Disyuntivas: En este oficio los errores salen caros, parte I | Letras Libres
artículo no publicado

Disyuntivas: En este oficio los errores salen caros, parte I

Este es el inicio del cuento interactivo de este mes: un thriller político gramatical. 

En aquellos días, yo era el único que trabajaba en el negocio clandestino. O al menos eso parecía. El procedimiento era más o menos el mismo: alguien –un funcionario, algún profesor de la universidad- me citaba en su oficina. De un modo más bien discreto me dejaba aparecer un viernes al mediodía. Entonces yo preguntaba por “el asunto”, y el cerdo me tendía un engargolado. “Necesito que termines con él”, me suplicaba para cerrar el trato, “no más de un mes”. Yo veía las hojas y me lamentaba en silencio: “Dios mío, lo que imaginaba: una tesis de posgrado”.

Así era la vida de los correctores: una lectura siempre peor que la anterior. El fango de la verborrea, la desaparición de decenas de sujetos que habían tenido la mala fortuna de estar en el lugar equivocado. Había que limpiar los párrafos, hacer que tal o cual proyecto gubernamental no pareciera la zona de guerra que en realidad había sido. “Sigue así y llegará el día en que le pidas a Dios un accidente que te deje ciego”, me decía a mí mismo. Mi vida parecía irse por un sumidero, hasta aquella mañana en que una chica linda me abordó a la entrada de mi departamento.

—Te necesito— dijo.

Quise darle a entender que no tenía una puta idea de a qué se refería.

—Te he estado siguiendo durante semanas.

Su confesión me hizo soltar el Pequeño Larousse Ilustrado.

—He visto tus rabietas en el estanco de revistas, tus subrayados en los periódicos que lees en el parque, tus anotaciones en el libro de visitas de la biblioteca. Conozco tus caminatas cotidianas en busca de grafitis. Sé incluso qué duda te carcome en estos instantes: los casos especiales de concordancia.

—Pero, ¿por qué?

—Necesitaba estar segura. No podía darme el lujo de equivocarme y dar con un simple maestro de lectura y redacción.  Tenía que encontrarte sin levantar sospechas. Y si trabajas para el gobierno, no puedes andar en cualquier esquina mencionando el apellido Cohen.

Sabía de lo que hablaba, chico, vaya que sí.

—El gobierno... carajo, no sabes cuántas veces me han confundido con un funcionario público de tanto que he ido al Palacio.

—El asunto se salió de control, Cohen. Te prometo que después de este trabajo sólo sobrevivirás como una leyenda urbana.

—¿Cómo supiste de mí?

—Estuve 5 años dando clase en la preparatoria. Para mí es pan comido reconocer una misma mano detrás de cuarenta escritos. Incluso, cuando provienen de seis secretarías distintas.

Quise aprovechar la situación.

—Garantízame dinero suficiente como para pensar en el retiro y estaré dispuesto a escuchar.

—Dalo por hecho.

Habló por 15 minutos. El problema podía resumirse de la siguiente manera: el presidente había invitado a representantes de las reales academias de toda Hispanoamérica a reunirse en la capital, a fin de que declararan a seis o siete estados del país como Patrimonios de la Lengua o algo por el estilo.  Sería una reunión importante que haría olvidar al electorado aquel penoso incidente de campaña, en que el mandatario había dicho “transgiversar”. Así somos los ciudadanos—pensé—: podemos justificar el robo al erario, pero no que tus políticos ignoren cuándo usar un diacrítico. Durante la perorata cultivé ciertas sospechas de que, en realidad, el jefe máximo tenía aspiraciones en la UNESCO, adonde, como todo mundo sabe, no puedes llegar diciendo “gentes” sin que te apedreen. Así, para cuidar su imagen presente y futura, yo estaba obligado a rescribir el discurso que pronunciaría nuestro mandatario.

—Pensé que eso lo hacía el Estado Mayor.

—El asunto es más complejo de lo que parece; además el señor presidente no es ningún analfabeta, te recuerdo.

Hice señas de que no podía darlo por sentado.

—¿Has oído hablar de las redes de ortografía infantil?, ¿no? Pues ellos son el verdadero problema, Cohen. Ellos y su estúpida cruzada subversiva. Se han metido en todos lados, en periódicos, oficinas y facultades. Dan clase, sellan oficios, corrigen estilo. Desafortunadamente, también se han infiltrado en los círculos cercanos al presidente.

—No sé de qué hablas.

—¿Crees que los errores del periódico son involuntarios? ¿Un titular como “Dieciséis parejas legalizan ante la ley sus uniones” puede ser un descuido? ¿En qué mundo vives, Cohen? Estos tipos buscan la anarquía y saben que la única manera de lograrlo es a través de las palabras.

Algo dentro de mí confirmaba su hipótesis. Había encontrado patrones de incorrección gramatical en los diarios, pero todo lo había atribuido a una generación de disléxicos egresada de la escuela de periodismo.

—¿Quiénes son? ¿Por qué lo hacen?

—¿Quiénes más? Gente que soñó con ganarse la vida publicando novelas, pero terminó corrigiendo libros escolares. La historia de siempre. Centenas de chicos a los que no les vino bien que el presidente eliminara las clases de literatura en educación básica. El tipo de personas que se tatúa versos de Neruda o alguna cursilería de esas.

—Juventudes, digamos, románticas.

—Sólo para que te des una idea, hace una semana hubo una discusión fuerte en las redes porque dos líderes del movimiento querían exclusividad para llamarse “La Maga”. Ya te imaginarás.

—¿Y se supone que ellos son el enemigo público número uno? No me jodas.

—Si las redes boicotean la presentación presidencial el asunto va a ponerse feo—dijo—. Haz el trabajo. No hay nadie más en quién pueda yo confiar.

Me extendió un sobre manila.

—Todavía no he dicho que acepto.

Borró la hipócrita sonrisa que había dibujado. Dejó el paquete encima de la mesa y un minuto después, se había marchado de mi habitación.

Lo pensé poco: no era mal dinero ni tampoco una amenaza menor. Sin embargo, por puro desdén, quise hacer las cosas a mi manera.