Diego retrata (cúbicamente) a Ramón | Letras Libres
artículo no publicado

Diego retrata (cúbicamente) a Ramón

Un joven Diego Rivera retrató en Madrid al rotundo Ramón Gómez de la Serna

 

Cuando en el Madrid de 1915 el joven Diego Rivera pintaba el retrato del escritor Ramón Gómez de la Serna, éste le dijo: “yo nací para llamarme Ramón, y tengo la cara redonda y casi llena de Ramón, digna de esa gran O de mi nombre”, y el pintor entonces añadió algunas formas curvas y luego habría dicho lo mismo que Picasso tras retratar a Gertrude Stein: “¡y ahora ¡a parecerse al retrato!”

Así Ramón, aunque cúbico, siguió siendo el hombre de la redondez, el esférico Ramón que años más tarde a Ricardo Güiraldes le evocaría una gruesa lente para “mirar todo a través de su gordura”.

En ese cuadro de un cubismo juguetón, ese variopinto rompecabezas sintetizadoor de diversos planos del personaje, está el redondo Ramón ya cubiculado, transfigurado por la estética cubista aprendida por Diego a Picasso, a Joan Gris, a Lipchitz y a otros audaces pintores promovidos por el poeta Guillaume Apollinaire. En el óleo de 109.6 cms por 90.2 cms se ve al modelo sentado ante su eterna mesa de escribir y con el ondulado fleco cargando sobre el asombrado ojo visto como un sol negro con leve halo amarillo.El otro perspicaz ojo se entrecierra y es una negra raya acentuada por la fuerte ceja ondulada; y toda esa pedacería se “reestructura” con las patillas de torero o de majo madrileño, con la oreja vuelta signo lineal, con la succionadora boca cerrada en equis en torno al fino caño de la pipa y con la pluma del escritor nocturno e infinito en la regordeta, la infatigable mano derecha.

Rodean a Ramón algunos objetos que evocan su obra literaria: la asomada cabeza de una maniquí de cera (¿una “novia ideal”?), unas esquemáticas chimeneas interpretadas en uno de los ensayos ramonianos, un perchero o algo semejante, un rimero de cuartillas ávidas de la ramoniana escritura y, como flotando en el ícono, tres libros emblemáticos: Greguerías, El libro mudo, El Rastro. A la izquierda, bajo la incansable mano polígrafa, hay una ¿acechante? pistola de tipo escuadra que no concuerda con un escritor pacífico y más bien alegre, y quizá sea un emblema autobiográfico del pintor, de Diego mismo, puesta allí “para orientar a la crítica”, como decía él más tarde y en México, cuando ya era un célebre y discutido autor de frescos murales.

El cuadro es un rompecabezas cuyas piezas son fragmentos de la apariencia ramoniana pegados según la idea que el pintor se hacía de Ramón, y es a la vez, como todas las obras de ese género, un autorretrato del retratador, es decir el firmante DMR: Diego María Rivera. Y si allí está Ramón reinventado por la pintura, también está, invisible pero presente mediante las pinceladas, el joven pintor que una noche de sábado se presentó en el mítico establecimiento del centro del viejo Madrid, el Café-Botillería de Pombo, para instalarse a la mesa convivencial con los escritores, artistas, bohemios y otros personajes de la tertulia semanal de  Ramón, entre ellos el pintor José Gutiérrez Solana, el caricaturista Bagaría, los escritores José Bergamín, Alfonso Reyes, Mauricio Bacarisse, Cansinos Assens, Ortega y Gasset , Borges, Papini,  Cocteau... y otros muchos tertulianos eventuales, fijos o de paso.

Ramón, a su vez, retrataría verbalmente a Diego y recogería la incipiente leyenda riveriana:

“En 1907 Diego María Rivera llegó a Pombo plenamente monumental como portador de México a la espalda, como un mapa de bulto y en escala aproximada a la realidad. Diego, el ciclópeo, se sentaba como sobre un ancho pedestal, como un Buda de gordura suntuosa que, apoyado en un bastón grande como un árbol, reía ruidosamente. Su risa era la misma para la alegría y para la cólera, acompañada del silbido de su bastón giratorio en el aire. Daba miedo haber provocado esa risa, aunque fuese para bien, algo así como la hilaridad de las multitudes que llenaban su alma. Se comprendía que cuando estuvo en el levítico Toledo surgiese la leyenda de que comía niños, y un día hasta lo apedrearon... Nos hablaba de Méjico [sic], de las arañas con largos cabellos, de las más finas tenias solitarias a las que hay que sacar de su guarida tocando la flauta...”

Ramón terminaba con una somera estampa móvil y abierta al futuro horizonte del pintor de los vastos y tan poblados frescos murales:

“Y después Diego retornó a su país prodigioso a seguir pintando flores, frutos y hombres.”