Diderot en el nacimiento de la Enciclopedia | Letras Libres
artículo no publicado

Diderot en el nacimiento de la Enciclopedia

Que la Enciclopedia haya sido concebida junto con una hermana bastarda, una novela libertina llamada Los dijes indiscretos, lo dice casi todo de Diderot.

En 1747, nos dice su biógrafo Arthur M. Wilson, Diderot  vivía con Anne–Toinette, la mujer con la que había escapado para casarse sin el consentimiento de su padre, en la rue Mouffetard, reafirmado en su amor por París, “por esa gran ciudad”, gracias a la cual, “grande y sobre todo incomparable en variedad, soy francés”.

Estaba escribiendo sus Pensamientos filosóficos, a mitad de camino entre la idea de un universo deísta, dominado por el Dios relojero elucubrado por Voltaire y el ateísmo puro y duro, cuando la policía, que lo seguía desde hace tiempo, le confiscó algunos de sus manuscritos subversivos. Pero no parecía muy preocupado por ello. Metido por propia y necia elección en un mal matrimonio, cultivaba a sus primeras amantes y se reunía frecuentemente con Rousseau, quien entonces era musicólogo, el matemático D’Alembert y el psicólogo Condillac. Lo esencial, en ese momento de su vida, empero, no son la filosofía, ni las mujeres, ni los amigos philosophes (la palabra, antes de consagrar a los portadores de un nuevo espíritu, era más bien insultante y peyorativa), sino hacer dinero.

Pocos años atrás había llegado la oportunidad de su vida. Él y sus amigos no la dejaron pasar, poniéndose al frente de la Ilustración. Aquello, como tantas cosas, resultó de una ocurrencia menuda, la de traducir del inglés, un diccionario de artes y ciencias: el de Ephraim Chambers, aparecido en 1728. De allí nació el proyecto de hacer una gran enciclopedia, escrita por aquel grupo de amigos, cuya primera edición, completada hasta 1780, consta de treinta y cinco tomos y dos mil láminas. Cuesta 75 mil dólares actualmente buscándola en los portales de los libros antiguos y usados en internet.

Para llevar a cabo el proyecto, se abandonó rápidamente la idea de hacer esa traducción del inglés y se requirió del genio no solo filosófico sino empresarial de Diderot, que según Wilson (Diderot, 1972), inició la aventura guiado más por la búsqueda de las ganancias que hicieran más llevadera su vida que por las razones ideológicas, las de derramar las Luces sobre el Antiguo Régimen, que se desprenden del prospecto de su proyecto, publicado en 1745. Previos líos legales entre quienes se disputaban ante los procuradores y los cancilleres los derechos de traducción sobre el diccionario de Chambers, el negocio quedó en manos del abate Gua de Malves y este contrató a Diderot y a D’Alambert para realizarlo, quienes, no se sabe bien cómo, se adueñaron del proyecto. Quedaron así en condiciones privilegiadas de seguridad económica durante los siguientes cuarenta meses para escribir el primer tomo y no fue así hasta mediados de los años setenta cuando dejó el proyecto de su vida, quejándose de lo mal pagado que estuvo durante esas décadas.

Su biógrafo difiere: la Enciclopedia fue más que un empleo para Diderot. Sin el orden empresarial que implicaba su hechura, la naturaleza, de suyo desordenada del filósofo, no se habría sofrenado. A aquel negocio, causante de sus penas y prisiones, lo mismo que del dolor de cabeza implicado en la recurrente negociación para renovar el privilegio real requerido para su impresión, Diderot le deberá su asombrosa y feliz fecundidad.

La Enciclopedia de Diderot nació con una hermana bastarda, Los dijes indiscretos (Les Bijoux indiscrets, 1747), novela libertina de la cual se culpa a Madame de Puisieux, amante del escritor que le habría exigido dinero fácil y rápido. Obsequiola Diderot con esa imitación de Crébillon donde Mangogul (Luis XV) y Mirzoza (Madame de Pompadour), se transparentan en soberanos del reino del Congo a quienes se les ofrece un prodigioso anillo que cuando enfoca a una mujer hace hablar con franqueza a la parte escogida de su anatomía. Era la clase de libro salaz muy capaz de hacer perder su reputación a cualquiera pero no teniendo todavía mucho que perder, Diderot se arriesgó. La novela es defectuosa y su autor lo admitió despreocupado y quizá habría estado de acuerdo con la condena de Carlyle, registrándolo como el autor de la más sucia y aburrida de todas las novelas pasadas, presentes y futuras”.

Pero la posteridad ha sido, predeciblemente generosa: se advierte el ingenio crítico diderotiano cuando parodia, a la corte pero más aún cuando hace crítica de teatro (muy complacido quedó Lessing, uno de los valedores de Los dijes indiscretos), al competir con Swift y su Batalla entre los libros antiguos y modernos. Se le atribuyen virtudes epistemológicas al comparar la ignorancia con la sabiduría, y su contrapunto entre Rameau y Lully es una de las páginas ineludibles para comprender la música dieciochesca. A André Gide le fascinaba y Los dijes indiscretos le dicen mucho a los historiadores de la sexualidad, lo cual es prueba y contraprueba del carácter enciclopédico de su autor. Los diálogos entre Mangogul y Mirzoza, en mi opinión, no tienen desperdicio: expresan esa pureza en la confidencia propia de las parejas después de hacer el amor.

¿Se habría sorprendido Diderot de todas las virtudes halladas por la posteridad en esa novelista que escribió con intenciones más bien venales? No lo sé porque todo Diderot, en agraz, está en Los dijes indiscretos (1747), novela en la que el escritor está aprendiendo a ser y a estar. Formulado, más que escrito, el libro es una sucesión de cuadros estáticos, muchos de ellos divertidísimos. Saintsbury, el crítico victoriano, se compadecía del lector que se atreviese a hacerla de pepenador en esa novela tristísima. Diderot, quien siempre tiene una respuesta que ofrecerle a la gente del futuro, dice en un capítulo de Los dijes indiscretos, donde se adelanta a Freud en la disección del carácter histérico, que no son los libros indecentes los que maleducan a un pueblo. Es la barbarie de las personas la que obliga a sus escritores a consignarla. Que la Enciclopedia, a su manera, el libro que salva y justifica a los modernos, haya sido concebida junto a una novela libertina lo dice casi todo de Diderot.