioné el nombre de Liborio Estrada como una mera anécdota. Él las creó. Si las redes de ortografía infantil existen es porque Liborio quiere verme en el suelo otra vez.

Se levantó de su asiento.

—Una semana, Cohen.

Salió de la biblioteca. Estuve otra hora más a solas con sus diez mil volúmenes.

Lo que nunca podría decirle al presidente es que yo también había sido pisoteado por Liborio Estrada. Guardando las proporciones, creo haberlo padecido tanto como el mandatario: la humillación pública, el sabotaje, el chiste de la brocha, sabía exactamente de qué estaba hablando. Estrada había sido mi jefe hace muchos años en El Tiempo, un periódico donde hasta el traductor de Google lanzaba frases más congruentes que los reporteros.  Ahí me dedicaba a corregir notas, editar pies de foto, inventar accidentes. Lo habitual. Y lo habitual era, supe después, que Liborio Estrada te hiciera una putada el día en que menos necesitabas la putada de alguien.     

Volví a casa convencido de que era necesario rescatar el discurso presidencial. Admito que suena inverosímil. ¿Cómo pasé del desaire a la cooperación? Fácil: la única forma de ayudar a quien desprecias es que aparezca alguien que desprecies todavía más. Por otro lado, si bien el presidente era un imbécil, al menos no encabezaba a una horda de estúpidos enamorados de su propio vandalismo literario. Liborio, en cambio, era capaz de mandar todo a la mierda con tal de ver humillado a uno de sus enemigos. Es decir, pertenecía al grupo de gente donde yo mismo me incluiría.

Trabajé por cinco horas y apenas pude superar las 600 palabras. Era difícil aventurarse en esa espesura. ¿Cuántas vidas necesitaría para lograr un discurso coherente, convincente, claro? Salí al parque para pensarlo mejor. Caminé hasta donde un grupo de niños jugaba con unas acuarelas.

—Una brocha así de obesa no es chistosa—dijo alguien a mi lado.

No quise ver.

—Para tu sorpresa no traigo la hoja de descuentos por errores.

Cerré los puños y traté de respirar lo más pausadamente posible y volví el rostro.

Era él. Tenía los labios azules a causa de una paleta que se metía a la boca con regularidad.

—En cambio sí traigo una oferta que difícilmente podrás rechazar.

Tiró la paleta en el bote de basura.

Habló.

Tenía razón.