Diccionario crítico de la UNAM: I | Letras Libres
artículo no publicado

Diccionario crítico de la UNAM: I

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Casi nos olvidamos de conmemorar el aniversario redondo de la UNAM: cumple cien años. Como Universidad Nacional, nace en las vísperas de un grito de fuego y sangre, el del 14 de noviembre de 1910 en la Hacienda de Cuchillo Parado del lejano Coyame, en la frontera norteña de Ojinaga, en Chihuahua. La memoria universitaria no recrea combate y sangre; es, para decirlo justamente, una historia de la razón, de las letras y las artes, de la civilidad; y también la memoria del recorrido de un derecho tan elemental como el del conocimiento superior, por más que el actual orgullo puma tenga menos que ver con el conocimiento y más con un rugido, un logo, una porra y un golazo.

La grandeza cultural de la UNAM es evidente, pero apenas exagero al decir que esa grandeza se mide actualmente en términos cuantitativos: ahora es grandota. El examen de selección de febrero pasado rechazó al noventa por ciento de los aspirantes. El Rector Narro Robles reiteró que la Institución había llegado al tope. Pero un grupo de académicos defensores del automatismo denunció que “En México, como en otras naciones, existe una guerra y estigmatización sistemática contra los jóvenes” (La Jornada, 5 de febrero), por más que la sistematización de los estigmas de los denunciantes está muy lejos de ser joven.

No se ha reparado en la contradicción que existe entre pase automático y gratuidad. La gratuidad no significa que la educación sea gratis; en realidad es costosa: empeño, estudio, disciplina, examen, responsabilidad. Si no se quieren pagar estos costos, recúrrase entonces a culpar al demonio canónico del nuevo siglo: el mentado neoliberalismo.

Llamea insuflado el grito del pase automático, que es la otra cara de la cláusula de exclusión que, en nombre del derecho al trabajo, negó la necesidad de trabajar de millones de mexicanos. Pase automático y cláusula de exclusión son dos faltas de horrografía de la fiebre reivindicatoria del siglo XX, hasta hoy. Cargamos con demasiadas víctimas y no hay negocio más rentable que el uso político del resentimiento. Ser una víctima o haberlo sido, ser tataranieto de víctimas o su representante legítimo, otorgan derechos ilimitados. Tzvetan Todorov lo dice muy bien: “El papel de víctima individual es reivindicado en la escena pública.” Cuando esto ocurre, la justicia es suplantada por la exigencia soflamera de reparación de daños.

- Inocencio Reyes Ruiz