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artículo no publicado

Diez lecciones iraníes

Debían ser apenas las ocho de la mañana, al menos esa era la hora de salida del vuelo. No habían pasado ni cinco minutos cuando la mujer rubia de mi derecha se quitó el velo y empezó a gesticular violentamente. La azafata de British Midland (un nombre cuando menos curioso para un aerolínea que tiene vuelos a Irán) se materializó como por encanto y preguntó qué deseaba. La respuesta, un vodka con tónica doble, o mejor dicho, dos vodkas con tónica sencillos, no pareció sorprenderla. Tampoco que la petición se repitiera pocos minutos más tarde. “Me llamo Ruth”, anunció mi vecina. “Menudo país de locos”, siguió, como si fuera una continuación evidente de su nombre. Su frase era tan rotunda, tan enunciativa, que no tuve más remedio que girarme y ver qué panorama ofrecía el vuelo de vuelta de Teherán. La escena no dejaba de ser curiosa, casi no quedaba ningún velo en su sitio, y las azafatas se afanaban en servir bebidas alcohólicas sin parar, azacaneadas por los sedientos viajeros que llevaban días sin probar trago. Nuestra sed no era tan intensa ni tan temprana, con un par de cervezas a medio vuelo la saciamos. Aun faltaban dos meses para que un fraude electoral masivo y una represión brutal añadieran infamia al país. Pero a medida que nuestros compañeros de vuelo se emborrachaban irremisiblemente, se fue asentando la conciencia de cuán bizarro había sido el viaje que estaba a punto de terminar.

 

1. Excusa. Hay destinos apetecibles, otros comprensibles y otros peculiares / dementes. Irán está a caballo entre los dos últimos tipos –quizá más cerca del último, es cierto. Evidentemente la peculiaridad en sí no es suficiente para justificar la visita, y la demencia es inalegable, así que como desde el primer momento que uno anuncia su intención de visitar el país la pregunta esencial, inescapable y persistente es ¿por qué? hay que empezar a buscarse coartadas desde muy pronto. El rastro de Alejandro Magno, el esplendor safávida o los orígenes del zoroastrismo quedan bastante bien. La rareza de su sistema político, una teocracia con afeites democráticos, o la profundidad del misticismo chiita, también (pero más en el subgénero demente). Donde no hace falta excusa es a la hora de pedir visado, pues se compra en el aeropuerto al llegar. Eso sí, con su punto de suspense mientras varios funcionarios turbantados aparecen y desaparecen, cobran y sellan, y siempre parece que están a punto de denegar la entrada. Quizá hayan visto el libro de la disidente y premio Nobel Shirin Ebadi, que asoma por una mochila mal cerrada, o percibido un gesto de recelo. Pero lo cierto es que para la reputación que tiene, la entrada en el país es muy sencilla, salvo la ineficiencia característica de tantos países independientemente de su sistema electoral. Con lo que tardan en entregar el visado, cuando uno llega a la frontera ya no hay guardias fronterizos que puedan revisar el pasaporte y permitir el paso. No hay tampoco una barrera como tal, sino un absurdo impasse de espera en que dos guardias distantes hacen señas de que hay que esperar. Paciencia, y conviene ir acostumbrándose.

 

2. Alcohol. Es cierto, no hay que darle vueltas: el alcohol en Irán está totalmente prohibido. Ni hoteles para extranjeros, ni restaurantes de lujo. El vino nació en los montes Zagros, en el oeste de Irán, y la región de Shiraz dio nombre a una de las uvas más preciadas. Pero el fervor revolucionario se llevó todo aquello por delante, e incluso las vides ardieron. Ahora se han vuelto a plantar, pero sólo producen uva para consumo directo, nada de fermentados. Se rumorea que existe un vibrante mercado negro de licores importados, incluso para los menos pudientes y varios tipos de aguardientes caseros poco indicados para estómagos débiles. Rumores que quedan por confirmar. Entretanto, no hay bares, obviamente. En los restaurantes se bebe agua o zumos. La vida social se concentra en terrazas que sirven té y café y alguna heladería. Y sólo desde que el régimen abrió la mano hace un par de años. Eso sí, la ausencia de vida nocturna deja mucho tiempo para buscar el rastro de Alejandro Magno o los orígenes de los zoroastrianos.

 

3. Mujeres. Las mujeres iraníes son guapas. La fama de belleza fascinante y peligrosa está muy bien como atractivo turístico, pero por desgracia no da para tanto. De rasgos afilados y tez morena, dos cosas llaman la atención. Primero, su omnipresencia. Frente a la mujer suní, recluida en casa, la mujer iraní está en la calle, en la universidad, trabaja en los cafés, en las entradas de los museos, en las tiendas. Segundo, en cualquier lugar público donde los varones van vestidos completamente a la occidental, con camisetas ceñidas, vaqueros, cuellos desabrochados, cadenas (sí, casi se podría decir a la italiana), las mujeres van todas cubiertas por distintas versiones del velo, desde el tradicional chador a un pañuelo alrededor de la cabeza, pasando por una especie de pasamontañas, cómodo y seguro porque se apoya en los hombros y no se resbala. La ropa femenina siempre es oscura, con túnicas que sugieren y ocultan las formas sobre pantalones. Sólo se les ve la cara, que decoran con kilos de maquillaje y cuidan con devoción (como es comprensible, más que el espejo del alma es la única ventana del cuerpo, y la sola herramienta de seducción). Pero hay más concesiones a la coquetería: la nariz persa, rotunda, padece cada vez con más frecuencia los embates del bisturí estético, y la cantidad de joyerías y de tiendas de lencería permiten adivinar algunos de los secretos que las túnicas esconden. En el caso del pañuelo hay que estar muy atento. La porción de flequillo que se muestra exhibe en cada caso individual la disposición al flirteo, y a nivel colectivo, la tolerancia del régimen en cada momento –la policía moral puede abrir o cerrar la mano a su antojo, así que quien muestra un mechón sabe a lo que se expone (detenciones y arrestos, humillación pública, honor familiar mancillado, soltería eterna). La cuestión del flirteo / coqueteo demuestra el peculiar espacio temporal en que vive Irán. Frente a un código moral ancestral, las nuevas tecnologías permiten que a través del bluetooth de los teléfonos móviles, jóvenes que no se conocen formalmente puedan hablar de mesa a mesa en las heladerías y cafés. De ahí a sentarse a la misma mesa, y de ahí a pasear juntos no hay más que un paso. Poco tiempo después, las soluciones que la tecnología ofrece frente a la represión se vieron de modo más terrible en las manifestaciones contra el fraude electoral.

 

4. Orgías. Ante tanta ley seca y tanto velo son muy bienvenidos los rumores de que cada fin de semana los jóvenes teheraníes de clase alta se dan cita en casas particulares y celebran auténticas orgías donde el alcohol, las drogas y el sexo campan a sus anchas. Bacanales de ensueño que harían palidecer a los más depravados profesionales de las noches de las grandes urbes occidentales. Por desgracia, se necesitan muy buenos contactos para poder confirmar estos rumores, que se quedaron en tales. También se dice entre murmullos que las drogas, sobre todo la heroína procedente de Afganistán, son el principal problema de la juventud iraní, que desalentada por la rigidez del presente y la incertidumbre del futuro cae en ellas con facilidad. Y también se habla de los viajes de relax a los cercanos emiratos, donde costumbres más relajadas y una mentalidad más capitalista permiten a un módico precio acceder a lujos prohibidos en casa. Dos constantes asoman, los omnipresentes rumores, típicos de una sociedad que intenta controlar la información, y la pulsión por salir, el exilio o los viajes como válvula de escape. En la vieja trinidad de la sociedad civil ante las dictaduras, exilio, voz o lealtad, en Irán el exilio, aunque sea temporal, gana por goleada.

 

5. Idiomas. En Irán se habla farsi, o sea persa, y en círculos religiosos árabe por supuesto. El farsi tiene su propio alfabeto, parecido al árabe, dicen, y aunque algunas indicaciones están en inglés, la sensación de estar perdido es permanente. Más allá de los guías y las taquilleras de los museos, nadie parecer hablar inglés, aunque todos se esfuerzan. La impresión resultante es que todo aquel que habla inglés aprovecha para irse. Todo el mundo tiene un primo en Canadá, un tío en Chicago o un conocido en Londres. El idioma como vía de escape. Y para los que visitan el país, el idioma como barrera infranqueable a la hora de hablar con la gente.

 

6. Guías. Las dimensiones del país y la cuestión del idioma aconsejan contratar un guía. Pero basta asomarse a la ciudad para darse cuenta que lo realmente necesario es un chófer. Teherán son diez millones de habitantes decididos a no respetar la misma mínima lógica, por no hablar del código de circulación. Te recogen en el aeropuerto e intentan salir por dirección prohibida a la autopista. Pronto se ven los primeros ejemplos de una tradición local: si te pasas la salida de la autopista, paras y echas marcha atrás hasta recuperarla. En las amplias avenidas de la capital, los giros de 180 grados son habituales, el intermitente no existe y los pasos de peatones ni están ni se les espera. Ser peatón en Irán no tiene parangón. Requiere unas dosis de agilidad, valor y astucia al alcance muy pocos. Hay veces que para cruzar una calle lo mejor es coger un taxi. En todo caso, que el chófer comparta el desapego iraní por la conducción tranquila no importa demasiado, de hecho es lo mejor para llegar a los sitios sorteando los apocalípticos atascos de las ciudades. Sin embargo, los guías son otra cosa, sobre todo por su tan curiosa como firme incapacidad para guiar, no perderse y explicar. Realmente admirable y terriblemente frustrante.

 

7. Turbantes. Abundan. Mucho. Hay de dos tipos, blancos y negros. Los mullahs, los clérigos del chiismo, se distinguen así, y la verdad es que es más elegante que un alzacuellos. Suelen ir acompañados de barba y gafas, y ropajes negros y marrones. Hay una compleja jerarquía, del mero mullah de tres al cuarto al majra’ al-taqlid, o “fuente de emulación”, algo al alcance de muy pocos, pasando por el ayatola, el hoyatoleslam o el gran ayatola (solo hay veinte en todo el mundo). Pero el color del turbante es aún más importante, porque si es blanco se trata de un clérigo normal, pero si es negro, estamos ante un descendiente del profeta. Y como tal, todos sus servicios y dictámenes pesan más (y se cobran más caros). Un buen árbol genealógico te pone en casa, vamos. Qom es la capital religiosa de Irán, donde está el centro de estudios islámicos más importante. Curiosamente, las ciudades santas chiitas están en Iraq, pero pillan a desmano desde Teherán, mientras que una parada en Qom caminito de Isfahán y Persépolis, un poco de turismo religioso antes del tradicional, nunca está de más. O sí. En el resto del país lo que se percibe es una tregua incómoda entre una población desencantada pero pasiva y un régimen sólo preocupado por sobrevivir. En Qom, como era de esperar, la capital religiosa de una teocracia, el ambiente es distinto. Para empezar el porcentaje de turbantes se dispara. Además, ya que estás, te asomas al complejo religioso. Es verdad que hay guardias con gorra de plato en las puertas, pero basta dar un par de vueltas para ver el hueco y entrar. No es recomendable, en caso de hacer esto, llevar una guía turística en la mano, ni mirar absorto los gritos que profieren los fieles en los entierros islámicos mientras llevan en volandas el cadáver. Si un gorra de plato aparece y pregunta, es importante contestar con franqueza y claridad. Si al gorra de plato se le pone la cara de pánico por haber permitido la entrada a un infiel y empieza a buscar compañeros con la mirada, es importante saber retirarse a tiempo y cortésmente. No hace falta despedirse.

 

8. Ruinas. La altivez iraní tiene justificación. No tantos pueblos han celebrado 2.500 años de imperio. El criterio histórico que empleó el Sha para montar la fiesta es discutible (no sólo el criterio histórico, que se gastara 100 millones de dólares en la celebración parece estar bastante relacionado con la revolución islámica y su caída ocho años más tarde), pero algo hay. Y para captar el esplendor de la historia iraní hay que huir de Teherán, una capital reciente, anodina y superpoblada, y ver Persépolis, la capital aqueménida del Imperio Persa. Y subir por la escalinata por la que ascendió Alejandro antes de prender fuego a la ciudad para simbolizar su triunfo. La escala del complejo palaciego, el detalle de sus relieves que muestran a todos los pueblos de la tierra rindiendo pleitesía, la grandiosidad de las columnas, hace que uno entienda que un persa no se sienta intimidado por el peso de la civilización occidental, porque ellos son civilización occidental. De igual modo, la bella Isfahán, capital medieval, “La mitad del mundo”, como es conocida, con sus puentes, su plaza, solo por detrás de Tiananmen en tamaño, sus espectaculares mezquitas y su bazar hace pensar en la suciedad y miseria de las capitales europeas de la época, y mirar el islam con otros ojos. En Isfahán, el museo armenio ofrece un interesante recuerdo de cuando un emperador podía seleccionar a 20.000 personas porque eran buenos comerciantes y trabajadores del textil y reubicarlos donde le diera la gana. Como muchos objetos del museo atestiguan, los reubicados tuvieron más suerte de los que se quedaron y padecieron el genocidio en la primera guerra mundial. Pero quizá los objetos más curiosos expuestos son los edictos con que el Sha proclamaba su defensa de los armenios frente a robos, ataques e injusticias varias. Casi cada tres años a lo largo del siglo XVIII salía un edicto, que no hace sino demostrar que ser armenio en Isfahán tampoco era nada fácil: cada defensa certifica un ataque previo.

 

9. Turismo. Es curioso viajar a un país en desarrollo sin mucho turismo. El turismo iraní es predominantemente interno, salvo algún grupo de españoles gritones y algún viajero independiente. Así, los hoteles ofrecen sobre todo “Iranian toilet” (léase letrina) y dormitorios comunes, aunque siempre se encuentra algún “Western toilet” y alguna habitación individual. Pero por ejemplo, todavía hay platos que sólo se pueden comer en la ciudad de donde son originarios. Una lástima, porque la cocina iraní es tan buena como limitada, principalmente kebabs (léase pincho moruno) de cordero o pollo, con arroz. Mucho arroz. Algo de yogur y algo de berenjena. Y muy pocos restaurantes, y difíciles de encontrar. Así que como hay pocos, no se suenen la nariz en ellos. Es lo peor que se puede hacer en un restaurante iraní. Provoca risitas nerviosas de los niños y gestos de espanto de los adultos. Y les pueden expulsar del local. Lo juro.

 

10. Billares. Entre las múltiples cosas que la revolución prohibió estaban los billares. Sólo hace un par de años se levantó la prohibición y abrieron algunas salas. La última noche en Isfahán hubo que pasar por una central nuclear vecina donde Ahmadineyad, indiscutible favorito para las inminentes elecciones, iba a dar una rueda de prensa sobre el programa nuclear iraní. La ciudad entera estaba medio tomada y medios de comunicación de todo el mundo enfocaban esa sala de prensa. De vuelta en la ciudad, en el salón del hotel, varios iraníes jugaban al billar. El mayor de ellos, que debía tener más de cincuenta años, era muy bueno y enseñaba a los demás, más jóvenes, pero jugaba con un gesto de amargura, como quien se reencuentra con alguien querido tras demasiado tiempo, cuando ya es imposible recuperar el pasado. El mundo pendiente de Ahmedineyad, y los iraníes intentando redescubrir el placer del billar. Los mullahs protegiendo la privacidad de la universidad de Qom, y los jóvenes usando el bluetooth para recuperar una vida que sus padres ya conocieron. Tecnología nuclear y aviones que se caen. Las ruinas de un pasado espléndido y el caos de una modernidad mal digerida. Decir que Irán es un país de contrastes es caer en el tópico, pero el cansancio con los tópicos es uno de los enemigos de la libertad. Decir que esos contrastes son insostenibles a medio plazo es creer en la gente que tras las elecciones salió a la calle y dio la cara, y que de las tres opciones de la sociedad civil optó valiente e inesperadamente por manifestar a las claras su voz. ~