Diario de Alfonso Reyes | Letras Libres
artículo no publicado

Diario de Alfonso Reyes

Los diarios de Alfonso Reyes están llenos de literatura pura y mucho trabajo. 

Han comenzado a aparecer los tomos que componen el Diario de Alfonso Reyes, una de las obras más esperadas por el público literario desde hace varias décadas. En 1969 la Universidad de Guanajuato publicó un tomo, el consagrado a 1913, el año de la muerte del general Bernardo Reyes, la cual obligó al joven escritor a exiliarse en París y en Madrid. De este Diario, que finalmente Alicia Reyes y José Luis Martínez pusieron en manos de un equipo de ocho editores (Adolfo Castañón, Belem Clark de Lara, Fernando Curiel Defossé, Víctor Díaz Arciniega, Alberto Enríquez Perea, Javier Garcíadiego Dantan, Alfonso Rangel Guerra y Jorge Ruedas de la Serna) se había oído hablar mucho. Decíase que era, tan sólo, una agenda más propia del diplomático que del escritor o, por el contrario, una mina de infidencias y confesiones destinadas a cambiar para siempre la imagen de Reyes. Ni una cosa ni otra: eso creo, apenas, tras haber dedicado apenas un rato a curiosear en los tres tomos que tengo (el I, cubre de 1911 a 1927, el II, hasta 1930 y el III, de 1930 a 1936) los cuales van de París a México, pasando por Buenos Aires y Río de Janeiro. Lo que he encontrado me ha puesto de muy buen humor: literatura pura y mucho trabajo diario, de aquel que enaltece al hombre público y al escritor. Es, también, una mina de oro para nuestra historia literaria hispanoamericana y a su vez, estos Diarios tornarán obsoletos varios prejuicios sobre el propio Reyes y sobre la reserva privada supuesta como característica inalterable del escritor mexicano. Es probable que nadie se anime a escribir, ni con este estímulo, la biografía de Reyes. Pero mientras todos nos preparamos para estar a la altura de lo que suponen, como obligación intelectual, estos Diarios adelanto, como aperitivo, algunos de los párrafos que he colectado, no sin antes destacar la convincente edición crítica editada por el FCE con el apoyo de varias instituciones asociadas al legado alfonsino.

México, 15 de septiembre de 1911. Estábamos amenazados de muerte. Así se paga el pecado de hacerse amar un día por el pueblo. Hice inventario y memoria de asuntos pendientes, manifestación de últimas voluntades [...] La vecindad de la muerte tiene sus encantos, su bienestar (I, 7)

París, 17 de febrero de 1926. Estoy resuelto a huir de tanta vanidad, de tanto baile, tanta recepción en que traen al cuerpo diplomático hispanoamericano en París. Se ve que lo usan como miserable ornato de toda fiesta. Es espantoso. No me harán perder más tiempo. Harto he tenido ya. Tengo mucho que escribir. Y, además, quedarme en casa es ahorrar dinero, que buena falta me ha hecho. El año de París ha sido despilfarro. (I, 125)

16 de junio de 1927. Mar. Se organizan campeonatos de toda clase de deportes a bordo, y con esto, y el tanque improvisado de tela umbreada y agua marina en el puente de segunda se van pasando los días que de otra suerte serían muy aburridos por la larga navegación. El barco acaba por ser como gimnasio flotante, y se justifica que la biblioteca sea tan pequeña porque, en verdad, dan más ganas de jugar que de leer. Hoy noche vi por primera vez la Cruz del Sur... (II, 23)

Buenos Aires, 17 de octubre de 1927.Victoria Ocampo, diosa colosal, volante, en manto de plata, como un Rubens sin carnes flojas, en esta catarata de síes. (II, 37)

Buenos Aires, 3 de mayo de 1929.La musa, muy de mañana, me saca de la cama a puntapiés. (II, 133)

Buenos Aires, 30 de noviembre de 1929. Entre pereza y falta de tiempo, se me van muriendo adentro todos los temas que se me ocurren, en verso y en prosa. El otro día pensé como podía empezar mi soñada Depuración de América con un capítulo que sería “Exámen de profecías”. Todo eso de “la hora de América”, y las ideas de Vasconcelos y Frank que flotan en el ambiente de nuestra época, y de la decadencia de aquello y el nacimiento de lo otro. Y si sí se puede hablar –en el estado actual de intercomunicación humana y de nivelación geográfica– de la posibilidad de una “cultura americana” futura diferente y específica, que siempre he creído absurdo. (II, 161)

Río de Janeiro, 23 de abril de 1930. Aún no saco mis libros y papeles, por lo que tardan en arreglar mis estantes. Quiere decir que no vivo sino a media respiración, y la conciencia se me llena de venenos, como siempre que interrumpo mi trabajo literario. (III, 6)

Río de Janeiro, 30 de agosto de 1931. Anoche cena en Niterói y excursión hasta el campo en busca de la macumba de negros, con Paul Morand. Día aciago: desencuentro del auto que Manuelita había de enviarme de la calle; el sombrero nuevo cae al charco; retención del preto, de Murilo Mendes y otro amigo, arriba, en la colina de la macumba, que pone a Morand asustado y nervioso, creyendo que los crucificaron cabeza abajo y que dejemos un cipo conmemorativo y volvamos a tomar la barca. (III, 40–41)

Río de Janeiro, 25 de septiembre de 1931.Goethe no sólo me inspira a entender ciertos ideales muy míos, sino que me da el mejor retrato de mis defectos y el cuadro de los peligros que me amenazan. Él se libró a fuerza de genio. Yo sólo puedo librarme con paciencia y con diligencia. (III, 45)

Río de Janeiro, 17 de junio de 1935.Estalla la prevista rencilla entre el general Calles y el presidente Cárdenas, en México, cuyas consecuencias no podemos prever, ni aún entender las premisas desde lejos. (III, 228)

Río de Janeiro, 18 de junio de 1935. Continuamente dudo si transformar este diario de fechas en un cuaderno de apuntes, de reflexiones, de ideas. Lo que me detiene es la falta de tiempo: no quiero contraer para mí mismo otro compromiso más. Ya no me basto para nada. Además, la manía de apuntar ideas en  diario como sobre la verdadera obra. Y el sólo distinguir entre lo que debe ir al diario y lo que debe ir al libro es ya un trabajoso discrimen, cuya sola perspectiva me cansa. Tomo muy a pecho cuanto hago –el ostinato rigore del Vinci– y por eso no quiero ponerme a hacer más. Aunque ¡cuánto me serviría este diario [de] desahogo, aquí! (III, 228)