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artículo no publicado

Diario de un viru

 

Viernes 17 de abril. Se presenta el viru.

Llego a mi instituto en la UNAM. Los trabajadores sindicalizados se niegan a ingresar. Han colocado un letrero en la puerta que manifiesta su ira por el hecho de que el instituto esté abierto. El letrero remata: “¡INAUDITO!” Hay menos gente que de costumbre en viernes. Trabajo en silencio, muy a gusto, hasta que a las dos de la tarde se me avisa que lo “conveniente” es irse. Ni modo.

En un noticiero de la tele, el locutor avisa solemnemente que “el ejército está en coadyuvancia con la Secretaría de Salud”. Luego explica que “el viru [sic] se presentó por primera vez en Oaxaca”. “Encantado, soy el viru para servirle a usted.” Para terminar, advierte que no hay que asistir a conglomeraciones.

Contra lo que esperaba, la palabra conglomeración se presenta en el diccionario: “Unir fragmentos de una o varias sustancias con un conglomerante, con tal coherencia que resulte una masa compacta.” Los ciudadanos ¿serán fragmento, sustancia, conglomerante o masa compacta? En todo caso (salvo lo de “coherencia”), la definición se ajusta a la ciudad de México. ¿Habrá masas que no son compactas? Misterio.

Me acuerdo de ese poema de Carlos Gutiérrez Cruz, excelso poeta comunista, que una vez se inspiró ante una tortilla de maíz y le dijo: “Tortilla, hermana al fin, pues eres masa”. Era en serio.

Angustia nocturna. Sueño, no con ángeles, sino con mortales.

 

Sábado. Favor de avisar con tiempo.

Se suspenden todas las actividades que suponen conglomeración: ya empezó a servirle a usted el viru. Dice un diario (cuyas preguntas siempre son respuestas): “Resulta obligado preguntarse si las autoridades federales calcularon las consecuencias de disparar la alarma social y de provocar caos y zozobra de modo tan irresponsable como lo hicieron.” Según este diario, las emergencias deben avisar. Habrá que enviarle un memorando al Popocatépetl avisándole que está prohibido que presente erupción sin previo permiso de autoridad competente. Un párrafo después, resulta obligado responderse: “la autoridad ha actuado en una forma que es, inevitablemente, generadora de pánico”.

Nos despiertan a las seis de la mañana 150 mil decibeles generadores de pánico que salen de la plaza de Santa Catarina. Son cohetones, digo. No, dice L., son unos cañones antiaéreos que tienen coadyuvado un radar que detecta cuando pasa un viru. El radar mira pasar al viru y le avienta un cohetón y adiós viru. Sólo hoy, por lo menos cincuenta cabrones virus menos.

Una señora declara en el noticiero: “Lo bueno es que la semana que viene no habrá clase.” El inconsciente se sincera. Es como cuando se dice “se enfermó el pobre y a la mejor se muere”.

¿Podré ir a trabajar? A fin de cuentas mi instituto es un sitio sin conglomeración ni masa compacta ni nada. La página web de la UNAM dice que habrá información más tarde, cuando haya información.

Dice un diario reaccionario: “Aparentemente el virus se originó en una zona euroasiática, mutó y fue transportado por un individuo y después empezó a reproducirse.”

El presidente de la Junta de Coordinación Política de la Cámara de Diputados, Sr. Javier González Garza (PRD), declara: “Estamos considerando sesionar en un local abierto, estamos preparando los diferentes escenarios, ese es el tipo de cosas que estamos previendo.” El diputado no previó hasta cuándo estarán considerando, preparando o previendo, pero de que prevé, prevé. En estos días la angustiada Patria voltea esperanzada hacia el legislativo, masa compacta de integridad e inteligencia, y prevé sentirse reconfortada.

Mauricio Hernández, subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud, declara: “Tenemos 20 defunciones, pero si las comparamos con las 350 mil defunciones anuales en el país, es un aumento pequeño.” Me deja estupefacto que una de las dos responsabilidades de este señor sea la prevención de la salud.

 

Domingo. Se presentan los intereses oscuros.

Las armas mexicanas se han cubierto de gloria: las baterías antiaéreas “Santa Catarina” disparan al cielo un kilo de pólvora per viru. Ayer fácil se echaron unos cien cabrones virus menos. Ahí la llevamos.

Nada, que se cierran los institutos de la UNAM. Han sido ascendidos al rango de conglomeración, igual que cines, iglesias, estadios de futbol y cámaras de diputados.

El senador del PRI del PRD del PT Lic. Ricardo Monreal declaró: “Esperamos que no se esté generando una campaña de miedo con intereses oscuros” (luego mutó y fue transportado por un individuo de regreso al PRI).

La senadora Yeidckol (o Mr. Hyde) ya desentrañó los intereses oscuros: “Existe temor de que el gobierno esté manipulando la magnitud real del brote epidémico con fines electorales y para desviar la atención de la crisis económica y de la intención de militarizar el país [...] Es posible temer que se esté sobredimensionando el problema real del brote de influenza para sacar ventajas en la próxima contienda electoral.” Soy el viru, para servirle a usted.

La página web “Planeta AMLO” declara: “Espero equivocarme, pero hasta la Organización Mundial de la Salud está metida en este asunto. La crisis financiera global está generando descontento en todo el mundo y para distraer a la población son capaces de generar una pandemia que ponga en estado de sitio a todo el planeta. Debemos estar muy atentos a las medidas adicionales ‘necesarias’ que implementará el gobierno federal. Tenemos que estar informados de todo lo que acontece, porque el estado fallido tomará medidas represivas contra las protestas que se tienen planeadas realizar a partir del 1 de mayo: Atenco, Cananea, Oaxaca, profesores, transportistas, antorchistas, etc. etc.” Es decir, que espera no equivocarse.

Escribe el editorialista mesías: “hubo un abordamiento tardío, tal vez criminalmente tardío, del caso de la influenza porcina”. Luego mutó en Enrique Rambal en El mártir del Calvario y proclamó que del gobierno “ha de ser el reino de los ciegos”.

Esperemos que no. Existe temor. Es posible temer. Espero equivocarme. Tal vez... Aunque la certidumbre se vista de duda...

Escuchado al pasar:

 

El gobierno surpador senfrascó en una guerra pediátrica con cifras alarmistas porque quiere instalar el fascismo a toda costa de las libertades de uno.

 

Ya sabemos que ni hay pidemia ni nada. El estado está lo que se llama fallido y la pidemia es un negocio de Calderón, Martita y Álvaruribe, que compraron acciones para vendernos bien caro lo que es el tapaboca y el medicamento retrovisor.

 

Martes. El apocalipsis contagioso.

Un terremoto de 5.8 grados sacude a la ciudad con fines electorales. Por la tarde cruza la ciudad una ráfaga huracanada de 160 km/h para distraernos de la economía. Tal vez espero equivocarme, pero es un hecho que estos fenómenos tienen como objeto militarizar al país.

Dice L., envirusada, terremoteada y huracaneada y de bastante mal humor: “Bueno, si Dios ya se decidió a hablar, lo menos que puede hacer es decidir su lenguaje.”

Voy al instituto que porque van a autorizar “sacar cosas”. No se me permite ingresar a la UNAM porque no traigo credencial de la UNAM ni carta de mi directora. Me llama la atención que la gente maneja con cuidado. El pánico es lo único que hace cortés al mexicano.

En el radio, que transmite en vivo la lucha contra el virus, un doctor contesta preguntas que hace el público, del tipo “¿El tamal oaxaqueño es contagioso?” Alguien pregunta muy en serio: “¿Hay riesgo de adquirir el virus por medio del cunilingo?” El doctor titubea, pero finalmente contesta que sí. “¿Aunque traiga tapabocas?”, pregunta el tipo. “Sí”, repite el doctor.

El secretario de salud José Ángel Córdova dice en conferencia de prensa que científicamente, probados en laboratorio, los muertos por influenza H1N1 (antes “porcina”) son ocho. El número ofende profundamente a algunos reporteros que prefieren que sean ochocientos (los pejistas sospechan que es un hecho que son ochenta mil). Las ganas de que haya un error (o un complot, o una manipulación, o una mentira) superan al deseo de que haya una certidumbre.

A L. le ha dado por contestar el teléfono diciendo: “Aquí nomás en el apocalipsis.” Y al despedirse: “Nos vemos en el juicio final.” Luego dice: “Ya estoy pensando en qué voy a ponerme para el juicio final. Es difícil. Todo mundo va a estar ahí.”

 

Miércoles. Te la bañas, virus.

El diario que sólo se expresa en primera persona del plural (el que hace tres días se enojaba porque se estaba generando pánico irresponsablemente) se enoja porque el secretario de Salud nos dice que la epidemia “no es para tanto”. Nada qué. “¿Tomaron medidas para evitar una epidemia? Pues ahora queremos epidemia, pero de las grandotas, fuerte la cabrona epidemia; es más, queremos pandemia.”

Esto genera pánico, pero del tipo responsable. Es obvio que llegó la línea: hay pánico, la autoridad primero falla y luego miente. A darle.

Ya han salido a la calle los santitos encargados de la secretaría de salubridad ultraterrena: el Cristo de la Salud es el secretario; san Judas Tadeo, el subsecretario; el Niñopa de Xochimilco es el jefe de la sección pediátrica; san Josemaría Escrivá de Balaguer, jefe de la unidad administrativa, y desde luego la Virgencita de Guadalupe, presidente vitalicia del sindicato.

Escuchado al pasar:

 

Sea kpedo. Sea stevirus, mams, sea, chepidemia te la bañas. Mpapals dij ke tnían ke dsinfectar el veler, sea, todo el pinch veler. ¿Timjinas? EL PINCH VELER, sea, ¿jelou? Pudims ir a Veigas toal semán, sea, pero el güey no ke no ksea. Che Vaie, todún semanenel pche Vaie, mams, viendo kom desinfektan el pche veler, pta, y esperando lora de poners peda, pero muy peda. Sea, ¿saskóm? PEDA.

 

Jueves. Se solicita precisión.

Escribe Miguel Ángel Granados Chapa en su editorial del martes que nos hallamos ante

 

[...] un virus que está siendo atacado y contra el cual se dice tener un vasto arsenal de armas, sin que se sepa bien a bien de qué se trata: el domingo el presidente Calderón reconoció tal incertidumbre al anunciar que “en 72 horas... México estará en posibilidad de contar con laboratorios específicos capaces de identificar con seguridad la presencia del nuevo virus; ello nos permitirá mayor precisión en el diagnóstico, tratamiento y estrategia preventivas”. O sea que lo hecho hasta este momento carece de esa precisión [...]

 

Bueno, sí. Veamos: se supo que era virus. Se supo que era virus de influenza. Se supo que ciertos antivirales lo derrotan. Se supo que el gobierno tiene una reserva de esos antivirales. Nada de lo anterior supuso incertidumbre alguna. A partir de esas certidumbres se precisó en el laboratorio que se trata de un virus de influenza nuevo. Dentro de lo conocido hubo una mutación, una variante desconocida; predecible, pero no imprecisa.

Sobre esos hechos, el gobierno dispuso adquirir los recursos científicos “capaces de identificar con seguridad la presencia del nuevo virus” con mayor precisión. Una mayor precisión en el presente y en el futuro que inauguró el virus nuevo, pero que también precisa el pasado, cuando se ignoraba que era nuevo. Los diagnósticos, estadísticas, causas de defunción, etcétera, se habían hecho no sobre una imprecisión, sino sobre un desconocimiento.

Que lo hecho hasta ese momento careciese de precisión no es imputable a una falla de la ciencia, sino resultado de una nueva realidad. No se debe a un error de alguien, sino a la naturaleza del nuevo virus. Pero en vez de encontrar encomiable que se tomen medidas para conocer la verdad con precisión, se encuentra criticable que la precisión no se haya adelantado a la verdad. Que en vez de celebrar que se precise un conocimiento de los hechos a la luz de una nueva circunstancia (para que sea un mejor conocimiento, más preciso), se prefiera la preservación de una precisa ignorancia. Se le exige al presente que guarde precisión en su trato con el pasado, a pesar de que ese pasado ignoraba una verdad que modificó al presente. Es curioso, en suma, que se le reproche al secretario de Salud no haberse anticipado al pasado.

En 1911, durante la guerra de Libia, un audaz piloto italiano llamado Gavotti lanzó una bomba por primera vez desde un avión. Los cables de prensa dijeron al día siguiente: TURCOS ATERRADOS POR ATAQUE CELESTE. Pues sí. Sabían los turcos que estaban en guerra. Sabían que existían las bombas. Sabían que existían los aviones. Sabían que hay ley de la gravedad. No había incertidumbre alguna sobre estos hechos: eran verdad. Lo que no sabían era que varias verdades conocidas pudiesen crear una verdad nueva: los aviones sueltan bombas. A nadie se le ocurrió sostener –o sospechar, o insinuar– que la capacidad de lanzar bombas desde un avión fuese mentira. Ni que el simple hecho de que nunca antes había ocurrido en el pasado le impidiese ocurrir en el presente.

Cuando los turcos vieron esa nueva forma de guerrear, no acusaron al sultán ni a sus militares de imprecisión por no haber anticipado el poder de una nueva arma. Los turcos habrán anotado en sus estadísticas que había más bajas que antes e inventado el rubro “muertos por bomba celeste”. Y de inmediato buscaron armas dotadas de mayor precisión para defenderse de los bombarderos. Pero nadie los acusó de que las viejas ametralladoras no tuvieran tanta precisión antes de requerirla. Ni que las bajas por bomba celeste no existiesen. Y, desde luego, ningún turco exigió que, en tanto que la guerra comenzó sin bombarderos, se siguiera guerreando como si no los hubiera ahora.

 

Domingo. Efectos secundarios.

Mi teoría sobre por qué la gente se muere de influenza en México y no en otros lados (además de la desnutrición, claro) es la siguiente: en México la gente se automedica, automedica a sus seres queridos y automedica a quien vaya pasando. Lo único que a un mexicano le produce más alegría que inyectarse dos centímetros cúbicos de Dolobedoinyecta es recomendarle a un amigo que se inyecte tres centímetros de Dolobedoinyecta, pero al grano: directo donde le duela.

El mexicano cree que aprovechar los avances de la ciencia supone emplearse a sí mismo como conejillo de indias. Esto desde luego significa un negociazo para el fabricante de Dolobedoinyecta, para el dueño de la farmacia y para el giro de la pompa fúnebre.

Cuando un mexicano se enferma lo primero que hace es echarse una coca cola. Si no muestra mejoría, chupa un limón. Si los resultados siguen siendo insatisfactorios, tiene dos opciones: a) echarse spray “San Judas Tadeo” o b) proceder a la cirugía experimental. Si nada de esto funciona, acude a la farmacia y compra su medicina fetiche (tener una medicina fetiche es requisito para cargar la nacionalidad mexicana). Esta medicina fetiche suele ser jarabe de azúcar con un nombre persuasivo como Sanadril o Fregoncilina. Luego se la inyecta, aunque venga en presentación ungüento. Y en el caso de los niños es peor, pues se parte del principio de que conviene cambiarles la sangre por antibióticos a la brevedad posible.

La medicina Dolobedoinyecta, por ejemplo, tiene mucha demanda en el mercado de la automedicación porque su nombre está muy bien diseñado: dolo del latín duele, bedo obviamente alude a “beodo”, e inyecta es para incluir en el nombre de la medicina las instrucciones de uso, lo que le ahorra tiempo al paciente. Éxito garantizado, porque además entendemos que toda intrusión de instrumento punzocortante en zona blanda, por ese solo hecho, incluye la garantía. Y en nada colabora que en México, por más específicas y delicadas, y por más advertencias que tengan sobre los efectos secundarios, las medicinas estén en los supermercados, junto a los chicles. Y la frase “requiere receta médica” es como los semáforos: está pero no está.

En esa misma línea, y en estos días aciagos, la creciente publicidad de los laboratorios en los medios de comunicación se dirige al “H. Cuerpo Médico”, pero sobre el entendido de que el “H. Cuerpo Médico” somos todos:

–Perdone, señito, o traigo una fibromalgiotitis de origen esponditílico o se me descordinó el neutransmisor angioténsico. Necesito algo de espectro fármaco amplio. ¿Qué me recomienda?

Dolobedoinyecta. Y oritastá al dos porún.

–Deme cuatro de favor.

(Aquí es importante notar que un día antes la señito trabajaba de cajera en Telmex.) Una semana más tarde, por supuesto, al paciente ya se le dilató, para siempre, lo que es el píloro.

Por último: ¿qué hacer cuando baja la demanda de Fregoncilina? Se aumenta la publicidad, se pone al tres por uno y se le cambia el nombre a Fregoncilina Plus.

 

Lunes. Virus amaestrados.

Circulan entre la ultraizquierda y la ultraderecha norteamericanas (entre los unos para demostrar qué malo es el gobierno de Estados Unidos; entre los otros para demostrar qué malo es el gobierno de Estados Unidos) artículos como los del progressive Matthew Rothschild: se sospecha que está probado que el ejército de Estados Unidos inventó la pandemia ¡cómo estrategia de dominación!

Entre la información anexa: el virus pudo ser (es decir: fue) ensayado entre los soldados de Fort Dix en 1976 para desatar una epidemia y que los laboratorios vendieran vacunas que salieron peor que la enfermedad y mataron o lisiaron a miles de inocentes. Un general Renuart, jefe del Comando Norte, dijo en una comparecencia que “estaba preparado para un brote de influenza desde México”... ¡en marzo! La compañía InfraGard que depende del FBI organizó en 2006 un curso titulado “Sobrevivir la pandemia”... Claro, porque los gringos son tan mutantes que cuando van a crear una pandemia dan cursos sobre cómo protegerse de la pandemia.

Estas certidumbres ya tienen eco en el diario de todos nosotros. Por ejemplo, el editorialista que descubrió el gran complot de la “banca israelí-anglosajona” se contagia enterito el artículo de Rothschild y se pregunta: “¿Cómo puede existir tanta maldad de las trasnacionales neoliberales? ¿Este ‘nuevo’ triple virus híbrido pudo haber sido producto de la ingeniería genética de los laboratorios ‘mixtos’ militares y privados de EU?”

Algunos de sus lectores reaccionan de inmediato (en riguroso copy-paste):

 

La venida de Obama (con su guardaespaldas que se enfermo) y su coincidencia con el brote de Influenza A H1N1 pudo haber sido parte del “show”, para mitigar sospechas respecto a “un ensayo a gran escala”, pues es muy sospechoso el descenso súbito de muertes por esta epidemia (ahora pandemia), esto no es la evolución natural aún con la intervención humana. En fín, ¿se puede descartar un ataque bioterrorista contra Obama y los mexicanos?, ¿se puede descartar una simulación o ensayo a gran escala por el comando norte?

 

Este también es cierto (todos lo sabemos):

 

Porque México? Somos el epicentro del continente americano desde el cual se esta tratando de orquestar un “terremoto” socio político financiero dirigido hacia Centro y Sudamérica pues esa región se ha salido de la orbita impuesta por el imperio y tiene que ser reconquistada a cualquier precio. No voy a explicar paso a paso lo que es evidente desde hace mucho en el país; 1968? Hagan sus conjeturas, vean los lineamientos o patrones que se han venido estructurando en el país... Si, es una teoría de conspiración, pero la justifica el hecho de que las conspiraciones han sido el andamiaje del sistema imperial de gobierno para controlar regiones e implementar sus estrategias de todo tipo, principalmente de control y dominio total.

 

Así pues, el pinche viru lo inventó en 1976 el ejército de Estados Unidos. Luego lo estuvieron amaestrando en el pentágono durante treinta años para que se echara a Obama. Luego se lo trajeron a México en una cajita y le dijeron: “Allright yo muddafucka virus, this is it! Go get Obama!” y que se lo avientan, pero el pinche viru se equivocó de gente y se fue sobre un guardaespaldas.

Otras páginas similares explican que el antiviral Tamiflú es negocio propiedad de Donald Rumsfeld, que inventó la influenza porcina en 1976 para venderle al gobierno 50 millones de vacunas y luego inventó la gripa SARS para vender más vacunas. Como la gripa SARS nunca llegó, hay que usar las vacunas antes de que queden caducas y por eso inventó ahora la influenza H1N1. ¿Por qué hay que usarlas antes de que caduquen? Porque hasta en los complots hay modales.

Otra dice que no es negocio de Rumsfeld, sino de Sarkozy, que es socio de Sanofi-Aventis, laboratorio farmacéutico con grandes inversiones en México. Por eso vino Sarkozy y cuando llegó anunció que crecería la inversión en México de Sanofi-Aventis y que iba a venderles a los mexicanos veinticinco millones de vacunas... ¡contra la influenza! A ver ¿cómo sabía?, a ver ¿cómo, cómo? ¿Aberdá?

Ahora bien, francamente, con la cantidad de recursos y millones de dólares para hacer “tanta maldad”, manipular información, controlar población, matar gente, enriquecer laboratorios, amaestrar virus y todo, el asunto les podría haber salido mucho mejor. Y no, como dijo la Organización Mundial de la Salud (OMS) el sábado 2 de mayo en referencia a la pandemia H1N1: “Más un goteo que un diluvio.”

La OMS no descarta pasar al nivel 6, pero al mismo tiempo recuerda que entre tres y cinco millones sufren influenza al año en todo el mundo. De entre ellos se mueren de 250 mil a 500 mil personas al año. En Estados Unidos la contrae entre el 5 y el 20% de la población y se mueren 36 mil al año. De este modo, según el Los Angeles Times, “la actual cifra de mortalidad por influenza porcina es de entre 0.06 y 0.24 por ciento, menos letal que la epidemia anual de influenza”.

Por lo pronto, según los cálculos, hasta el momento el 0.00000189 de la población mexicana se ha infectado con el virus H1N1.

 

Martes. La cuenta de nuestros muertos.

Leo una crónica espeluznante y esperpéntica de George Orwell, que tuvo influenza en 1929 cuando vivía en París. Se titula “How the Poor Die”. Está en línea. Me extraña que los literati no lo hayan mencionado. Ya salieron Defoe, García Márquez y hasta Boccaccio.

El editorialista que contiene a todo un pueblo gime: “Más de 100 millones de mexicanos estamos perplejos, mal informados, viendo cómo las autoridades no saben sacar la cuenta de nuestros muertos.”

Escuchado al pasar:

 

Oseak lokes la Tierra sel cuerpo y pus nosotros soms el virus.

 

Vasver kuan mute el virus y toncesí.

 

Miércoles. Virus illuminatus.

Un tal Pijamasurf, que tiene un blog muy divertido, acaba de reunir (casi) todas las teorías de conspiración sobre el pinche viru. La mejor, a fe mía, es esta:

El virus de la influenza humana H1N1 ha sido creado por una sociedad secreta que busca un nuevo orden mundial y que para ello considera necesario reducir la población del mundo a un número mucho menor que permita preservar los recursos naturales. Según señalan, George Shultz y Rumsfeld son miembros del grupo Bilderberg, un grupo de políticos, empresarios y miembros destacados de la sociedad que se reúne anualmente para discutir los “desafíos” globales. Esta misma sociedad ha sido relacionada con la sociedad secreta conocida como los Illuminati (que por cierto fue fundada hoy hace 233 años, en 1776).

 

Ahora entiendo por qué durante un mitin en Tabasco Andrés Manuel López Obrador aportó la en apariencia hasta el momento más lograda síntesis de la crisis sanitaria: “¡Qué influenza ni que ocho cuartos! ¡Vamos a seguir adelante hasta que haya democracia!”

En apariencia, porque la críptica relación que planteó López entre la epidemia, los “ocho cuartos” y la democracia en realidad fue un mensaje en clave que lo delata como miembro de la sociedad secreta de los Illuminati. La clave radica en la frase “ocho cuartos”, que obviamente se refiere a la enigmática disposición arquitectónica del terrible cuanto misterioso Columbarium, el edificio levantado en San Francisco por la “Sociedad Neptuno”, que es franquicia de los... ¡Illuminati!

En esos ocho cuartos viven los ocho vientos: Boreas, Auster, Zéfiro, Eurus, Kaikias, Apeliotes, Skiro y Livas. Y ¿qué son los vientos? Transmisores de... ¡virus!

Y si se toman cachos de algunos de los ocho nombres de esos ocho vientos: Auster, liotes, oreas y la sílaba final invertida de Skiro (o sea: or)... ¿qué sale?: ¡Auster Liotes Oreasor!

A las pruebas me remito.

 

Jueves. Montaigne.

Ya me dio flojera escribir sobre esto. Cuando le preguntaron a Montaigne por qué no escribía sobre las discordias civiles que asolaban a Francia, de las que podía ser víctima, señaló el tejado de su torre y dijo (más o menos): “También me puede caer en la cabeza una teja, pero no por eso le haré el honor de pensar en ella.”

 

Viernes 15 de mayo. El huevo.

En el instituto, vacío otra vez porque es día del maestro. Un científico australiano que se llama Adrian Gibbs dice que el virus se salió por error de un huevo. La OMS dice que no hay evidencia de que un huevo haya estado involucrado. Por otro lado, el Dr. Córdova dice que se investiga si no habrá en México dos virus, uno más agresivo que el otro. Habrá que esperar la secuenciación de su genoma... Ahí vamos de nuevo.

Chin. ~