Dibújame un borreguito | Letras Libres
artículo no publicado

Dibújame un borreguito

El involucramiento de niños, niñas y adolescentes en movilizaciones sociales pone en riesgo su integridad física y emocional y vulnera sus derechos.

Durante una asamblea del Sindicato Mexicano de Electricistas (SME) en Puebla, un niño es encargado de leer un discurso, encabezar las arengas de los trabajadores (“¿¡Están dispuestos a aceptar que nos conviden de su mierda!?”) y la adulación al líder del Sindicato, Martín Esparza.

En una marcha de protesta del mismo SME, dos niños sostienen un cartel: “Felipe Calderón me quitó mi pan y mi lechita”. Flanqueado por dos adultos, durante una protesta de #YoSoy132, un pequeño sostiene un letrero que dice “Quiero estudiar, no quiero ser un analfabeta como Peña. AMLO mi presidente”. A las afueras de una escuela, varias niñas son fotografiadas durante una protesta para exigir el cese de un profesor; algunas llevan cartulinas en las que se describe la forma en que el maestro tocaba y abusaba de sus compañeras.

Los mensajes tienen una caligrafía adulta, su contenido no es, ni habla, del mundo infantil. No usa su lenguaje. En todo caso, las demandas reflejan las preocupaciones de quienes las escriben y las ponen en manos de pequeños a quienes llevan a la plaza pública, asumiendo que la acción forma parte de su educación para la ciudadanía participativa y activa.

Para el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), la práctica resulta inadmisible. El involucramiento de niños, niñas y adolescentes en movilizaciones sociales pone en riesgo su integridad física y emocional y vulnera sus derechos. Nada, ni siquiera la voluntad de denunciar o poner el dedo sobre temas que afectan a la infancia, justifica que se les use para llevar mensajes políticos.

Durante 2012, en la víspera de la elección presidencial, una agrupación puso a circular un video llamado “Niños incómodos”, en el que se veía a varios menores actuando como adultos en situaciones de violencia, corrupción y pobreza. Al final enviaban un mensaje a los cuatro candidatos presidenciales.

Felipe López Veneroni, investigador de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, lo explica bien. El uso de niños como instrumentos de efectividad publicitaria responde a un maniqueísmo fácil. La atención en el mensaje y la persuasión se logran no de apelar a lo racional, sino de recurrir a un “signo” cuyo efecto emocional es muy fuerte; se busca, pues, una reacción ante un estímulo visceral.

“No se vale —dice el académico— que para asegurar la eficacia de un mensaje propagandístico, cualquiera que sea esta su naturaleza, se utilicen a menores de edad, sobre todo cuando el fin mismo del mensaje no está dirigido a la población, sino a los actores políticos”.

El problema más grave en cada uno de estos casos es que los niños son involucrados en conflictos que deberían serles ajenos o en los que simplemente por su edad están excluidos. Su vulnerabilidad e inocencia (dos características que se consideran propias) los vuelve actores de chantajes sentimentales con interés privado o público. En otros casos (según el interés político) se les criminaliza, como hizo Alianza Cívica al llamar “halconcitos” a niños que acompañaban a adultos en las elecciones federales del 2012, empleando un término propio del mundo delincuencial.

El ejercicio desarrollado hace algunos años en la escuela primaria Heriberto Jara, de Zacatecas, es ilustrativo acerca de cómo no pocos niños se han apropiado de algunos valores de nuestra cultura democrática. Luego de decidir conformar una sociedad de alumnos mediante votación, los niños aspirantes incurrieron en prácticas como prometer a sus compañeros más de las que podían hacer e incluso hicieron trampa con boletas fotocopiadas, reproduciendo comportamientos reconocibles en el mundo de los adultos.

No hay que olvidar que durante años, en México se realizaban consultas infantiles sobre los derechos que los niños y las niñas que consistían en votar por el que consideraban más importante, como si no pudiesen exigir todos sus derechos, sino elegir solo algunos. La verdad es que más que abrir espacios para que puedan expresarse, los niños son incluidos por los mayores en dinámicas de partidarismos, filias y fobias políticas, antes que en ejercicios cívicos de formación de ciudadanía. Que un niño aparezca en la primera plana del diario con un mensaje de repudio a un político o en una marcha de oposición al aborto no debería enorgullecer a nadie.